jueves 15 de marzo de 2012

El eros en la boca del poeta

Por Omar Soto Martínez

El primer impacto viene con el asertórico título del libro, Al-eros es palabra que se bifurca al erotismo y al contexto del alero como marco en el escenario del mundo. El libro de Mario Islasaínz es un poemario enhebrado con recios epígrafes de Cesare Pavece mientras que de fondo seduce por comisuras calderonianas [Pedro Calderón de la Barca] desplazándose del Gran Teatro del Mundo a La Vida es Sueño, en donde, sin mayor preludio, los amantes son seres que se arrojan al interior de un pathos de vibración erótica.

Al-eros resulta ser un poema diáfano. Con la impronta de su lectura es fácil absorber la materia erótica que exuda. En leídas consecutivas se amplía el panorama que obliga a pasar del erotismo binario mujer-hombre hacia símbolos, referencias, entre-cruzamientos, atajos y construcciones sobre el tema del erotismo, sobre la experiencia erótica del autor y su evidente devenir en literatura, experiencia-reflexión-deseo que son y sobreviven por escrito porque se hacen desde la escritura.

La pregunta sobre el sentido que Islasaínz le aporta a la escritura y la misma ecuación en sentido inverso, resulta impostergable. Será amable auspiciar mi atisbo y referir a posteriori, como lector de Al-eros, que su escritura es un ejercicio por confrontar la barrera entre ser escritor que se vierte en sus escritos y ser un escritor cuya preocupación es en parte pensar-usar-posibilitar la escritura como una razón para habitar la misma escritura, es decir, no sólo un campo en donde se vierte cierta experiencia y esta se torna lúcida con el uso de la sintaxis, sino un espacio en el que es posible hacer la misma experiencia y re-utilizar la sintaxis con y para el cuerpo en el que no es fácil diferenciar si este dialoga o escribe.

El libro de Islasaínz, escrito en un tono monologante, es por su la lateral un libro en el que esa voz unicelular es germen del mundo que percibe al interior de su escritura, su tono es dialogante consigo mismo. El sueño nos da la primera pauta de lo anterior, en su interior, contrarío a los símbolos que tanto gustan al psicoanálisis tradicional, no es el erotismo una bestia incontenible hambrienta de sexo. El sueño-escritura habitable del autor es un lugar que aparte de añoranzas, paisajes idílicos, deseos y temores, también es sitio desde el cual es posible la reflexión y esta no es simplemente sobre el erotismo sino desde los puntos en que ese erotismo sucede, es literatura que parte del erotismo para hacer puerto en el cuerpo que habita la escritura. Lo que la misma literatura postula como experiencia pero sin ser del todo el autor quien la habita. Posibilidad y construcción.

Les invito a imaginar una cuerda floja suspendida sobre el vacío y en ambos polos de la cuerda los sitios en los que esta se sostiene a lo concreto. Los puntos fijos son el paradigmático sistema binario de los cuerpos que se atraen, el erotismo es la cuerda floja. El problema es que el erotismo está allí donde mi yo no puede estar, para estar allí mi yo tiene que dejar la zona segura, tiene que dejar de pensar en el erotismo para entrar en él, al mismo tiempo allí está Bataille diciéndonos que el erotismo es salir-de-sí.

Esta ilustración se refiere al proceso que Islazaínz propone en su poema. El erotismo es lo que nos une pero también es la distancia que nos separa. El autor se pregunta ¿quién está más lejos de quién?, esa lejanía también es la cuerda floja que separa. Al-eros es un poema que invita a habitar el rigor de la cuerda como un condenado a la horca, como un condenado al erotismo o como un extraviado que no suelta del hilo de Ariadna, los cuales sin embargo intuyen que esta pasión tarde o temprano terminará y que uno tiene que regresar al punto concreto. Huí profundo hacia mi tierra:/ recostado sobre la cama/ pensé en las distancias/ y la risa brotó espontánea./ ¿Quién está más lejos de quién?
-escribe Islasaínz.

Muchas son las ocasiones en las que al presentar un libro existe la necesidad, la urgente ansia de desvariar en público, de desenmascarar al libro o al escritor, la necesidad de referir a uno a un plano psicológico y a otro a un contexto literario. Prefiero perfilarme a lo que encontré en el libro en vez de encontrarle un lugar al libro porque antes que el epítome de analista, o ensayista, o crítico, soy un lector.

Y como lector de Al-eros me entusiasma encontrar en él metáforas que sorprenden porque son trepidaciones abruptas en la plataforma-escritura de la que Mario Islazaíns se apropia para hacer la literatura de su erotismo. Son esas conexiones sintácticas y simbólicas las que hacen del poema-poemario una literatura en sí misma que continua en la propuesta erótica de Bataille, hay que salir de sí. En este poema-poemario hay que entrar en él, cruzar el alero. Invitación para salir de la experiencia y entrar al terreno de la proyección. Por más temores que en él se escondan es el sueño terreno de posibilidades, desde la antigüedad, desde romanticismo hasta el surrealismo.

El mismo sueño es posibilidad y en consecuencia realidad. Calderon de la Barca propone en La Vida es Sueño, si la vigilia y el sueño duran lo mismo ¿cómo podríamos distinguir la realidad y el sueño. Un par de versos extraídos de Al-eros irrumpen este silogismo: Rezumba mi interior/ que de tanto vivir ya no duerme.

Se puede objetar con alguna dosis de razón el -qué nos importa la experiencia erótica del otro, -por qué sería relevante leer el erotismo ajeno, sin ser respuesta tenemos como evidencia que en realidad es casi irrelevante la experiencia que no es propia. El dicho reza que nadie escarmienta en cabeza ajena y si se trata de erotismo es mejor experimentarlo. Al-eros, insisto en que parte una experiencia erótica para eyectar una reflexión sobre el eros desde el terreno de la literatura.

Claro que toda literatura es una experiencia, pero lo importante aquí es cómo escindir de ese yo, el-autor, para construir algo más que la típica y aburrida narración de una experiencia erótica. Más relevante es construir en la literatura un objeto de deseo al cual la experiencia propia se quiera dirigir o a la cual quiera emular. De alguna manera Mario Islasaínz lo ensaya en su libro.

El tema del erotismo es antiguo como pretérita es la dicotomía entre Eros y Tanatos. El autor posterga lo más posible el tanatos, porque, intuyo, sabe que el eros no es posible sin seducción, sin un soberbio o fino coqueteo, de eso se encarga la escritura y son esas las acciones en las que el autor es abrupto con las metáforas que interrumpen en la plataforma de su escritura. Metáforas que bordean al autor, a la literatura y al tema. Sitio-metáfora del lector porque él no entra a la literatura por el libro en entero sino en las zonas en las que el lenguaje se sacude. Termino con unos versos umbrales de Al-eros …como un vaso comunicante/ me deslizo por la arterias cortadas:/ rebanada carretera sinuosa,/ cuerpo de víbora en loca carretera.

viernes 20 de enero de 2012

Neurálgica poética

Por José Manuel Ruiz Regil

La paradoja de la modernidad hace más fáciles las cosas que antes eran difíciles y difíciles las que antes eran fáciles. Me explico. Cada vez es más fácil acceder a información que antes llevaba mucho tiempo conseguir. Antes era fácil hacerse notar donde eran pocos los que hablaban. Ahora en un revuelo de voces donde todo se vuelve barullo, lo que hacemos con la información y cómo lo hacemos toma mayor relevancia.

Hoy prácticamente, cualquiera que se lo proponga puede escribir un libro y publicar. A pesar de las trabas económicas y los intereses de grupo la industria editorial reporta un valor de 8,237 mil millones de pesos en 2010, con 142, 715 títulos y 123,003,510 ejemplares vendidos, en total. De los cuales 13, 208,000 ejemplares son de literatura. Y dentro de esa categoría no sabemos todavía cuáles serán de poesía. Sin embargo, tomando estas referencias podemos inferir que son muchos.

A partir de esto pensar en un título más no parece gran cosa. Pero sí lo es cuando pensamos que de toda esa cantidad de títulos muy pocos son de creación, menos de ficción y todavía mucho menos de poesía.

El advenimiento de un nuevo título, así, parido desde las entrañas de una editorial independiente como lo es VersodestierrO es to`o un acontecimiento que debe cimbrar no a las estadísticas, sino los oídos y las conciencias de quienes hemos sido anunciados de su alumbramiento. Por eso hoy, en medio de la algarabía de tipos y offsets, tintas y papeles mercenarios celebramos la aparición de Neuralgica, opera prima de Daniel Carpinteyro. Un texto inscrito en la estética del deterioro, en la poética de la destrucción –qué paradoja para la poiesis-; un libro cuya voz clama en el anfiteatro del desamparo de los siglos, del dolor colectivo y trata de cubrirse con el manto del lenguaje. Un libro que recorre los parajes emocionales trazados por Rimbaud a finales del siglo XIX (“Senté a la belleza en mis rodillas, y la hallé amarga, y la insulté”) y pareciera aferrarse con uñas y dientes a edulcorarla a través del shock verbal.

En el texto navegan varias voces. Voces malditas, decadentes, purulentas y excrementicias. El autor busca la metáfora blasfema, la comparación maloliente, el oxímoron sangrante para asumir una condición mínima de humus y reclamar su derecho de conciencia a decir su verdad, donde la orfandad es la madre de todas las posibilidades.

Para leerlo hay que insertarse en la botarga de Gregorio Samsa y trepar por las paredes de su estructura para ir ganando la dignidad de emancipable, presentando el salvoconducto del poema. Aquel hipócrita lector al que aludía Baudelaire, Carpinteyro lo asimila semejante a él, y en tanto:

“Saprofito de inmundicia orgánica.
Bacteria de la más absurda de las infecciones.
Langosta de la plaga más enloquecida y defoliante.
Carcoma de los templos naturales”.

Hay en estos textos una consciencia visceral centrada en el cerebro, el cual es concebido como un arma letal que dispara ideas, y en sus extremidades neurálgicas: los ojos y los sentidos; aquellos que pedía el maldito desarreglar sistemáticamente para acceder a la poesía. Imágenes del viaje profundo tanto al interior del ser como al centro del encéfalo.

Carpinteyro construye una neurálgica poética dividida en cinco nodos (Germinales, Cuerpo límite, Dislocadores, Desastres naturales y El malogrado ) donde confluyen, a mi parecer dos voces. Una enérgica, apolínea, rigurosa y críptica, que enuncia la fatalidad y se regodea en ella; y otra lumínica, Dionisiaca, con cierto optimismo ético que atisba una esperanza en la ranura no del futuro, sino del texto mismo. Lugar donde sucede la revelación, la destrucción y la construcción de un nuevo lenguaje, el propio.

Se reconoce en el oficio la lección asimilada de los metros clásicos y la intención de trastocarlos en un verso libre de gran sonoridad y musicalidad científica, donde la tradición es vapuleada por el ímpetu certero del experimento.

El libro inicia dando fe de una consciencia holística que ve desde dentro, haciendo al lector una invitación a la búsqueda interior, con una autoafirmación exenta de control, pues reconoce que “hay particiones que tienen voluntad propia”. Echa a andar al animal consciente, lleno de libertad, de azar y con una organicidad monstruosamente microscópica que refrenda en Carta de derechos, cínica anfitriónía en el mundo del albedrío y el karma.

“Todo te está permitido.
Ascender por las cortezas cabalgando
en una musaraña
o procurar el crecimiento de baobabs
camuflados en tu barba.
Lamer la sangre bajo el ano de gallinas que dormitan
o desovar tu descendencia
en el cerebro de cadáveres que gritan.
Ocluir las yugulares de los machos alfa
o saciarte de los pechos reventados en hembras omega”.

El poeta Carpinteyro, como lo hiciera Jaime Sabines en su momento, divide también a los poetas en dos. Recordemos primero al Chiapaneco:

"Hay dos clases de poetas modernos: aquellos, sutiles y profundos, que adivinan la esencia de las cosas y escriben: "Lucero, luz cero, luz Eros, y aquellos que tropiezan con una piedra y dicen "pinche piedra".

Daniel tropieza con la piedra y la enciende. El los separa en los que se prenden fuego a sí mismos y los que le prenden fuego a los demás. Y equipara su gusto por ambos en tanto que los dos se comprometen con la destrucción humana. Mientras que la división de Sabines es lingüística, la de Carpinteyro es moral. Pero las concilia en su poética, porque al tiempk que se prende fuego a sí iismo utiliza para nombrar la materia un lenguaje cercano a la “biología, esa tejedora que trabaja con el tiempo a su servicio” , como él la llama; a la medicina, a la ciencia orgánica, y a la filología, con la cual se sinapsa para obtener esa sonoridad catastrófica, polisémica tan vitalmente contundente que lo sitúa en la primera clasificación.

“Estregadero malezal de los anélidos sanguíferos” para contrastarla con otros momentos en los que su preocupación es tan cotidiana, y su descripción tan clara como en Liberar un poema, Monólogo de una dentadura postiza o Elogio de una rata, donde brota cierta preceptiva literaria que va muy de la mando con Alfonso Reyes o León Felipe.

Sin embargo, nada lo para en su impulso de autoproclamarse Mester de Tanatología. Y esta postura, lejos de parecer chocante luego de tanta decadencia, resulta congruente, creativa y real, en tanto que la veta explorada sí alcanza a dispararnos, como lo anuncia en sus últimas líneas, hacia un paraje distinto, menos opresivo y fugaz, donde ese hilo que todo lo atraviesa logra liberarse del espiral especular , para tomar al lector de las greñas y subirnos con él en el vagón del metro hacia el panóptico.

Neurálgica es un libro liminal en cuanto que explora las fronteras del lenguaje, de las disciplinas que lo nutren y del cuerpo como objeto de estudio.

En Utilidades de un cilindro de acero inoxidable honra a esa llaga de nueve aberturas que nombra el Baghavad Ghita. (A uno mismo se entra con cuidado por debajo de las cuencas oculares (…) a la verdad de los desconocidos se entra por el meato urinario (…) a clausurar el ruido hay que ingresar por la mansión vestíbulococlear (…) al recto se entra con alivio y relativa calma).
Neurálgica termina con una promesa de segunda parte en que se anuncia una poética del renacimiento. Mientras tanto viajemos por los axones de la poesía Neurálgica de Daniel Carpinteyro.

lunes 12 de diciembre de 2011

Dos visiones sobre Hortensia Carrasco, por Adriana Tafoya y Mónica Suárez


Presentación de: “Poemas del Encierro”

Por Mónica Suárez

Buenas tardes. Antes que nada debo decir que estoy muy contenta de estar aquí y poder participar en esta presentación de la poeta Hortensia Carrasco y sus “Poemas del encierro”. Como siempre la editorial Verso destierro ha hecho un esplendido trabajo con este pequeño libro, de la colección: “Poesía sin permiso”, que no por su presentación es menor.
Desde que leí el poemario, supe que me encontraba ante una poeta lírica con la cual sentí gran afinidad inmediatamente. Si bien es cierto que se puede sentir atracción, e incluso identificación, con la poesía de sonoridades distintas a las naturalmente nuestras, ya sea por el ritmo diferente o los temas, que otros poetas tratan, en este caso, fueron precisamente su ritmo y sus temas los que despertaron en mí profundas resonancias. Pero más allá de mi experiencia personal, en este sentido, se encuentra la experiencia de la poesía y su poder oculto en las palabras y los sonidos que éstas forman. Es importante destacar que los sonidos tienen resonancias ancestrales en el corazón humano, y es así porque las palabras llevan nuestros propios olores: aromas dormidos que despiertan al golpe del aliento que revive imágenes, íntimas fotografías de nuestra manera de percibir al mundo.
Cada vez estoy más convencida de que escribir poesía es un ejercicio espiritual, ante todo, porque al hacerlo el poeta escarba en lo más profundo de su condición humana, de nuestra complejidad como seres, y aquí me refiero a lo complejo, en el sentido original del término: lo que está tejido junto, es decir todos los aspectos que nos componen como seres humanos, seres con multiplicidades interiores y exteriores, que el ejercicio de la poesía deja expuestas.
Por todo esto, cuando se comienza a leer “Poemas del encierro” poco a poco la voz poética de Hortensia Carrasco nos atrapa: una atmósfera angustiante nos seduce, porque hay tanto que reconocer en esta voz que abre y desgarra verdades profundas en pocos versos.
Como la misma condición de la luz: que canta Hortensia en el poema I, cito:
 “pero la luz tiene el mal habito
de mostrarnos realidades”.
                       
Y me parece cierto, pues como digo somos seres complejos: no sólo estamos hechos de materia física o cuerpo: también hay algo que no ha podido definirse; pero que está, y si bien somos animales; al final también somos más que eso. Es en ese más, en todos estos aspectos entretejidos, en donde la poesía de Hortensia cala, refleja nuestros múltiples encierros, no sólo los físicos, en donde creemos resguardarnos.
Es entonces cuando esta realidad revelada y articulada con la fuerza de su palabra es como la aguja, que sin serlo propiamente, logra insertarse para como dice Carrasco, más adelante en el mismo poema I, cito:
“para hilvanar poco a poco
cada torcido dolor de la memoria”.
Y toda nuestra complejidad, de la cual muchas veces no estamos concientes, es lanzada de golpe a los espejos por las letras.
Así con las palabras del otro, de la otra, nos leemos a nosotros mismos, a nosotras mismas y todos los aspectos de nuestra diversidad humana, que por lo regular quedan ocultos a nuestra propia mirada, en la vida ordinaria, se revelan a través de las palabras y sus sonidos formando una cadena o en el mejor de los casos un círculo, una especie de círculo sagrado; pero ¿por qué esta palabra “sagrado” me remite a sangre, a íntimo, a grado; aunque no esté etimológicamente ligada a éstas otras palabras? Pues por la fuerza del sonido, de la que hablaba antes, es gracias al poder de los sonidos que la palabra “sagrado” huele a “sangre”, a “íntimo”, a “grado”.
De este modo, poco a poco los poemas de Carrasco, logran esta atmósfera cerrada: encierro y recinto en donde sólo los elegidos, o los dolidos, pueden entrar y reconocerse, como una especie de hermandad secreta. Hasta que la asfixiante tristeza del reconocimiento nos obliga, por la contundencia de sus versos, a como dice en el poema II, cito:
“busco la puerta para que me preste un ojo
herido Polifemo que vigila mi encierro.”
Sí, a buscar una puerta, una rendija por donde se pueda captar, o liberar lo que tenemos oculto.  Pero mejor, oigamos lo que dice la poeta en su poema III, cito:
“La plenitud de la noche
es la misma negrura de los cajones”.
Y al leer estos versos, me es imposible no pensar en mis propios “cajones ocultos en el cuerpo”, imagen constante en mi propia poesía.
De nuevo los sonidos que desperdigan sus aromas de modo que provocan resonancias latentes en nuestro inconciente. De tal modo que con las preguntas ajenas, con las definiciones o las atmósferas de la voz de la poeta una se escudriña, se percibe y siente en lo más propio y profundo de su ser, en el aspecto más ontológico posible, cerrando de este modo, el círculo que paradójicamente queda abierto como si se hubiese alcanzado un “grado”, un nivel de entendimiento secreto, que sólo la voz poética y uno, en este caso una, comparten en esa intimidad del poema. Porque como afirma Carrasco en su poema IV, cito:
“cada líquido tiene su cause y su causa.”
La poesía de Hortensia está llena de sonoridades, de imágenes, de fragmentos cotidianos y crueles, de paredes internas y de ladrillos, con multiplicidades esquizoides y esencia interior, poesía de olores deslumbrantes y opacos, de herrumbrosas rejas corporales, y agua sólida, de gusanos y latas en donde duermen los abismos de la soledad y la impotencia. Cuchillos que cortan y lastiman la inocencia del animal, el niño o el anciano, ocultos siempre en las “capas oscuras que todo lo disfrazan”, como dice la poeta.
Lentamente, a medida que se avanza en la lectura de los XXI poemas y de los dos últimos: Conjugar el encierro Ustedes; y por último, Conjugar el encierro Ellas, una se va sumergiendo en una tristeza sorda que por instantes estalla con la revelación del encierro que se rompe, y esa es la maravilla, el encierro se rompe.
Alguna vez Paul Sartre escribió: “Poeta es aquel al que no le sirven las palabras”, y yo agregaría, “y sin embargo, cuando se es poeta, con ellas se logra cerrar o abrir cárceles”.
Para terminar, me tomaré la libertad de leer un poema completo del libro, no sin antes invitarlos a entrar en el Encierro para liberar nuestros escombros:
Poema X
“Es ese sonido
el que me ha dejado con miedo
es como si alguien arrancara
los paladares de un árbol
y la sed viniera a burlarse
de los pozos y de todas las bocas.
Y en el crepúsculo
no veo más que un sol arrepentido
sol empujado por calladas nubes.
Es la astillante luz del silencio
es la tosca voz del silencio.

                                              Hortensia Carrasco
Muchas gracias.





Poemas en contra del encierro, Hortensia Carrasco

Visión sobre la mujer creadora y sus roles
Por Adriana Tafoya

Hortensia Carrasco, poeta campeona, ganadora del cuarto Torneo de Poesía Adversario en el cuadriláterO 2010, nos entrega estos poemas del encierro, poemas de la crisis, o mejor dicho, del conflicto en que se encuentran paralizadas muchas mujeres en la actualidad.
Pero antes de entrar de lleno en la reflexión del poemario, es importante explicar que para ser merecedora de esta publicación, la poeta Hortensia Carrasco, tuvo que competir con aproximadamente doscientos poetas que acudieron a la convocatoria del Torneo de Poesía, y enfrentarse con el criterio de catorce jurados, dentro de este torneo que ahora cumple cinco años.
También es importante mencionar que Carrasco se sitúa dentro de la saga de tres campeonas en el torneo, consecutivamente del 2008 al 2010, siendo junto con Ileana Garma y Leticia Luna, una de las poetas que han logrado poner a la poesía escrita por mujeres en el centro del escrutinio de los lectores. Y es seguro que en este libro, los que se acerquen con el interés de saber sobre esta poesía que ha logrado imponerse ante el público y la diversidad de criterios que se implican al subir a un ring a enfrentarse en versus con otros poetas, encontrarán a una poeta sólida, con una estética impactante, y dura, conmovedora por momentos, y de una calidad poética importante.
Cabe acotar, que pese a la duda o negación de muchos, de la existencia de una poesía femenina (basándose en la pregunta de si hay a la vez una poesía masculina, oriental u occidental, etc.) argumentan que la poesía es sólo una, en una especie de gesto unificador de la humanidad; sin embargo, en contrapeso difiero, y puedo apuntar que esta idea es aún, actualmente, una utopía; ya que en nuestro presente son muchas las diferencias, tanto en temática como en contenido, y efectivamente en la mayoría de los casos, son propias de una poesía de género.
En alguna ocasión, en una charla de sobremesa, alguien afirmaba que el feminismo era una idea trasnochada, y que en la actualidad la mujer gozaba de los mismos derechos y vicios masculinos. Recuerdo que vino a mi mente también una nota del periódico Milenio, donde anunciaban la buena nueva de que las mujeres de Arabia Saudita tendrían derecho a votar, por fin, en 2015. Este dato no lo comenté en aquella ocasión, pero sí objeté que el machismo aún no pasaba de moda, y mientras exista seguirá vigente una idea de feminismo. Feminismo entiéndase aquí como una necesidad de tener una existencia y por lo tanto, también, un protagonismo en los actos de la historia de la humanidad. Digamos que sigue siendo necesario un contrapeso, para mantener el equilibrio.
Retomando el tema de la poesía, que es lo que nos reúne esta ocasión, es pertinente aclarar que la poesía, pese a lo que muchos crean, está supeditada a la manera de pensar de su época, a su actual política, a su ética, su religión, inclusive su moral. De hecho, su contexto geográfico, etc. Por eso sería absurdo desprenderla de todo contexto, pues entonces la poesía no sería tal, pues no tendría nada que ver con lo humano. Esto lo comento a colación de la poesía femenina, la poesía de género, y para afirmar o reafirmar, que efectivamente es real, y que estos versos de los poemas del encierro, fueron escritos, sin duda, por una mujer, y no por un hombre poeta, ni mucho menos por un gay, pues son temas que no son tocados por ellos. Cito algunos ejemplos:
Queremos huir por algún resquicio / pero ni un ojal de camisa nos permite el paso.
Sentimos un inusual odio a nuestros ojos / porque se revelan y nos hace mirar / cómo nuestra carne se vuelve ruinas / y cómo repartimos moléculas de agua / que trasminan trapos y fotografías.
Recuerdo a la señora / postrada en la cocina / con su sonrisa de cuchillo / cercenando las cebollas y el jengibre / que almacenaba llanto en un trasto / colmado de ojos y de voces.
En mi boca se acumula el silencio de una puerta / por mis manos trepan / los cabellos de dos niñas / arranco mis pies / de una manía tediosa / y hay telas y papeles acostumbrándose a que no los reconozca / o yo soy la desconocida a la que no identifican…
El cordón ya no era / el lazo que une / se volvió la soga que ata / el pedazo de cáñamo / que muerdes / cuando tiendes la ropa.
Estos son algunos versos de poemas del encierro, de Hortensia Carrasco. ¿Qué tienen de femenino? ¿Qué diferencia hay en ellos respecto a la poesía masculina o gay? La diferencia crucial tal vez, reside en los roles sociales, refiriéndome a estos en la cuestión en que el rol que más se juega y predomina aún en el sexo femenino es el de ama de casa, el de sirvienta, el de lavandera, etc., pues en lo común del ahora, no se habla de amos de casa, del chacho, o del hombre que lava ajeno, y no porque estas actividades correspondan exclusivamente al rol femenino, sino porque siguen prevaleciendo en la tradición, como un prejuicio de lo que “debe ser” femenino. Son muy escasos, por no decir inexistentes, poemas gay o masculinos que hablen de lavar trastes, de lavar la ropa mientras esperan con los niños en casa, o de la angustia que sienten mientras reparan un calcetín. Cabría preguntarse, aún así, ¿qué diferencias habría en las emociones que experimentan un hombre, un gay o una mujer, al lavar la ropa de sus hijas o hijos, al lavar los trastes, o al coser un botón?
Cierto es, que ser mujer no es sólo un rol, pero también es cierto, que hace falta de parte de las mujeres poetas, mayor conocimiento de sí, y por supuesto más exploración sobre sus capacidades humanas para entonces sí poder estar en igualdad de poderes en una sociedad cultural que dice que la poesía es una sola, sin importar el género, aunque sea notoria la escases de nombres femeninos en las antologías, en los recitales y en la historia de la poesía nacional.

En el caso de Hortensia Carrasco, la poesía es un impulso por salir de la estrechez de este rol social que se les ha impuesto como una especie de condena a las mujeres, como lo menciona en el poema XV: “salgo de la casa. / Imagino asnos que ríen / dejo caer mi ropa / ¿qué tiene mi ropa si es sólo un conjunto de telas ajadas y simples? / pero los asnos pasan y ríen / elevan las orejas / como si quisieran escuchar / el crujir de mis entrañas / o mi ropa. /
Y más adelante, en el mismo poema expresa mediante algunos símbolos de poder, la necesidad de trascender su estado, cito:
(…) Vuelvo a la casa. / (…) Quisiera admitir que deseo / ser aquel gallo / o algún asno imaginario / para reírme también / o ser esa mujer de húmedas / facciones que el cielo libera / aunque después un estanque / despiadado me arranque los cabellos”.
Hortensia es una mujer poeta que habla desde la lucha contra la tiranía de un mundo rígido, que limita la visión de la realidad, a tal grado, que a veces podría parecer que ella vive y habla desde el exilio, desde la distancia. Desde el abandono de su yo, al cual trata de rescatar. Eso es lo que busca una poeta cuando escribe poemas para romper, abrir, para expandir los barrotes del encierro que significan las emociones, el enojo, la repulsión a ciertas cosas, y la frustrante incapacidad, de no poder cambiar no sólo el mundo en general, sino ni siquiera el breve, el pequeño entorno que nos rodea, parecido a un cerco ocular, a un sol indiferente  por la mañana. Y cito, en el poema Ustedes: “Sienten el sol como una broma imbécil”.

Carrasco es una poeta que asume su condición de mujer, para reconocer también que su entorno no es el de una mujer, sino el de una especie de “género” que en algún momento fue capturado en la trampa de una civilización diseñada por alguien que no pensó en ese gran detalle que era el Ser. Como creadora, es impulsada por una conciencia en busca de reformar su composición mental, de un modo que cuadre más armónicamente con su naturaleza, con su cuerpo, con la belleza con la que funciona cada una de sus partes, así como su ritmo. No en balde, la creación es una cualidad que late dentro de lado femenino de los seres. Y eso nos lleva a la reflexión sobre la raíz creativa-psicológica que plantea Gustav Jung, tiempo después del pequeño paso que dio con sus ideas psicoanalíticas Freud, donde trata de explicar  y dar luces sobre la psicología profunda femenina. Jung plantea que la fuente de la creatividad masculina es su ánima femenina, refiriéndose con esto, a que la raíz, la necesidad del parto y de la creación, proviene del Sino femenino.
Siendo así, ¿por qué habría de ser la mujer poeta una especie de fetiche o musa más que una compositora movida por la creación? Si después de todo, la mujer es por naturaleza, creadora. En estos poemas del encierro, Hortensia Carrasco nos  deja ver con toda claridad esta cárcel que puede desecharse como una cáscara si se quiere. Como una piel, o como un traje decimonónico. Y convirtiéndose en voz de las lectoras nos muestra que la mayoría de nosotras no estamos a gusto con esta obsoleta forma de existir, y que está a favor de un cambio, muy contrariamente a lo que propone gran parte de la poesía que se encuentra compilada en una antología de 1985 (con autores de la talla de Saúl Ibargoyen, David Huerta, Otto Raúl González, Homero Aridjis, Juan Bañuelos y Marco Antonio Campos), que ostentosamente fue llamada “República de poetas”, en donde aparecen trece mujeres oficiantes, y donde una de las poetas antagoniza completamente con la visión de Hortensia Carrasco y no sólo por un asunto generacional. Esta poeta es Elena Jordana, premio nacional de poesía Aguascalientes, 1987, que asume la condición del rol “femenino servil” arriba expresado, y lo hace enumerando todas las ocupaciones de las que debe preocuparse y resolver a lo largo de un día para aceptar con “amor” a ese vieja forma de vivir como una parte inherente de su existencia, a su condición de “mujer”, y el ejemplo puede notarse en versos como estos: “amo la cuenta exagerada del teléfono / la cocina llena de platos sucios / las huellas de manos de niños en paredes y almohadones / las toallas húmedas después del baño / las camas desvencijadas / las cacerolas abolladas / los bordes de la mesa / quemados por cigarrillos / (…) Amo los hornos de pan / el filo gastado de los cuchillos / las cabezas despeinadas / las bocas despintadas / las camisas a las que les falta un botón / amo ciertos silencios / ciertos sonrojos / ciertas ausencias / (…) Amo las visitas inesperadas / las grandes hoyas de frijoles / los colchones en el suelo / amo el olor a pis de niño”.
Hortensia Carrasco afortunadamente está en otra parte de la historia, y eso es algo que se agradece honestamente, no sólo desde la visión de una poeta mujer, sino desde la visión de cualquier ser humano que se digne de tener inteligencia y capacidad para cambiar su óptica de lo que sucede delante de sus ojos. No cabe duda que tenemos a una poeta que nos deja con ganas de seguir su obra, para cuestionarla, para leerla, para ver hasta dónde puede una mujer desechar la envestidura que le ha impuesto la modernidad tardía de nuestros tiempos.
Y cierro con un par de versos de la autora: “Me encierro como un pájaro / que guarda sus plumas / para el día en que la jaula / rompa sus huesos”.
Felicidades, Hortensia.


lunes 6 de junio de 2011

Sobre Beatriz Cecilia, por Estephani Granda Lamadrid


https://mail.google.com/mail/?ui=2&ik=7dbc6c20de&view=att&th=13065217222c5b2f&attid=0.2&disp=inline&zw 
Beatriz Cecilia en el Foro Cultural Lipotimia, en Orizaba, Veracruz.

"De mis humedades vengo", de Beatriz Cecilia, que el dia de hoy tenemos el gusto de presentar, es un libro principalmente enmarcado por un ambiente bohemio, de tristeza y soledad. Es un libro de fácil acceso para todo aquel que no acostumbra la lectura, lo que dota a este libro de 80 páginas de una fluida sencillez al momento de comenzar a leerlo, sin duda alguna es una buena opción para quienes gustan el tema amoroso y erótico, pues concentra en su interior un sinnumero de pensamientos entorno a encuentros donde la la piel añora el contacto físico, o en donde el amante nunca está presente:
-cito un fragmento-
"y hacerte girar, hasta que no haya más remedio / que abrir mi cuerpo en dos, / para tenerte dentro y acceptarte / como el único amor de verdad/ para compartir mi cama, / el aire, el espacio y el pensamiento."

Con un eje temático en torno a la "común" -pero siempre cuestionable- situación de la mujer con respecto a su género, De mis humedades vengo, nos presenta varias situaciones que se refuerzan en líneas como los siguientes:

"Una vez -un dia- dijeron que el llanto es cosa de mujeres. Y creí"

"Es éste, mi tiempo contigo / Es ser un juguete / del amor (...)"

"Me doy a ti/ me detengo. / Yo soy lo únco que tendrás / Quisiera regalarte mi renuncia/ pero no puedo entregarte/ lo que no poseo."

Beatriz Cecilia nos afirma a lo largo del libro que "Insospechado es el deseo/ que poco tiene que ver con el amor", y tan segura está de lo lejano que se encuentra lo uno del otro que durante todas las páginas podemos encontrar esta insatisfacción al encontrarse sola, y la soledad que se hace enorme al terminar el acto supuestamente de amor, por lo que nos confiesa en otro texto más adelante   "y a pesar de amar tanto / quererte amar una vez más / Sería bueno, digo yo, después de amarte/ no quedar en orfandad" Sin embargo, la voz femenina no puede soltar el ancla hasta este amor que la está dañando, y prefiere llamarlo "esperanza", la cual se le antoja de piedra para volver a tropezar.

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El vacío que queda en la amante luego del supuesto "amor" , da pie a respiros temáticos en el libro, en los que los temas "sociales" y urbanos se hacen presentes, y aciertan con emotivas frases como estas:

"Deberíamos convertir/ el pensamiento en lanza. Y clavarla/ en el corazón mismo del que, a pesar de todo/ nos sigue hablando de amor, de fe / de esperanza"

"La mentira es noticia,/ y la duda nadie la consigna/ El hambre en las calles se mide en cifras / y no hay tinta suficiente para escribir / sobre las verdades"

"A veces, de madrugada, despierto/ anegada en llanto, porque sé vamos a morir/ sin ojos, con huesos rotos y un grito/ doloroso, ahogado en la garganta."

Todo libro es un viaje, y De mis humedades vengo, no es la excepción. Desde el inicio nos sitúa en un café, con la seguridad de los objetos y situaciones cotidianas que le dan seguridad. Liego, nos va llevando por paisajes donde son los cuartos, las habitaciones quienes detienen en sus puertas los relojes y el tiempo que maneja los ciclos vitales, es el polvo que no puede ser vertido en los seres que dañan al personaje femenino que habita y que tiene la necesidad de abrir la puerta y correr, abrir los ojos y abanonar lo cotidiano, y aunque en alguna parte asegura "qué inútiles pasos, qué absurdo viaje, qué hueca historia", logra, finalmente liberarse  en el último texto títulado Ya no cautiva en mi cuerpo, en el cual se siente purificada y sanada por el mar, ese símbolo femenino y fecundo que la protege dentro de un sueño. Beatriz Cecilia se cuestiona:  "Después de todo, mucho después ¿qué sabemos de la muerte? ¿qué entendemos del mar? ¿cómo nos bebemos la vida y malgastamos la sangre? ¿con qué calculamos el tiempo?" Este poema termina este viaje donde la voz femenina se desnuda verdaderamente y se desprende de esas piedras y cuerpo que le dañaban durante las primeras páginas, y en las que por fin encuentra esa entrega verdadera que buscó antes. Es en este texto, donde Beatriz Cecilia es poeta, y termina diciendo: "Me dejaré llevar otra vez/ en vaivén , otra vez dormida, pero esta vez amada."

Muchas felicidades Beatriz Cecilia por tu primer libro.





martes 31 de mayo de 2011

La carne azul del infinito


Por José Miguel Lecumberri


“¡Sí! Inmenso mar dotado de delirios,
piel de pantera, clámide horadada
por los mil y mil ídolos solares,
hidra absoluta, ebria de carne azul,
que te muerdes la cola destellante
en un tumulto símil al silencio.”
Paul Valery, Cementerio Marino



Para iniciar la narración de tan desigual contienda de imágenes, silencios, resplandores y fantasmas, me preguntaré lo que Borges en un poema: “¿Quién es el mar, quién soy?...” Esaú, corona la interrogante planteada por Borges con una triada de pulcros versos a manera de respuesta, con los que da fin a su mítica cruzada: “…ya no el mar o los mares,/ya no el abismo,/mi hundida mirada.” Comienzo así por el final, por el estrato más profundo, por la mirada más ausente.

Esa interminable bestia, ese lugar de nadie, esa música que ruge con la monotonía y la cadencia de un sombrío mantra, donde ya no el mar, ya no el abismo,/una hundida mirada., el movimiento por el cual, dolorosamente, nos formamos como aquellas heridas que el mar lleva en las manos de tanto querer aferrarse a la playa, según escribiera José Carlos Becerra, y que constituyen el deseo atávico por lo inaccesible, el devenir otredad, tal y como Esaú lo sugiere: “tengo la sensación de una danza/volcada hacia un milenio muy lejano…”, formas de lo abierto, esa herida supura poemas, la “oscura flor del verso” de Panero, que el poeta ofrenda a su insondable adversario, insinuando: la flor ha germinado en el molusco,/y nada más hay. ¿Qué tiene el mar que cada vez que lo vemos es otro y el mismo a la vez? El poeta responde:

En la desembocadura,
los nombres se entrelazan
dulcemente,
se confunden
debajo de las formas del agua
en movimiento.

Y ¿Qué los confunde, no las formas ni el movimiento de las aguas?, ¿Se refiere acaso, Esaú, a algún resplandor primigenio, origen de la fuerza motora del azul infinito, fuente renovadora de las aguas? "Todo lo que es luz o acoge la luz puede caer en las tinieblas” dilucidó María Zambrano. El mar centellea, refulge en su superficie pero en el fondo se hunde, hecha raíces en las más misteriosas tinieblas, el mar es todo lo que no vemos del mar.


Jung utilizó la violenta imagen de esas lóbregas profundidades para comprender aquellas que nos habitan y, cierto, que le otorgan a nuestra psique contenido y, consonancia cósmica a nuestros pensamientos, relación con lo que es, en el fondo lo mismo que uno-mismo, el otro no-ideal, paso tendido hacia el interior, pues: Rumbo al fondo, sin rumbo,/la embarcación/asume su camino.” La embarcación entendida por el poeta, como ese monstruo, Leviatán contrahecho que construimos a partir de lo real, para horadar la inmaculada superficie de lo imaginario, el velo que oscurece la rosa eterna, misión circular y, por tanto, perpetua de conocimiento y desconocimiento, de encuentro y separación, para lo cual se necesita tanto la imagen como el extravío de la imagen.

Parafraseando al filósofo francés Gilles Deleuze: el eterno retorno no se opone al caos, sino que más bien se le asemeja. Así el poeta nos confronta con flujos que provienen de las zonas más telúricas del inconsciente colectivo y nos exhibe en cada lectura a manera de gazapos, una individualización poética de los entresijos desgarrados del Absoluto:

Rompe la marea,
en las profundidades óseas,
en los templos marinos
y sus tapias;
Rompe, en el camino intransitable
que hizo suyos
todos los cuerpos rígidos.
Rompe, en la noche ajena:
estatua viva,
isla petrificada
en el blanco escarlata del crepúsculo.

Y más adelante, el poeta ahonda la hendidura, que pareciera una pauta para el vacío que mentalmente representa lo infinito:

El eterno retorno es también
el arribo imposible:
La piel del extraviado
tendría
un sabor salino.
Ya no podría borrar de su mirada
el infinito azul.

Aquí denota la febril persistencia de lo inasible en la materia, a la manera en que el místico sufi Jalaludín Rumi lo expresara: “la sed de los peces”, pues somos seres rodeados de infinito, sin embargo, el infinito nos es inaccesible y, más aún, somos aplastados sin piedad por ese infinito tan íntimo y lejano a la vez. El mar grita nuestro origen y nuestra ruina en un mismo movimiento del alma.

Por ello nos parece un vacío hacinado por los más prístinos fantasmas, donde todo sucumbe, se corrompe, incluso la belleza, o la más ingenua armonía son tocadas por la muerte, la violencia, la tempestad y el desierto, ciertamente, el mar es el desierto más cruel.




Uno de los silogismos de la amargura de Cioran dice lo siguiente: “Cuando rozo el Misterio sin poder reírme de él, me pregunto para qué sirve esa vacuna contra lo absoluto que es la lucidez”, en Versus el Mar, el poeta se arroga la titánica tarea que en la época clásica el desquiciado y no menos poético Calígula lleva a cabo, en medio de un dilucida intervala, al percatarse que el verdadero enemigo del poder del hombre es el poder de lo absoluto, materialmente manifiesto en la fuerza oceánica, Titán primigenio, útero y destructor. Calígula ordena a sus tropas emprender la lucha contra el mar y sus espíritus, destrozar las olas, fragmentar su ritmo, aniquilar su ensordecedora melodía, sus dictados infernales, pues el hombre no debe soportar tanto mundo, tanto ser, tanto movimiento, que por exceso se nos vuelve inaccesible y nos hereda la nada de la que provenimos:

La sed
del navegante
que mira alrededor
y sólo encuentra Azul, azul
de viaje azul de carne
negra azul desfigurado azul
de primavera azul de sal azul
de viento azul de agua salina azul
azul de arena.

Todo una homogeneidad azul que es ajena a la palabra, pues la lengua es fragmentaria, rompecabezas de lo imposible: Lo escrito es una red/que nada abarca/y una luz en el fondo/(que nada a barca)…” El poeta lo reconoce, su lucha, como la del augusto emperador, es en vano, es entonces que la poesía se torna pila del sacrificio donde se ofrenda: “Un suplicio de fuentes…” El poeta ofrenda su propia vida en versos, como una oscura parvada que súbitamente se desangrará en el cielo.

Finalmente el poemario termina por su inicio diciendo:
Y yo veo a las mariposas blancas
danzar felices
y esa es mi mentira



Más adelante, el poeta rubrica, afirmando con tenebrosa certidumbre: “no es requerida mi existencia/la conciencia mentida…” Así, Esaú abre su canto a lo imposible a partir del camino recorrido, de la experiencia obtenida, pues sabe que todo origen es a la vez destino y vaga, transita como un San Juan la noche oscura del alma, pero a su alrededor no hay oscuridad sino azul, azul infinito.