jueves, 29 de marzo de 2012

El secreto que habita en el laberinto de la rosa (en el homenaje a Roberto López Moreno)


Roberto López Moreno, un mago de la poesía

Por Adriana Tafoya

(Él dijo) Desde el primer día que la vi, supe que era la única, cuando me miró fijamente a los ojos y me sonrió, porque sus labios eran del color de las rosas, ellas crecían en el río, todas sangrientas y salvajes. (Y ella responde) En el tercer día, me llevó al río, me mostró las rosas y nos besamos, y lo último que oí fueron unas palabras susurradas, mientras se me acercó con una piedra en su puño. (Y él respondió) En el último día, la llevé donde crecen las rosas salvajes, y ella se sentó en el banco, con el suave viento como un ladrón, y le di el beso del adiós, le dije: “Toda la belleza debe morir”.  Donde las salvajes rosas crecen, Nick Cave.
                                              
Roberto López Moreno nació en Huixtla, Chiapas, lugar donde abundan las espinas, en 1942, y es en el inicio de una era macabra, 1968, año de la matanza en la plaza de las tres culturas, cuando aparece su primer libro: Trilogía entre la sal y el fuego. Posteriormente nos ha entregado, a todos sus lectores, más de cincuenta títulos de una enigmática obra literaria;  por mencionar algunos: De la muerte violencia su estrofa erizada maúlla a las nubes un trágico final, sobre las azoteas el gato escribe, 1980, Motivos para la danza, 1986, Manco y loco, ¡arde!, 1991, Verbario de varia hoguera, 1993, Négridas, 1998, Ábrara, 2004, E=mc2 y El libro sexto. La construcción de la rosa, 2009 y Versalía, 2010.
Si leemos a Roberto López Moreno con la suficiente atención, nos percataremos de que estamos ante un mago, un alquimista. Y no sólo es una forma metafórica de decirlo, sino que el poeta López Moreno es un genuino maestro de la magia. Un conocedor a fondo de la rosa en la palabra, y también un orquestador del canto.
Lo mejor que puede sucederle a un mago, es que su magia surta efecto en sus lectores, y en otros poetas. Y así ha sido el caso de López Moreno, pues en éste, nuestro tiempo, está más vigente que nunca, porque su obra mantiene esa frescura que ha influido, sea ya de manera directa o indirecta, en poetas ya reconocidos como Ricardo Castillo, Ángel Carlos Sánchez y Jeremías Marquines, así como en poetas más jóvenes, por mencionar a otros, Rocío Cerón, Eduardo Ribé, Esaú Corona, Balam Rodrigo y Yaxkin Melchy. Sea por la mnemotecnia versal, por el carácter combativo del poema, o por la compleja experimentación del verso, sea por la inclusión de partituras como parte del cuerpo de un poema, por la onomatopeya o el calambur como una constante musical, por la peculiar estética “chiapaneca” de su poesía, o por sumar al texto lenguajes matemáticos, la poesía lopezmoreniana es, no sólo de una vigencia sorprendente, sino que en muchos sentidos es una obra que está trazada para sobrevivir en la boca de los futuros poetas, en el canto de los juglares de otras generaciones, y no únicamente en las bibliotecas.  
Él es un poeta que nunca le ha dado, ni le dará la espalda a lo popular, y también un arquitecto que alimenta su pluma en el tintero del canto para fundirse con la sonoridad de los pájaros, sea de día o de noche, y con el dominio de los cuatro elementos simbólicos de la materia. Es, por qué no decirlo, un científico de la lengua que, ocupa su tecnología en un verso que apunta en favor de todos.
Todo aquellos poetas con el entusiasmo de lo experimental, con el verdadero interés de mezclar la oralidad en una probeta, o de componer la nomenclatura de una sinfonía con palabras, tienen la obligación de leer a Roberto López Moreno, que sin afán de convencer, ni persuadir, ha construido una obra misteriosa, de un alcance que registra diversos tonos (escalas y armonías), decibeles que nivelan en múltiples ensayos escriturales, todas las formas: Poemurales, como él ha denominado a estas creaciones que buscan guardar los límites del universo en las paredes de la página en blanco.
Jardinero de múltiples rosas es Roberto, pues su obra más que una rosa es una amapola infinita. Rosa de viento, de fósforo, “rosa de mercurio, alquimia portentosa del eje de la magia” (p. 50), rosa de mar, rosa de Huidobro, de Góngora, rosa cerebral, e incluso, invoca aquella rosa que “Asbaje sembró en América”, como aquel capullo que embaraza a una virgen con su aroma, en la tradición más antigua. Constructor de la estrella de pétalos humeantes, báculo de espinas, cito:
Rosa filosofal
desde la piedra que guarda los misterios,
moho de los siglos, dédalo en el que se fue forjando la conciencia;
neuma en las cantilaciones de la garganta precursora,
baja punzo de luz,
¿cómo se llaman sus cuatro aromas cardinales?:
Gálica, Damasco, Centifolia, Alba,
zumo de attar, soma de las concentraciones… p. 40
López Moreno es un ávido interlocutor de Rilke, Borges, Barba Jacob, Lezama Lima y Enrique González Rojo, y crea su rosa gracias a la ceremonia, al ritual de la escritura, que se repite una y otra vez, en los ciclos, en las medidas de los ciclos de nuestros años, a través de los estribillos, los coros, y sabe como gran poeta, que el lenguaje es un ruido, un siseo que florece en el oído, e impulsa al “oyente” a decir, y actuar de acuerdo a lo que “zumba”. Un mago simbolista, que conforma pautados para el Minotauro del poema. Un constructor de tradición. Cito, de su libro La construcción de la rosa (p. 33):
El que puede inventar que puede inventar la vida
entre derivaciones de formol y amonio.
El que puede elevar la frente en la tormenta.
El que puede entre el pulgar y el índice.
El que puede.
Este es, a partir de ahora, el nuevo rayo en donde sueña
el que puede cambiar la irradiación del número,
el que puede en la palanca y en la rueda,
el que puede en el milagro del lenguaje, en la roca grabada,
el que puede.
Ahora conceptos y designaciones serán libre albedrío del que puede.
Roberto López Moreno también significa, lo que varios filósofos y lingüistas, poetas incluso, vaticinan desde hace un tiempo: el regreso de la oralidad. Representante, antecesor es de poetas que necesitan de la poesía en voz alta, y que actualmente se acomodan en estructuras musicales que arribaron con el slam de Estados Unidos, pero que tienen en Roberto una futura guía para contextualizar sus deseos de tener magia en la poesía (refiriéndonos a sus textos). Esta creciente “efervescencia” de la oralidad en el nuevo milenio, a través de la lectura y declamación de poesía en calles, bares, cantinas, etc., de cinco años para acá, no es gratuita, y en mucho, sus exponentes parecieran hijos de la poesía lopezmoreniana.
López Moreno es un poeta que sabe mantener el dedo en el renglón, cito, “hay un dedo que mata. Ese es el dedo que bajó hasta las casa en la hora maldita” (p.119) para que una vez culminada la destrucción del ciclo, haya algo más, una Rosa diferente a esta que ahora gobierna; así, nos atrae al laberinto de un huracán, e intenta religarnos al mundo para que nadie quede fuera de la espiral.
Más que lo culto, Roberto es lo experimental desde una raíz fónica, que se vuelve fórmula o algoritmo, vector para trazar un aleteo en medio de la hoja, o en la frente, como un ojo que canta y con cada parpadeo nos habla; para el poeta Roberto López Moreno el canto es la mirada misma, y no la imagen, no la metáfora incluso, sino la realidad que se transforma en sonido, en danza gutural, o en carrasposa melodía; en partitura de una partida de ajedrez, o en el tarareo de un hombre que camina por el malecón para tentar al mar a que lo arranque de la tierra de un manotazo. Al parecer, a Roberto López Moreno le es dado caminar no sólo sobre una cuerda, para sortear el abismo, sino sobre cinco, y en diferentes notas: es música, su poesía es ruido, y el sonido de los engranes, más que los engranes mismos, es el polvo invisible que dejan las palabras cuando no alcanzan a entenderse: la música de un sol que con cada uno de sus dedos toca una guitarra distinta. De algún modo, Roberto nos invita a que seamos nosotros los que metaforicemos su mundo; porque él es un susurro que empuja al suicida (al kamikaze) a que cumpla cabal su destino, o al imperioso a que conforme su imperio. Es el discurso más peligroso de los “tiempos”, el del escriba que construye, o recompone el orden sonoro de lo que serán las “palabras” en otro tiempo; él dice Ábrara, y continúa de ahí palabra adelante hasta volverse otra vez Ábrara; volverse esta vez árbol, coronado de innumerables rosas, y cito:
Soy este cuerpo cargado de existencias,
alucinante tejido de vidas y de muertes,
de vidas y de vidas,
de muertes y de esta cabellera siempre verde, poblada de alas,
Soy mi sangre, cargada de hormigas,
suben desde mis plantas hasta las altas ramas,
hasta la altura
donde gorjea el verbo triunfal de su poema.  (p. 35)

De mis humedades vengo, de Beatriz Cecilia

Por Adriana Tafoya

Soy esclava de los sueños, porque nadie los detiene.
Beatriz Cecilia

Gran problema es este de los sueños, donde creemos todos tener un sueño propio y sin embargo vivimos todos, el mismo, donde experimentamos las mismas creencias, necesidades, los mismos deseos, las fantasías, y hasta las mismas aspiraciones. Y con esto me refiero al gran sueño que es nuestro sistema de creencias. El título, De mis humedades vengo, para Beatriz Cecilia evoca a Lope de Vega, en ese famoso verso que dice de mis soledades vengo, pero más allá de la paráfrasis que utiliza Cecilia para nombrar su libro, yo propongo ésta, que a partir de la reflexión encontré, y me parece más clara: “De mis sueños vengo”, o mejor dicho: “del sueño vengo”.
Tal vez me lleva a esto porque Beatriz Cecilia impregna en sus versos un toque onírico, pues sus diálogos, aunque parecieran para otro, en realidad fluyen para sí. Y se deja ir en una barca sin vela y sin remos, esto lo comenta en un texto que sirve de introducción, cito: “Pero aquel día, ese día, sucedió. Había llovido, la calle se inundó y reflejaba muchas luces, que ondulaban en la superficie, llamándome, apenas la vi, supe que quería estar exactamente en medio de esa inmunda negación. De golpe estaba ahí hasta el cuello; ni siquiera tuve tiempo de pensar, si era insano o conveniente. Enloquecí y tomé un par de tragos. La conocí, llegué a querer y padecerla, con dificultosa respiración. Era poesía, pero de la otra, la que nadie quiere”. Y así es como se entrega Beatriz Cecilia a escribir este poemario.
Volviendo a la reflexión original con la que comencé este texto, el sueño, o sea el sistema de concepto e ideas en el que vivimos, nos traga también a los poetas, aunque intentemos escapar de él; tal vez por eso los poetas y mejor dicho, las mujeres poetas, aún nos rodeamos de una poesía intimista, donde intentan (intentamos) derrocar ese pesado sol cotidiano que no nos permite ver mucho más allá de lo que como escritores, quisiéramos poder ver.
Beatriz Cecilia, la poeta, pertenece a la generación de los 50, teniendo por contemporáneas, a Carmen Boullosa, Verónica Volkow, Tedi López Mills y Coral Bracho, entre otras, en el marco de una sociedad todavía costumbrista, y por demás decir, tradicional. Cada una de ellas, ha desarrollado un estilo distinto aunque en algunas posturas ideológicas son similares. En el caso de Beatriz, tal vez, por su carrera actoral, ha desarrollado en su poesía un tono que recuerda ligeramente, tanto en el contenido como en el toque dramático que ellas desarrollan, a las composiciones de la española Luz Casal y de la mexicana-argentina Liliana Felipe. Esto lo pueden encontrar en la página 23 y 24 de su libro, donde se hace más evidente. Beatriz, sobretodo, tiene una tendencia a escribir poemas que reflexionan sobre el amor, el desamor, el odio, y los dolores humanos, por ejemplo en la página 18, tiene un agradable poema representativo: “Hoy estarás tan angustiado / que no podrás ponerte los zapatos. / Saldrás descalzo / pisarás la calle, las piedras, / el ruido, la luz / (claridad que no conocen tus pies). / Estarás tan cansado / que no podrás ponerte los zapatos. / Seguirás descalzo / hasta que aprendas a pisar con calma / la calma misma, tu propia calma”.
O en el poema Canción tercera, Venenos, cito un fragmento: “El amor y el odio me siguen / solamente porque se parecen. / Pero mi odio es convincente: / más constante, / más congruente”. Sin embargo en otros poemas, la poeta desarrolla poemas de crítica social, encontrarán algunos de ellos, muy interesantes, en las páginas 30, 39, 42 y 43. Es importante mencionarlos, puesto que son una especie de Oasis, un paréntesis, en la temática general del libro.
Otro tema que es importante mencionar es que actualmente, las poetas mujeres, o sea nosotras, construimos un curioso juego respecto al único amor. Al amor verdadero, se dice, pero da la impresión que en realidad las poetas somos secretamente politeístas. Con este comentario me refiero, a que el amor a dios, se refleja en la forma de amar al hombre, mejor dicho, al amante. También en poemas de Beatriz Cecilia se da esta constante, donde representa un amor tan apasionado que se torna en un “absoluto religioso” e incluso el corte de los poemas toman la forma del rezo, de dulces oraciones donde en alguno ella es María Magdalena, cito: “descanso, abro los ojos / me preparo, lavo mis pies / y abro la puerta. / Empiezo a caminar”.
Sin embargo hay fisuras en el discurso del libro, que lo hacen intrigante y digno de aplauso cuando dice, página 73: “Llegar al mar y descalzarme para sentir la tibia arena recordándome caricias que de hombres tuve”, versos inquietantes casi al final de libro, que efectivamente comprueban el politeísmo secreto de las poetas. Después de todo, el amor es grande, puede haber distintos hombres, pero siempre podemos encontrar el mismo rostro al haber un solo arquetipo. En este libro, Beatriz nos entrega una obra donde intenta salir victoriosa de una realidad, de un sueño, que nos aplasta y no nos permite encontrar ni ver opciones, “pues crecimos con el sol encima y nos lo llevamos para hacerlo nuestro, observamos y nombramos a los astros para entender el tamaño de las cosas, ocupamos nuestro lugar y dejamos nuestra casa en orden, porque sólo yo sé que son serpientes amarillas de un dorado insoportable”, versos en lo que entrega belleza, lirismo, y reflexión, para posteriormente cerrar el gran poema de las emociones, de las humedades, y de la crisis del sueño, diciéndonos: “me dejaré llevar otra vez en vaivén, otra vez dormida, pero esta vez amada”. Felicidades, Beatriz Cecilia, por esta ópera prima.

La poesía de Guerrero en Erasmo Nava Espíritu


Por Adriana Tafoya

Es la poesía de Guerrero una de las que ahora está dando de qué hablar. Sobre todo la generación de poetas nacidos en los 70, y quizá un par de autores de los 60. Las guerrillas, la violencia inherente en la convivencia social, así como la reciente idea gubernamental de etiquetar como “guerra contra el narcotráfico” la iniciativa de militarizar “policiacamente” México, son elementos que han vuelto esta zona, que es conflictiva desde siempre, un lugar natural para el desarrollo de la poesía.

Los poetas que escriben dentro de este Estado, que hace honor a su nombre, Guerrero, son abiertamente críticos de sus gobiernos, de sus gobernantes y de la ruina que envuelve en mucho la conciencia de sus habitantes.

La danza mortal de las palmeras, de Erasmo Nava Espíritu es parte de ese espíritu combativo, y aunque Erasmo nació justo en el año de 1950, dentro de una generación poética que en la República Mexicana está ya muy definida por los que ejercitan este oficio desde muy jóvenes, Erasmo es también un poeta que busca el modo de revelarse, de mantener su inconformidad latente, y en dado caso, ser cronista de eso que alcanza a ver como un agravio para su pueblo, para su gente. Ejemplos de este tipo de poesía, de esta forma de escribir desgarrada, son poetas que de alguna forma por su juventud podrían ser el eslabón siguiente de la poesía de Erasmo Nava, y que entre otros, podemos nombrar a Víctor García Vázquez e Iván Cruz, que si se les lee con detenimiento, es innegable que tienen un acercamiento a las formas y una empatía muy cercana con Erasmo Nava Espíritu. Y sobre todo la similitud que comparten con él se encuentra en el momento de abordar la temática el amor, que aunque lo hagan disimuladamente, desde una perspectiva social, en el fondo de sus conciencias también al igual que Erasmo, son románticos que por sobre todas las cosas creen en el amor y en el concilio de toda la vida con su pareja, parte primordial de su vida. Y al igual que el poeta del que en este momento escribo, se unen al dolor de su rededor, de las mujeres y niños de todo el mundo, personificados en los seres que están vinculados a su vida, sea de manera directa o indirecta.

El trabajo social de Erasmo Nava Espíritu es importante para el desarrollo de este libro, pues es la población de las comunidades que le han rodeado, las que son fuente y materia prima para el conjunto de poemas que dan forma a su tercer libro, que por el título, bien podría parecer una alusión a Las palmeras salvajes, de Faulkner, pero que nada tiene que ver con éste, sino con la tala “inmisericorde” de un símbolo vivo para los habitantes de Mochitlán, su pueblo, y que se vuelve una especie de elegía crónica en la que Nava lamenta tal suceso, y todo “a ras de suelo”, que es un modo de decir: que la tragedia y catástrofe suele suceder, como sucedió, frente a los ojos de todos, sin que nadie tomara un palo, piedras, o palabras para ir a pararse delante de las palmeras simbólicas del atrio de Mochitlán, y que las máquinas no les destruyeran ese “pequeño paraíso” que durante décadas había no sólo ornamentado el sitio, sino que era su corazón verde, sus pulmones.

Me parece que la poesía de Erasmo Nava Espíritu guarda esa esencia de la generación de poetas modernistas, que vivía en la bohemia poco antes de desatarse la Revolución, a principios del Siglo XX. Gutiérrez Nájera seguro le hubiese dedicado alguna crónica en su libro de “oficios de los mexicanos”, o Amado Nervo hubiese brindado con él, mezcal guerrerense en mano, para unificarse en torno a la visita burlada de la muerte. Se hubieran dicho: el tiempo no espera a nadie, mientras escuchaban el canto de pájaros urbanos. Efraín Huerta vendría naciendo, y seguramente hubiese leído de reojo en su futuro, alguna hoja perdida de este poeta poco conocido, pero que se mantuvo en pie de lucha en el campo de batalla de la hoja en blanco mientras duró su vida. Nava Espíritu sería una curiosidad dentro de un librero. Sin embargo le tocó nacer en la segunda mitad del siglo pasado, y ahora se enfrenta a una modernidad que en plena decadencia, exige del poeta otros modelos para armar, y desdeña en mucho, ese “amor ciego” a la vida, al “humanismo” de los poetas y periodistas venidos del siglo XIX. Esto vuelve a la lectura de La danza mortal de las palmeras un viaje en el tiempo, y nos hace sentir en un café donde todo parece obvio. Y si los pájaros vuelan, no está de más decir los pájaros vuelan. Y si el mundo se ve hermoso mientras de despedaza, no nos cabe duda en esperar, de tener la esperanza de que el Mundo algún día cambiará.

Esa es la actitud de Erasmo Nava, con un espíritu necesitado de que la guerra, por incomprensible que sea, acabe. Que los hombres dejen de matarse entre sí, y que sobre todo, dejen crecen los árboles, que no los desprendan de su madre tierra. Un autor que con valor mantiene la pluma activa, y que no teme las inclemencias del tiempo. Por eso felicito a Erasmo Nava Espíritu, y le deseo lo mejor para su libro. 







jueves, 15 de marzo de 2012

El eros en la boca del poeta

Por Omar Soto Martínez

El primer impacto viene con el asertórico título del libro, Al-eros es palabra que se bifurca al erotismo y al contexto del alero como marco en el escenario del mundo. El libro de Mario Islasaínz es un poemario enhebrado con recios epígrafes de Cesare Pavece mientras que de fondo seduce por comisuras calderonianas [Pedro Calderón de la Barca] desplazándose del Gran Teatro del Mundo a La Vida es Sueño, en donde, sin mayor preludio, los amantes son seres que se arrojan al interior de un pathos de vibración erótica.

Al-eros resulta ser un poema diáfano. Con la impronta de su lectura es fácil absorber la materia erótica que exuda. En leídas consecutivas se amplía el panorama que obliga a pasar del erotismo binario mujer-hombre hacia símbolos, referencias, entre-cruzamientos, atajos y construcciones sobre el tema del erotismo, sobre la experiencia erótica del autor y su evidente devenir en literatura, experiencia-reflexión-deseo que son y sobreviven por escrito porque se hacen desde la escritura.

La pregunta sobre el sentido que Islasaínz le aporta a la escritura y la misma ecuación en sentido inverso, resulta impostergable. Será amable auspiciar mi atisbo y referir a posteriori, como lector de Al-eros, que su escritura es un ejercicio por confrontar la barrera entre ser escritor que se vierte en sus escritos y ser un escritor cuya preocupación es en parte pensar-usar-posibilitar la escritura como una razón para habitar la misma escritura, es decir, no sólo un campo en donde se vierte cierta experiencia y esta se torna lúcida con el uso de la sintaxis, sino un espacio en el que es posible hacer la misma experiencia y re-utilizar la sintaxis con y para el cuerpo en el que no es fácil diferenciar si este dialoga o escribe.

El libro de Islasaínz, escrito en un tono monologante, es por su la lateral un libro en el que esa voz unicelular es germen del mundo que percibe al interior de su escritura, su tono es dialogante consigo mismo. El sueño nos da la primera pauta de lo anterior, en su interior, contrarío a los símbolos que tanto gustan al psicoanálisis tradicional, no es el erotismo una bestia incontenible hambrienta de sexo. El sueño-escritura habitable del autor es un lugar que aparte de añoranzas, paisajes idílicos, deseos y temores, también es sitio desde el cual es posible la reflexión y esta no es simplemente sobre el erotismo sino desde los puntos en que ese erotismo sucede, es literatura que parte del erotismo para hacer puerto en el cuerpo que habita la escritura. Lo que la misma literatura postula como experiencia pero sin ser del todo el autor quien la habita. Posibilidad y construcción.

Les invito a imaginar una cuerda floja suspendida sobre el vacío y en ambos polos de la cuerda los sitios en los que esta se sostiene a lo concreto. Los puntos fijos son el paradigmático sistema binario de los cuerpos que se atraen, el erotismo es la cuerda floja. El problema es que el erotismo está allí donde mi yo no puede estar, para estar allí mi yo tiene que dejar la zona segura, tiene que dejar de pensar en el erotismo para entrar en él, al mismo tiempo allí está Bataille diciéndonos que el erotismo es salir-de-sí.

Esta ilustración se refiere al proceso que Islazaínz propone en su poema. El erotismo es lo que nos une pero también es la distancia que nos separa. El autor se pregunta ¿quién está más lejos de quién?, esa lejanía también es la cuerda floja que separa. Al-eros es un poema que invita a habitar el rigor de la cuerda como un condenado a la horca, como un condenado al erotismo o como un extraviado que no suelta del hilo de Ariadna, los cuales sin embargo intuyen que esta pasión tarde o temprano terminará y que uno tiene que regresar al punto concreto. Huí profundo hacia mi tierra:/ recostado sobre la cama/ pensé en las distancias/ y la risa brotó espontánea./ ¿Quién está más lejos de quién?
-escribe Islasaínz.

Muchas son las ocasiones en las que al presentar un libro existe la necesidad, la urgente ansia de desvariar en público, de desenmascarar al libro o al escritor, la necesidad de referir a uno a un plano psicológico y a otro a un contexto literario. Prefiero perfilarme a lo que encontré en el libro en vez de encontrarle un lugar al libro porque antes que el epítome de analista, o ensayista, o crítico, soy un lector.

Y como lector de Al-eros me entusiasma encontrar en él metáforas que sorprenden porque son trepidaciones abruptas en la plataforma-escritura de la que Mario Islazaíns se apropia para hacer la literatura de su erotismo. Son esas conexiones sintácticas y simbólicas las que hacen del poema-poemario una literatura en sí misma que continua en la propuesta erótica de Bataille, hay que salir de sí. En este poema-poemario hay que entrar en él, cruzar el alero. Invitación para salir de la experiencia y entrar al terreno de la proyección. Por más temores que en él se escondan es el sueño terreno de posibilidades, desde la antigüedad, desde romanticismo hasta el surrealismo.

El mismo sueño es posibilidad y en consecuencia realidad. Calderon de la Barca propone en La Vida es Sueño, si la vigilia y el sueño duran lo mismo ¿cómo podríamos distinguir la realidad y el sueño. Un par de versos extraídos de Al-eros irrumpen este silogismo: Rezumba mi interior/ que de tanto vivir ya no duerme.

Se puede objetar con alguna dosis de razón el -qué nos importa la experiencia erótica del otro, -por qué sería relevante leer el erotismo ajeno, sin ser respuesta tenemos como evidencia que en realidad es casi irrelevante la experiencia que no es propia. El dicho reza que nadie escarmienta en cabeza ajena y si se trata de erotismo es mejor experimentarlo. Al-eros, insisto en que parte una experiencia erótica para eyectar una reflexión sobre el eros desde el terreno de la literatura.

Claro que toda literatura es una experiencia, pero lo importante aquí es cómo escindir de ese yo, el-autor, para construir algo más que la típica y aburrida narración de una experiencia erótica. Más relevante es construir en la literatura un objeto de deseo al cual la experiencia propia se quiera dirigir o a la cual quiera emular. De alguna manera Mario Islasaínz lo ensaya en su libro.

El tema del erotismo es antiguo como pretérita es la dicotomía entre Eros y Tanatos. El autor posterga lo más posible el tanatos, porque, intuyo, sabe que el eros no es posible sin seducción, sin un soberbio o fino coqueteo, de eso se encarga la escritura y son esas las acciones en las que el autor es abrupto con las metáforas que interrumpen en la plataforma de su escritura. Metáforas que bordean al autor, a la literatura y al tema. Sitio-metáfora del lector porque él no entra a la literatura por el libro en entero sino en las zonas en las que el lenguaje se sacude. Termino con unos versos umbrales de Al-eros …como un vaso comunicante/ me deslizo por la arterias cortadas:/ rebanada carretera sinuosa,/ cuerpo de víbora en loca carretera.

viernes, 20 de enero de 2012

Neurálgica poética

Por José Manuel Ruiz Regil

La paradoja de la modernidad hace más fáciles las cosas que antes eran difíciles y difíciles las que antes eran fáciles. Me explico. Cada vez es más fácil acceder a información que antes llevaba mucho tiempo conseguir. Antes era fácil hacerse notar donde eran pocos los que hablaban. Ahora en un revuelo de voces donde todo se vuelve barullo, lo que hacemos con la información y cómo lo hacemos toma mayor relevancia.

Hoy prácticamente, cualquiera que se lo proponga puede escribir un libro y publicar. A pesar de las trabas económicas y los intereses de grupo la industria editorial reporta un valor de 8,237 mil millones de pesos en 2010, con 142, 715 títulos y 123,003,510 ejemplares vendidos, en total. De los cuales 13, 208,000 ejemplares son de literatura. Y dentro de esa categoría no sabemos todavía cuáles serán de poesía. Sin embargo, tomando estas referencias podemos inferir que son muchos.

A partir de esto pensar en un título más no parece gran cosa. Pero sí lo es cuando pensamos que de toda esa cantidad de títulos muy pocos son de creación, menos de ficción y todavía mucho menos de poesía.

El advenimiento de un nuevo título, así, parido desde las entrañas de una editorial independiente como lo es VersodestierrO es to`o un acontecimiento que debe cimbrar no a las estadísticas, sino los oídos y las conciencias de quienes hemos sido anunciados de su alumbramiento. Por eso hoy, en medio de la algarabía de tipos y offsets, tintas y papeles mercenarios celebramos la aparición de Neuralgica, opera prima de Daniel Carpinteyro. Un texto inscrito en la estética del deterioro, en la poética de la destrucción –qué paradoja para la poiesis-; un libro cuya voz clama en el anfiteatro del desamparo de los siglos, del dolor colectivo y trata de cubrirse con el manto del lenguaje. Un libro que recorre los parajes emocionales trazados por Rimbaud a finales del siglo XIX (“Senté a la belleza en mis rodillas, y la hallé amarga, y la insulté”) y pareciera aferrarse con uñas y dientes a edulcorarla a través del shock verbal.

En el texto navegan varias voces. Voces malditas, decadentes, purulentas y excrementicias. El autor busca la metáfora blasfema, la comparación maloliente, el oxímoron sangrante para asumir una condición mínima de humus y reclamar su derecho de conciencia a decir su verdad, donde la orfandad es la madre de todas las posibilidades.

Para leerlo hay que insertarse en la botarga de Gregorio Samsa y trepar por las paredes de su estructura para ir ganando la dignidad de emancipable, presentando el salvoconducto del poema. Aquel hipócrita lector al que aludía Baudelaire, Carpinteyro lo asimila semejante a él, y en tanto:

“Saprofito de inmundicia orgánica.
Bacteria de la más absurda de las infecciones.
Langosta de la plaga más enloquecida y defoliante.
Carcoma de los templos naturales”.

Hay en estos textos una consciencia visceral centrada en el cerebro, el cual es concebido como un arma letal que dispara ideas, y en sus extremidades neurálgicas: los ojos y los sentidos; aquellos que pedía el maldito desarreglar sistemáticamente para acceder a la poesía. Imágenes del viaje profundo tanto al interior del ser como al centro del encéfalo.

Carpinteyro construye una neurálgica poética dividida en cinco nodos (Germinales, Cuerpo límite, Dislocadores, Desastres naturales y El malogrado ) donde confluyen, a mi parecer dos voces. Una enérgica, apolínea, rigurosa y críptica, que enuncia la fatalidad y se regodea en ella; y otra lumínica, Dionisiaca, con cierto optimismo ético que atisba una esperanza en la ranura no del futuro, sino del texto mismo. Lugar donde sucede la revelación, la destrucción y la construcción de un nuevo lenguaje, el propio.

Se reconoce en el oficio la lección asimilada de los metros clásicos y la intención de trastocarlos en un verso libre de gran sonoridad y musicalidad científica, donde la tradición es vapuleada por el ímpetu certero del experimento.

El libro inicia dando fe de una consciencia holística que ve desde dentro, haciendo al lector una invitación a la búsqueda interior, con una autoafirmación exenta de control, pues reconoce que “hay particiones que tienen voluntad propia”. Echa a andar al animal consciente, lleno de libertad, de azar y con una organicidad monstruosamente microscópica que refrenda en Carta de derechos, cínica anfitriónía en el mundo del albedrío y el karma.

“Todo te está permitido.
Ascender por las cortezas cabalgando
en una musaraña
o procurar el crecimiento de baobabs
camuflados en tu barba.
Lamer la sangre bajo el ano de gallinas que dormitan
o desovar tu descendencia
en el cerebro de cadáveres que gritan.
Ocluir las yugulares de los machos alfa
o saciarte de los pechos reventados en hembras omega”.

El poeta Carpinteyro, como lo hiciera Jaime Sabines en su momento, divide también a los poetas en dos. Recordemos primero al Chiapaneco:

"Hay dos clases de poetas modernos: aquellos, sutiles y profundos, que adivinan la esencia de las cosas y escriben: "Lucero, luz cero, luz Eros, y aquellos que tropiezan con una piedra y dicen "pinche piedra".

Daniel tropieza con la piedra y la enciende. El los separa en los que se prenden fuego a sí mismos y los que le prenden fuego a los demás. Y equipara su gusto por ambos en tanto que los dos se comprometen con la destrucción humana. Mientras que la división de Sabines es lingüística, la de Carpinteyro es moral. Pero las concilia en su poética, porque al tiempk que se prende fuego a sí iismo utiliza para nombrar la materia un lenguaje cercano a la “biología, esa tejedora que trabaja con el tiempo a su servicio” , como él la llama; a la medicina, a la ciencia orgánica, y a la filología, con la cual se sinapsa para obtener esa sonoridad catastrófica, polisémica tan vitalmente contundente que lo sitúa en la primera clasificación.

“Estregadero malezal de los anélidos sanguíferos” para contrastarla con otros momentos en los que su preocupación es tan cotidiana, y su descripción tan clara como en Liberar un poema, Monólogo de una dentadura postiza o Elogio de una rata, donde brota cierta preceptiva literaria que va muy de la mando con Alfonso Reyes o León Felipe.

Sin embargo, nada lo para en su impulso de autoproclamarse Mester de Tanatología. Y esta postura, lejos de parecer chocante luego de tanta decadencia, resulta congruente, creativa y real, en tanto que la veta explorada sí alcanza a dispararnos, como lo anuncia en sus últimas líneas, hacia un paraje distinto, menos opresivo y fugaz, donde ese hilo que todo lo atraviesa logra liberarse del espiral especular , para tomar al lector de las greñas y subirnos con él en el vagón del metro hacia el panóptico.

Neurálgica es un libro liminal en cuanto que explora las fronteras del lenguaje, de las disciplinas que lo nutren y del cuerpo como objeto de estudio.

En Utilidades de un cilindro de acero inoxidable honra a esa llaga de nueve aberturas que nombra el Baghavad Ghita. (A uno mismo se entra con cuidado por debajo de las cuencas oculares (…) a la verdad de los desconocidos se entra por el meato urinario (…) a clausurar el ruido hay que ingresar por la mansión vestíbulococlear (…) al recto se entra con alivio y relativa calma).
Neurálgica termina con una promesa de segunda parte en que se anuncia una poética del renacimiento. Mientras tanto viajemos por los axones de la poesía Neurálgica de Daniel Carpinteyro.