domingo, 7 de abril de 2013

Desnudarse a través de máscaras: un andar por tiempos posmodernos



Por Alejandro Reyes Juárez


[Ramírez, Athena (2012). Incivil. México,
Versodestierro. Colección Poesía sin permiso.]

Algunos autores plantean que las transformaciones aceleradas de los últimos tiempos han configurado una nueva época: la posmodernidad. Caracterizada por aspectos como la complejidad, la fragmentación de la vida social, la redefinición de tiempo y espacio, la incertidumbre, el caos, el riesgo y la ambivalencia.
En este contexto, los sujetos libres pero atados a los vaivenes del mundo y la vida construyen y reconstruyen de manera continua identidades múltiples, las cuales refieren, según Maffesoli (2004), al hecho, sin esquizofrenia, de que uno puede vivir a través de una multiplicidad de máscaras que uno tiene a su disposición sin que haya nada de esquizoide, sin que haya nada de patológico. O como lo menciona Bauman (2001), al igual que todo lo demás, la imagen de uno mismo se desintegra en una colección de instantáneas.
Los poemas que Athena Ramírez comparte con nosotros en Incivil incorporan una visón de la posmodernidad. No trata de explicar el mundo, porque ese no es propósito de la poesía, pero, la poeta muestra una capacidad de compresión de éste que incorpora en sus textos, los cuales además, quizá como reflejo de eso, asumen el riesgo de la búsqueda y la contingencia para ir más allá de lo convencional y romper con la solemnidad.
La poeta, que se reconstruye constantemente, se mueve por los mundos de la poesía y los mundos cotidianos, muchos de éstos contradictorios; los articula en cada verso para darles coherencia pero, sin desconocer, precisamente, la heterogeneidad que caracteriza al periodo histórico actual y a cada sujeto que nos tocó vivir en él. Esto lo deja claro desde el primer poema, titulado Biografía universal, y sus primeros versos: Vivo en muchas partes/ Soy muchas personas/ Y justo ahora me dedico a estar aquí
Un estar aquí donde la experiencia, llena de contradicciones, se vuelve metáforas para transitar de la luz a la oscuridad; de la fe a su negación; del pesimismo a la utopía; de la comprensión de sí misma al desconocimiento absoluto; del sueño a la hiriente realidad; del ruido al silencio; de la estridencia al ritmo acompasado,  de la armonía a la desolación; de la creación al fin del mundo; de la civilidad a la incivilidad.
De las identidades múltiples y voces diversas que Athena muestra en sus poemas, las contestatarias y rebeldes ocupan un lugar central. El poema que da titulo al libro es un ejemplo de ello. En él capta una civilización desahuciada que va perdiendo el significado, donde: Libertad: esa palabra tan puta/ que se pinta las uñas/ mientras se busca/ en un diccionario/ y se  maquilla de libertina. Y llega a preguntarse ¿Cuándo llegará/ el anhelado fin del mundo?
My Little lord, otro de los poemas contenidos en Incivil,  nos lleva a una guerra que algunos pensaron terminaría pronto, pero que, por el contrario, parece perpetuarse, solo que ahora el silencio amordazado pretende, inútilmente, ocultar el estruendo de las balas y el dolor de un país que se desangra. Vi una mujer de luto vestida/ en miseria, ¡qué digo una,/ he visto a miles!/ Y tú limitándote a vestir a tu mujer de gala/ Padre iracundo, padre espurio/ Tu grito patrio/ provocó el llanto del cielo/ Y no hay plegaria/ que a tus oídos conmueva/ Para que tus ojos/ se encuentren con los de abajo/ Con la desolación de un país/ ávido de un milagro
Así, desde un estar aquí y ahora de la poeta, desde los espacios de la vida cotidiana construye su poesía y transforma la experiencia. En sus poemas cobra sentido lo que Enriqueta Ochoa dijo acerca de que la poesía es un hallazgo de lo insólito en lo cotidiano (…) En el mundo de las vivencias el que mejor configura los símbolos, la magia, las imágenes, la liberación de las palabras concretas.
Al final Athena Ramírez usa diversas máscaras solo para desnudarse; para dejar ver lo que su corazón y mente contienen; mostrarse como es, como lo hace, en uno de su poemas, esa niña eterna que se pasea majestuosa con su vestido de noche dándole sentido a la constelación. Los invito a escuchar con atención lo que sus diversos Yos nos quieren decir en Incivil, su opera prima.
Casa Talavera-UACM, México D.,F., 22 de marzo de 2013

Sobre "Instrucciones para buscar en la niebla"


Por Alejandro Joel Hernández 

   Siempre he creído que presentar el nuevo libro de un poeta amigo, es un acto estúpidamente irresponsable, porque con las limitaciones propias, el presentador termina por alterar, distorsionar y mutilar el trabajo literario, e  intenta abusivamente suplantar al autor, porque prejuzga y predispone, y aun peor, manosea amistosamente la obra poética y el autor sentado en el banquillo de los acusados es incapaz de defenderse de un incompetente abogado de oficio.
Dicho lo anterior y agradeciendo que no sea el objetivo ni la ocasión para entrar en un análisis teórico puro, me instalo entre ustedes como un lector en el umbral, en el umbral de la niebla, como evidencia de una poética que conozco y he compartido.
Hoy quiero hablar de una mujer a la que quiero y respeto, y me complace hablar por supuesto de la poeta y generosa maestra a la que descubro con la misma admiración, una y otra vez, en cada uno de sus versos. Hoy encuentro más poesía y más poeta en este libro y me hace ver con más claridad pero al mismo tiempo cada vez más impenetrable el misterio que la abreva, esa densa niebla en que se mueve, de la que obtiene su fuerza y su fragilidad.
“Los secretos nos abren cajones en el cuerpo:
cajones que cerramos para poder vestirnos
y salir a la calle sin que nadie lo sepa.”
En “INSTRUCCIONES PARA BUSCAR EN LA NIEBLA” Mónica Suárez pone en nuestras manos una obra global y exquisita. La voz que habla en sus poemas abre las ventanas de su noche a su interior y se va abriendo paso a través del espacio emocional que delimita su experiencia, su íntima soledad, donde realiza un balance entre lo hallado y lo perdido.
“Me pesan los cajones abiertos en el cuerpo
que guardan los fragmentos de todo lo que he sido.”
Cada vez que intento descifrar esta soledad que sabe a muerte maniatada, me desarma, me deja mudo, tatuado por el dolor y cuando intento recuperar mis huesos anegados en el miedo, la poesía hecha girones de Mónica regresa para decirme con todo el silencio que envuelve sus palabras, que la vida sólo es una manera de recordar morir:

“Habrá que andar de nuevo
el tiempo. Cruzar sin pies ni manos
la trampa del abismo. Atravesar
como se pueda la herida
de estar vivo.”

La certeza de los recuerdos y sentimientos se aferra firmemente a las palabras, en donde los umbrales se difuminan y la magia y la poeta se fusionan, y surge como consecuencia una condición inevitable y casi fatal de todo vate, la presencia de la necesaria ironía en la poesía, la cual se explica cómo vacío y suplantación cuando se escribe una cosa y se quiere decir algo distinto. Desde luego también queda la elección del silencio, una cualidad virtuosa que tiende a olvidarse, afortunadamente Mónica la utiliza para pulir esa fina artesanía con la pulcritud de la gramática.
“Me deshago en la noche que duerme recostada
en las habitaciones oscuras de mi cuerpo.
¿Cómo decirlo sin herir a la sombra,
que se queda sentada a un lado de la cama,
vigilando mis gestos?”
Qué privilegio tener la oportunidad de presentar “INSTRUCCIONES PARA BUSCAR EN LA NIEBLA” de Mónica Suárez que funde nuestro propio umbral, que define lo particular de esta presentación, que en el fondo no es sino la gran oportunidad de compartir una bella poesía y celebrar a uno de los nuestros.
Cada quien debe buscar en la niebla lo que considere prudente, tal vez algo muy preciado que haya perdido o quizás el propio yo que nunca ha encontrado, por lo pronto yo intentaré seguir las instrucciones que amable y desinteresadamente nos da Mónica:
“Voy a creer que las heridas sanan
con cataplasmas de silencios
y otros lodos,
que las sombras
son sólo fantasma de las cosas
y no de nosotras pedazos perdidos.”
Te queremos Mónica y sabemos que vas a tener el éxito que te mereces.

Casa Talavera, Centro Histórico de la Ciudad de México a 15 de marzo de 2013

Alejandro Joel


Eva en el país de lo cotidiano


Por María Elena Solórzano

El libro “Nada se pierde” de la poeta Eva Castañeda se divide en tres secciones: De aquí, De allá, De otros lugares. Huidobro nos dice: El poeta crea su mundo, es como un Dios que construye y reconstruye. En esta obra hay un aliento de creacionismo y aparecen guiños del estridentismo. Enseres domésticos aparentemente insignificantes condicionan nuestras vidas. Sólo tenemos nuestras diarias vivencias, en nuestra inherente finitud queremos trascender. La perfección no existe, lo impecable en la suavidad y la blancura tampoco existe, la superficie más tersa vista al microscopio tiene grietas. Toda certeza es engañosa, los ojos y los demás sentidos nos dan una realidad algunas veces falsa y miramos lo que no es. De aquí.

Para Eva muchas cosas pasan desapercibidas, pero se detiene a mirar -como toda poeta- el color de las hormigas y a escuchar el canto zigzagueante de las moscas. No sabe de fantasías, sabe de cosas diminutas, pero eso es lo que forma la vida y la realidad está enfrente sin dar respuesta alguna a nuestros problemas existenciales.



Tu amor, mi amor no lo quiso nadie y sólo quedó el reguero de luz, ya no hay amor ni una migaja. Pero hay amores que crecen y no los alcanza la mezquindad ni los eclipsa la rutina.
Eva dice: no me cuentes tu historia, es mi historia. El ruido de los trenes en las vías me dice de otras almas, de otras vidas y tú puedes morir bajo los trenes en la madrugada (por los sueños malogrados).
Y dice Eva
 Que cada día es diferente: el día de hoy tranquilo y te pondrás tu endeble armadura (tu vestido de sueños, alguna flor en el cabello, carmín en los labios y un toque de rubor). De mañana lo cotidiano no te engulle.
Ellos toman el autobús, ella baila un vals en sueños porque en lo cotidiano no hay música . El terremoto terminó con todo, el terremoto les mató el alma. Todos hemos vivido un terremoto y se ha perdido todo, absolutamente todo.

Las cosas cobran vida, caminan y hacen ruido, un abalorio, un símbolo, un signo, una estampita de la Virgen de Guadalupe o de San Judas Tadeo pueden tener gran importancia y los guardas en el saco de tu memoria.
Te encuentras con un mundo desgastado donde todo es sabido y los hechos ya no causan ningún asombro. Ni siquiera el embarazo por violación de una niña de once años.
La blancura lastima, pues nos acostumbramos a nuestras manchas, a nuestras sucias manías y cuando estamos ante la blancura, no tenemos referencias ni siquiera migas para seguir el sinuosos camino que se abre frente a nosotros.
Cuánto luchamos por alcanzar una meta, un bien o un amor, cuando logramos lo anhelado, muchas veces viene el desencanto y ni siquiera hay puentes de esperanza, sólo el laberinto donde nos perdemos pero que a fuerza de recorrerlo ya nos es familiar y cotidiano.
Un paliativo a esta miserable cotidaneidad, es el amor, nada cambia, pero la hace más llevadera “…sigue muriendo irremediablemente, pero algo en mí es menos amargo”.
Tres horas en el tránsito en la Ciudad de México cualquiera desea la muerte, los carros aplastan la voluntad, el buen humor, los sueños, todo…la ciudad ya es inhabitable “…y los carros aplastan pajaritos sin piedad.”
Este es el país de lo cotidiano, a veces vuelve la oscuridad y vuelve una y otra vez la injusticia. “Sé que un puñal, una piedra y una soga no esconden respuestas”

De allá
Eva  se mira en la cuchara porque le da una imagen   deformada pero más rica en contornos y resplandores y recuerdo a Valle Inclán con sus estampas esperpénticas ¡Qué incertidumbre ante lo cotidiano! “Se terminó la leche, el camino a la tienda es tortuoso, niños invisibles me arrojan piedras. Surgen los fantasmas que todos guardamos celosamente pues nos hacen vulnerables.
 El confort  no ha mejorado nuestra vida espiritual. “Afuera todo descuartizado, adentro también, pero hay calefacción…” La cuchara como espejo, el jardín en la colcha.
No estamos tan lejos de la locura ¿Acaso es el poeta un loco? “A las locas mejor portadas les pusieron un jardín con cinco árboles torcidos y fotografías sepias.”
“Ustedes locas, (léase poetas) andan con las cicatrices de fuera,/ enseñan la costra,/ se pegan a las paredes.”   
De otros lugares
Una interpretación de la realidad en la que se siente el desamparo, el dolor de vivir y sin embargo hay esperanza,  Dante dice que el peor castigo para un hombre es perder la esperaza.
“Mira hay un erizo afuera./ Todo el tiempo afuera/ afilando su cuerpo.  Pero adentro algo más suave, -no huesos-, sí armonía, algo que de tan salvaje se queda quietísimo/ Llámalo, tráelo despacio.
Los paraísos falsos se hacen presentes “Tú, penumbra en el retrato, paloma del alcohol y la amapola.”
Esta parte donde la autora maneja un bestiario me remite a las creencias prehispánicas donde se dice que cada ser humano tiene un animal tutelar y que tendrá algunas de sus características.
Mujer elefanta.
Monumental, inmensa, su cuerpo principia en la orilla de una ciudad redonda-/ abarca la hierba y el huracán./ Sabía toca la impaciencia/ y la detiene. Su mano templa.

Mujer cebra
Antigua la mano que dibuja en la carne la raya.
Negra.
Atraviesas el ojo y la pestaña como el animal
Que cruza la montaña.
Llegas.
Tu piel dice: Verbo

Mujer jirafa
Mujer giganta me han llamado,
Se entreabre la tierra
Y sus anillos se acomodan en mi cuello,
Mi cuerpo cruza el desierto, el asfalto
Como flecha erguida.

                                     México, D.F., a 24 de febrero de 2013.



"Legajos" de Alina Hernández


Por Jesús Gómez Morán 



Lo primero que me brinca a la vista en esta plaquette titulada Legajos, es el tono de Alina Hernández, quien evidencia haber superado los posibles titubeos a que todo debut puede conducir, probablemente debido al segundo lugar obtenido en el cuarto Torneo “Poesía en el Cuadrilátero”, dándole tablas y una seguridad en la voz. En cuanto a su contenido, considero que un efectivo acercamiento a todo texto literario se puede llevar a cabo haciéndole preguntas a la obra en cuestión. En el caso de esta ópera prima de Alina cabría preguntarse: ¿por qué “legajos”? El término remite en primer lugar a un asunto de índole legal, quizás jurídico. Sin perder de vista esta circunstancia, a continuación voy a hacer exposición de varios elementos que aparecen en estos poemas y tal vez a partir de ellos se pueda despejar la incógnita.


Dos son los aspectos temáticos dominantes en esta plaquette. Uno sería la dimensión de lo citadino. El otro, que se desprende del anterior, se enfoca a dar cuenta de cómo se vive en la ciudad desde una perspectiva femenina. Me explico: al interior de esta ciudad de México la violencia cotidiana es la misma tanto para hombres como para mujeres, pero hay sin duda una variante en cuanto a género se trata, pues a veces se vuelve especialmente agresiva para las mujeres que la habitan: “Los hombres-sonrisas vieron la piel verde de mis párpados y me regalaron una máscara” enuncia el yo poético en “Días felices”. Dentro de dicha temática, éste es apenas un primer nivel de lectura: hay otro que surge a nivel socio-histórico y la condición nacional es susceptible de expresarse (más allá de un estudio antropológico) en estos términos: “me disfrazaba con trajes de bailarina y cantaba con voz prestada por sonrisas extranjeras”, dice en el mismo poema.
Y todavía existe la posibilidad de plantear un tercer nivel, de carácter psicoanalítico, mismo que podría enlazarse con los dos anteriores, a partir del elemento de la máscara, como sucede en el poema “La mirada de los otros”. En este texto, el título hace pensar no sólo en la tesis de que “el infiernos son los otros”, proclamada por Jean Paul Sartre en A puerta cerrada, sino también en el sentido de que disfraz, voces y hoguera son símbolos de algo que va más allá de una mera fragmentación de personalidad. ¿Quién es la víctima de esa violencia de aceptar esquemas provenientes de fuera, que la obligan a gritar “que soy ellos,/ que soy todos,/ menos yo”? ¿La prostituta aludida en “Moneda para el recuerdo”? ¿La historia patria? ¿La ciudad misma? Me parece que en los tres casos es procedente una respuesta afirmativa.
En suma, mi hipótesis de interpretación se sustenta en decir que estos Legajos conforman una denuncia poética dirigida a los tres aspectos de una realidad enmascarada a chaleco, por más cotidiana que parezca. Y a veces, de tan honda que quiere brotar dicha querella, parece que no alcanza a materializarse: “Yo quería nombrar un árbol,/ sin embargo se ha secado/ en el transcurso de mis labios”. Sin embargo al mismo tiempo hay una voz que se alza con el arrojo suficiente para presentar una línea que fractura este sistema opresivo, una respuesta posible a ese estado de alienación: por más que detrás haya una mirada amenazante, el lúbrico momento de cuerpos y fluidos interpenetrándose referido en “Canción de Mirra” constituye un tiempo y un espacio que opone resistencia a esa realidad enmascarada, nos dice la voz poética, así sea a través del fugaz vaivén del coito, descrito como “una canción de cuna aprisionada entre mis muslos”.
Escritura estremecedora no sólo por sus temas, sino por la apertura enunciativa de su autora, estos Legajos refrendan pues el inmemorial compromiso inherente al ejercicio poético: el de llamar a las cosas por su nombre.

martes, 10 de julio de 2012

El zombi, o la trascendencia del arquetipo masculino a principio del siglo XXI

Por Andrés Cisneros de la Cruz
Óscar Escoffié presentó el libro de Mendoza. 

¿Qué son los modelos de existencia, sino trajes, máscaras, figuras preparadas para echar a andar y apoderarse de quien les invoque? ¿Qué son los ídolos, los rockstars, las figuras de lucha, de la resistencia, o los llanos líderes del mundo, sino pautas para que la juventud, o la sociedad rasa, los emule.Un zombi, según Wikipedia, (en ocasiones escrito erróneamente con la grafía inglesa zombie), es, originalmente, una figura legendaria propia de las regiones donde se practica el culto vudú. Se trataría de un muerto resucitado por medios mágicos por un hechicero para convertirlo en su esclavo. Por extensión, ha pasado a la literatura fantástica como sinónimo de muerto viviente y al lenguaje común para designar en sentido figurado a quien hace las cosas mecánicamente como si estuviera privado de voluntad. A partir de que el término está emparentado con kikongo nzambi, que significa dios, podemos asumir también al zombi, como el esclavo de dios.


Juan Mendoza durante la presentación en el FCE 2012.

En el primer cuento de Anoche caminé con un zombi, Juan Mendoza, nos anuncia, y enreda, en un viaje que realizará, en vez de la mano de Virgilio, del mano de El Ratón y el Ray, por los inframundos de la inconciencia etílica por la cual pasa todo hombre en busca de su Beatriz (o mexicanamente, su Frida), siguiendo la dulce vida de Dante. Historia humanista, que en plena decadencia posmodernista sigue persiguiendo a sus biznietos, en séptimo grado, ilegítimos familiar que sobreviven en este México que tal vez tengan poco que ver con ese viaje universal. O quizá todo, depende en qué parte del viaje se encuentre el zombi, en busca de su ser.


La muerte del padre, como una tragedia que libera es con lo que da inicio a la historia, y lanza pies por delante, a nuestro antihéroe, que renuncia súbitamente a su trabajo, mandando al carajo a su jefe y todo lo que le rodea, para así, buscar en el más allá, a su padre, que ha atravesado ya, el río de la mano de un Caronte bigotón como Zapata.


Estephani Granda contextualizó el trabajo editorial 

¿No es el mundo una especie de guardarropa donde dos ojos sin cuerpo, como en la clásica serie de Pacman, van y se calzan un traje fantasma, que les da presencia, que no identidad, para luego ser tragados por el señor pastilla, el radiante devorador? ¿No es esta la historia con la cual creció la generación X, repetida en múltiples medios, fueran musicales o televisivos?La cultura, ejercida a través de caricaturas, noticieros y una parafernálica saga de juglares rocanroleros, en los años 80-90, fue una etapa crucial para determinar el modelo posmoderno de hombre que se “necesitaba” para el desarrollo sustentable, y equilibrado, del futuro, y por supuesto, ceñido de acuerdo a los criterios cósmicos de las mesas redondas de dichos cantores. La percepción posmoderna del zombi, monstruo de la época, que ha pasado de ser terrorífico a ser inofensivo, incluso  domesticable, y más útil que un perro. Basta recordar tres películas (entre una infinidad de ellas) para  tener una idea de esto; la legendaria de Peter Jackson, Tú abuela se comió mi perro; una comedia zombi de reciente producción: Fido, en español, Mi mascota es un zombi, y la clásica Caminé con un zombiI walked whit a zombie, de 1943, dirigida por Jacques Tourneur.

Andrés Cisneros leyó este texto en el evento. 

El zombi se ha vuelto más que un eje de afección, un ícono satanizado que, en el marco de la expiación de culpa de la época y se asume como parte integral de la sociedad; el no-vivo, el ente sujeto a su “necesidad” de “tomar” de otros “las ideas” que lo compondrán y lo mantendrán vivo, que es una forma de decir, lo mantendrán dentro del círculo de necesidades planteadas para “vivir” (que no existir) en la vida contemporánea, se vuelve equiparable a un ciudadano estándar.De allí que los requerimientos sociales para ser “económicamente respetable”, son las determinantes, condicionantes generales para nutrir al “vivo-no-vivo” de estímulos que lo hagan sentir solo-vivo. Anoche caminé con un zombi, de Mendoza, es la crisis de una serie de hombres acercándose peligrosamente a los cuarenta, con todo el peso de estas condicionantes. En el umbral de renunciar a su yo incipiente, o de aventurarse y asumir el rol predeterminado por la sociedad. Son todos estos hombres, sintetizados, y transformándose en un fantasma, que al final, al igual que godot o el padre muerto, dejarán esperando a Ella, sola. Igual que ellos esperaron como Osqui, la llegada de lo ido, y aquí un fragmento del diálogo en el cuento Sometime always: p. 66. La fundación del arquetipo masculino de México, a través de los escritores nacionalistas del siglo XIX, entre el ellos Ignacio Manuel Altamirano, con el Zarco, es la figura de un hombre bueno, trabajador, hombre de casa, en contraposición de la figura masculina estadounidense, que es la de un sicario, avisado en imponerse sobre todos, solitario, pero repartidor de la justicia, curiosamente, en vez de polarizarse; ambas figuras se fusionan en el mexicano; y esto a través, no solamente, pero sí principalmente, a través de la música.

Adriana Tafoya, Juan Mendoza, Óscar Escoffié, Andrés Cisneros de la Cruz. 

Ya Tin Tan es una mezcla que figura un pachuco, gandalla, pero gracioso; abusón, pero mártir. Familiar, pero solitario. De igual modo nuestra historia como hombres en los 80 y 90 no es muy distinta, y educados con rolas de Joy Division, The Cure, Bowie, Zappa, etcétera, son las educadoras, y al mismo tiempo formadoras de los ídolos que contextualizan la juventud; con la variable de que la realidad norteamericana, no tiene tanto que ver con la juventud mexicana. ¿En qué deriva este desfase, esta traspolación, esta desencajada situación de sociedad impuesta, y sociedad superviviente? Lo que nos lleva a la pregunta: ¿Quién es el zombi?, pregunta que puede ser medular en el libro que nos entrega Juan Mendoza, ¿quién es el zombi? El cuate que ante la muerte de su padre, se libera; el que abandona en un hotel a la mujer feminista que cumple la venganza de todas las mujeres de todas las épocas escupiéndole su propio semen en la boca. El que sigue al pie de la letra el dicho de todo hoyo es trinchera; el performancero involuntario (benditos los teporochos!, sería la frase); o el que prefiere sexo con un mouse, antes que con una mujer (sea prostituta circunstancial, sea amiga). ¿Quién es el zombi, la mujer que se queda esperando una serenata con una Fender roja, o el hombre que ve pasar la vida con los audífonos puestos?

El soundtrack del libro, con mariachis, boleros, música de Placebo, Fatboy Slim, Las Ultrasónicas, Frank Zappa, acompañado de personajes que a falta de Piporro han sobrevivido en la boca de un piropo vulgar: El Ray, El Ratón, presionando, viviendo en el cerebro de su amigo, acomodados en un sillón, ¡a todo dar!, cómodos, con un trago en la mano, sea tonaya, sea whisky, sea cerveza, contentos, esperando que la fiesta nunca acabe, porque “la vida son la fiestas”, dice alguno de los personajes de este viaje zombi. Y entre tanta soledad, la música, y un deseo de desafanarse de tanto mundo lejano. Renunciar, por qué no, a tanta chatarra que suena bien, pero que no llena. Parece que dentro de este sórdido viaje, el zombi, sea quien sea, intenta regresar a la vida, arrancarse la mueca de hambre del rostro, la necesidad de réplica.Y se asume parte de un mundo en donde es él el resultado natural de todo lo que más odia. Misógino, vulgar, desolado. Más que cínico, desfachatado, se enfrenta a un asunto más grave; nota que algo no cuadra en la narrativa de esta vida. Por eso Juan Mendoza, hace de sus personajes, entes rendidos; derrotados por su entorno. Hombres que nunca brillarán en sociedad, y que por eso, pueden ser otros. Pareciera que el autor de Anoche caminé con un zombi, nos dejara claro en ese título, que eso pasó ayer, un noche atrás, aunque la noche siempre sea joven.

Y que alguna vez caminó entre los muertos. Y que por eso, decidió un día cortarse las venas, como se cortan los tendones que unen al títere con su titiritero. Y eso es la más culero, apunta el autor en uno de los títulos del libro, cuando descubre el radical absurdo en el que vive un hombre en México a principios del Siglo XXI, cuando manifiesta su pensamiento en su carta suicida, que, cito, la p. 54: ¿A quién esperas tú? ¿Te has preguntado si eres un zombi? Si estás esperando que esté texto sea un test para resolverte la duda de si eres un zombi o no, entonces, indudablemente eres un zombi. Si eres un zombi, te recomiendo abiertamente que leas este cuentario, que te ayudará a mirar en otros, el paso al que nos ponen a bailar en la vida. Si hace tiempo que dejaste de ser zombi, igual te lo recomiendo, pues pasarás muy buenas jornadas de risa y acidez, recordando esos tiempos, que ahora parecen ajenos, distantes, como una película vieja, en al que alguna vez participaste.Un reconocimiento a Juan Mendoza, por compartir este viaje al centro del infierno que habita en el corazón de cualquier mexicano. Felicidades.   

lunes, 21 de mayo de 2012

A/salto de río, de Raúl Renán


Por Saúl Ordóñez

Conocí la poesía de Raúl Renán en Rostros de ese reino (2007), publicado también por VersodestrierrO, en coedición con la Organización Editorial Nuevo Siglo, con el apoyo del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes; un libro maravilloso, no solamente por los poemas de Renán, también por los dibujos de Kristin y, especialmente, por las imágenes del Fondo cristológico de estampas grabadas y litografías “Los Venados”; y que, me parece, guarda una estrecha relación con A/salto de río (Agonía del salmón), que hoy nos ocupa, según explicaré más adelante.
Primero, hablemos del salmón. El género Salmo comprende varias especies de peces marinos y de agua dulce de la familia de los salmónidos. Algunas de las especies de este género son anádromas, es decir, nacen en agua dulce, migran al océano y vuelven al agua dulce para procrear. Se les atribuye la capacidad de volver al mismo sitio donde nacieron para reproducirse, y los estudios recientes muestran que al menos un 90% de los salmones que remontan una corriente nacieron en ella. No se sabe cómo se orientan. (Wikipedia, 2012)
Este hecho extraordinario y misterioso, que los salmones vuelvan al sitio donde nacieron para reproducirse y después morir, ha atrapado fuertemente la mente de los hombres. Por ejemplo, el inglés Ted Hughes (1999) les dedica varios de sus Poemas de animales; cito fragmentos de dos de ellos:

Salmón en agosto

(…)
En una bodega de raíces de fresno, solo,
el novio yace herido de muerte
por el amor y el destino.
Sus rasgos se deforman por culpa de la espera.
Su belleza sangra de manera invisible
por cada una de sus agallas.
Traga saliva con torpeza por culpa de sus pesadas vestiduras,
pero su mirada permanece embelesada,
mastodóntica, ártica.
Es un dios venido a la Tierra por primera vez,
lleva en el cuerpo el reloj del amor y la muerte.
(…)
No hay quien lo conozca con ese color morado.
No puede aguantarse y se cae otra vez.
Intenta librarse del cráneo remachado
y de su macabra envoltura.
                                               Pero se hunde en el lecho
de su celda matrimonial. Queda en coma
y espera a morir ejecutado
en la falda de la novia.

Salmón en octubre

Yace apenas protegido por un metro escaso de agua,
dos pies por debajo del pobre resguardo de un roble diminuto,
una zarza lo cubre a medias.
Descansa después de dos mil millas,
respira en ese chapoteo de agua indulgente,
en su charco funerario.
Pesa unas seis libras,
tiene cuatro años a lo sumo, sólo ha pasado un invierno en el mar
pero ya es todo un veterano,
ya es un héroe tocado de muerte. ¡Qué súbito fin!
¡Qué deprisa ha pasado por este museo de cosas prodigiosas!
El hermoso vestido de tierra donde estaban bordados los meses de ternura,
y que era la túnica salvavidas de su esposa,
ahora está gastado por culpa del ansia y las prisas de ella
y flota en la corriente como un pañuelo deshilachado.
(…)
La muerte ya lo ha amortajado
con su uniforme de payaso, sus placas y condecoraciones.
Así señala que su servicio ha terminado.
Su cara es una máscara macabra, un dinosaurio de senilidad, y su cuerpo
es una anémona fungoide y ulcerosa.
(…)
¡Qué cambio! ¡De aquel pacto de luz polar
a esta mortaja en el arroyo!
¡Qué muerte en vida, ser el espectro de uno mismo!
¡Que tu cuerpo se convierta en títere de la muerte!
La muerte le ha puesto sus trapos y sus burdas pinturas.
Él mismo se atormenta en su vigilia expectante
y sufre la sumisión, la torpeza
y la humillación de su papel.
(…)
Pero siempre lo supo. Estaba escrito en el huevo.
Esta cámara de los horrores es también su hogar.
Tal vez lo incubaron en esta misma charca.
Y ésta fue su única madre (…)
Y todo esto también está bordado en la riqueza ruinosa,
en el porte heroico
que lo mantiene tranquilo a pesar de las heridas, tan leal a su destino,
tan paciente en la maquinaria del paraíso.
Ted Hughes fue antropólogo de formación y era versado en mitología, especialmente de los pueblos de Norteamérica, para quienes algunos animales son tótems, es decir, representan a grupos humanos con quienes, se supone, están emparentados, y a fuerzas de la naturaleza. Pero no es necesario saber esto para darnos cuenta, al leer estos poemas, de que Hughes no sólo describe en ellos a los animales, de quienes fue un gran observador toda su vida, sino que también los utiliza como metáforas, como símbolos, a la manera de los bestiarios medievales, del gran drama de la vida.
Raúl Renán también recurre al salmón en A/salto de río por su valor metafórico. El salmón es un Ulises que regresa a casa a morir. Representa a todos los que vuelven al origen, bajo el mandato de un dios, para encontrar su final, pero también para pagarle un último tributo a la vida, para forjar un nuevo eslabón en la cadena, dar a luz una última rosa sangrienta o terminar en una sartén para ser devorados.
Bajo el mandato de un Dios, arriban a los brazos de una “diosa de agua”, Deméter-Perséfone, madre, hermana y amante, señora que da la vida y da la muerte, virgen, la Doncella de los misterios de Eleusis y la Guadalupe Tonantzin.
Formalmente, la característica que más resalta de A/salto de río, es que está escrito para ser leído de abajo hacia arriba; así, es una gran figura retórica que representa el nado, el salto del salmón corriente arriba; pero, también, desnaturaliza el lenguaje, al romper la convención, muestra su carácter convencional, de entrada, exige un esfuerzo mayor en la lectura. Pero no es lo único, los versos son breves, hay muchos monosilábicos, y se nadan, se leen a saltos, como los salmones. Aquí y allá, irrumpen onomatopeyas, que forman por completo el último fragmento, el XXXV. Todo esto emparenta al poema con la Poesía del Lenguaje, porque, ni duda cabe, el gran protagonista de la poesía de Renán es el lenguaje, la palabra, el Verbo de Rostros de ese reino.
Los poemas de Rostros de ese reino, a pesar de leerse de arriba hacia abajo, ascienden, son la subida al Calvario y la ascensión del alma a los brazos de su Creador. A/salto de río, a pesar de leerse de abajo hacia arriba, desciende, es el viaje al huevo y a la tumba. Los dos libros juntos, son un doble movimiento de anábasis y catábasis. El fragmento XXXIV de A/salto de río, compuesto de verbos en presente, responde al último fragmento de Verbo Pancreator, poema de Rostros de ese reino, compuesto de verbos en infinitivo. El sujeto deviene ser y el espíritu encarna.
Raúl Renán es un poeta, a través de su magia verbal, coparticipa en la Creación. Vicente Huidobro fue el iniciador del Creacionismo, una vanguardia que afirma que “el poeta es un pequeño dios”. Huidobro escribió Altazor, que también es un viaje, un viaje en paracaídas, o, mejor, parasubidas, donde el lenguaje es destruido y recreado. Altazor arriba al canto VII, a un más allá del lenguaje, a palabras de un más allá como fantasmas de estrellas extinguidas pero que aún son visibles en el cielo nocturno. El salmón de Renán arriba al fragmento XXV, a un más acá del lenguaje, a onomatopeyas como fetos de palabras.
La poesía de Raúl Renán no es fácil, hay que ser un lector atento para aprehender sus sutilezas semánticas, sintácticas, fonéticas; pero no es una poesía inaccesible, en ella hay algo con lo que todos podemos relacionarnos. Renán es un poeta capaz de abordar los grandes temas, y hacerlo siempre con un espíritu experimental, su gran amor es la palabra, que es la materia de la poesía.

El ojo enfermo que te mira cuando duermes


Sobre Neurálgica de Daniel Carpinteyro

Por Andres Cardo

El discurso posmoderno tiene como señal de podredumbre, o dicho técnicamente, como vestigio de su decadencia, un halo que se eleva en último grito: una llamarada azul que expele el aroma funesto de que, el tanque está por acabarse. Expira. Está en su último límite el alcance del hallazgo Humano, de que todo (y cada cosa) deviene, se deconstruye, se funde en lo que no es, al momento de rozar con su Ser cada partícula del Caos que le redea.
Este aroma intenso y penetrante es el que otorga al lector, Neurálgica, de Daniel Carpinteyro. Libro adensado por un lenguaje que se acomda sobre tecnisismos biológicos, lingüísticos o neuronales. Adjetivación advervial que guarda en su sonoridad cincelante, la desesperación hermética, del encierro, y también la coraza emocional del vapuleado, y cito un par de versos: "la experiencia del dolor se recombina (...) tierna metástesis / balsámica lamprea /musa simbiótica que nos abstergue de prescindible y de lo vacuo".
De qué busca protegerse nuestro poeta, campeador de la Bestia, ¿de qué extraño mal?, ¿del tempestuoso mundo oleginoso del deseo: El Miedo, o de la espectral silueta del caos que viene a tocar cada uno de nuestros poros para absorver nuestra "escencia" y ponerla al servicio de todo lo que es, de todo lo que hay?
Ella, la ciberética, la lumínica ciudad de espejos rupestres, de dagas cortantes a manera de rostros, de gestos a manera de balas. Avanza hacia nosotros. La Sesgante. La que vive palpitando en cada uno de los corazones que la alimentan, ciegos, !oh, valerosos!, imaginando que alimentan su propia llama, su poropia cargada arma de fuego.
La Señora Latex, la de Cicnco Picos y una boca de Pelo. La Manuela, aporreada por sus congéneres, mismos que un día le dieron luz verde para que creciera y con sus palabras la alimentaron. Ciudad de hombre (diría James Brown) que cabe en una mano, el Hipermundo al cual hemos confiado el sueño y las contraseñas para activar las alertas de Invasión.
Poética cuasi apocalíptica, esta Neurálgica, y por ende, apetecente de los mares. Todo hombre que busca hundirse en la cara desfigurada de lo desconocido, es porque desea que su corazón sea el mar. Su rebuscada lengua de olas, su trepidante agonía de profunda oscuridad amniótica.
Por eso, mejor volver a la fragmentación, al estado natural de la astilla, al vaso roto, premeditadamente, idéntico a una regresión al mundo unicelular de los caldos primigenios de la materia terreste. Así que Capinteyro, decide mejor ponerse "un citurón de dinamita, para evicerar a nervio vivo al Yo demesticable". ¿Hablamos del no-ser?, ¿del vacío?, ¿de la materia?
Qué es el vacío sino la materia invisble, la oscura melasa que respiramos y nos mueve, y a la cual modeamos a imagen y semejanza del recuerdo. Después de todo, todo lo que olvidado está, todo lo que olvidado fue, cabe secreto en la curva intangible de una letra: de un sonido.
¿Contra qué lucha el poeta, entonces? ¿Lucha para ocluir las yugulares de los machos alfa?, ¿sólo para estallar? Apuntar al rojo, dirían los astrofísicos. Permitir que el universo se continúe expandiendo para acelerar su detención, su irremediable colisión implosiva. ¿Radiar? ¿Romper la velocidad del tiempo? ¿Atravesar con un dedo, con al punta de un lápiz (óptico, por supuesto) el nebuloso abismo de la luz?
¿Qué busca el poeta, para qué luchar? Quién o quiénes de todos los entes que le componen, quién de todas sus partículas, quiénes, lo venerarán como Arquitecto de sí mismo?, cuando Capinteyro nos dice: "ya no envidio los grilletes. Yo te sirvo cuando me venero soberano / cuando me proclamo mi único arquitecto / cuando escupo en su tabla de leyes / porque mi Ley, tu ley, es impulso primigenio", es porque asume ser una figura conciente del fractal infinito del logos, pero también su cáncer. Un hijo del Pavor, un benemérito hijo del purulencia: hermano de la sarna, preparado siempre para recibir la estocada del Toro, el lenguetazo salitroso de una luna fuerte, poseedora del trofeo que Freud le otorgaba como primigenio a los hombres: el falo argenta.
Para Daniel la poesía es masculina. Para él, el poema debe ser memorizado con sangre, trazado con un bisturí: "usa un escalpelo que se satisfaga con inocentes", versa, y continúa "déjalo secar la maniobra del orgasmo / sin dejar de repetirlo, hasta que se espese en mantra o hasta degradar tu semen a su antimateria".
Hay el amor-odio necesario en su escritura como para pegar dos edificios altísimos conformados de puro acero. Como para pegarlos en un poema, y volverlos un bolido destructivo, cargado del encabronado enamoramiento de los hombres cuando desean algo y su padre el Mundo, los aleja, lo reprime, los sustrae de su Madre, la Realidad. El hijo héroe, el destructor hijo vengativo edípico prepara su arsenal de juventud ciclónica, para derrumbarlo, para vencerlo y erigirse alveólo, cuadro de diálogo sobre una montaña, al amanecer, al anochecer.
El estoico hedonista, sigue de cerca la teoría de la física cuántica, y no permite, o sabe al menos, que nadie podrá tocarlo. Se mantiene frío, aisaldo del tacto, y su placer radica en el revoltijo que logra crear su idea, su fusión de mente con movimiento, de trayectoria con beso, de beso con muerte, de muerte con deseo, de deseo con ansia, de ansia. De temblor por no acceder a Nada, por mantenerse al margen de sí, del dialéctico castigo del existente que no asume nunca que el Caos habrá de tocarle, sí, que Ella habrá de retirarse del cuerpo la armadura infecta del Tiempo Universal para mostrarse tal cual es, y así fundirlo, envolverlo, penetrarlo por cada uno de los poros, para hacerlo desaparecer.
El estoico hedonista da click, da click. Da cliclk. Mira. Es un voyeur, un infiltrado en las antenas satelitales del gran Ojo. Y desde ahí, mira igual que mira el gran Ojo, sin él mismo llegar a serlo. Sin serlo. Y aquí cito un par de versos de su poema Oda: "Artistas  como reses en el rastro / artístas como hígados / yo me detengo ante el umbral / de su dolor incognosible / les veo abstraer esas neurgalgias / con serenidad tan grácil que me siento vivo / en su muerte yo me siento vivo / con viva urgencia de empinarme ante la muerte", y versos abajo: "Marchan las botas industriales del futuro Canon: el Mester de Tanatología".
Una balada para la destrucción, "un aullido de cisne", escribió Papasquiaro. Un lamento como un suspiro profundo e inaudible como un quejido, una llanto lluvioso e intenso por la modernidad, por el humanismo que se arrastra en unas escaleras, abismo abajo, para cubrirse con el pesado manto de cuatro carretillas de tierra.
Cantar la muerte como la vida, es tal vez, una de las formas más eróticas de estos tiempos de procrear la especie. No tengas hijos, adopta un perro, adopta un niño, adopta a un hombre solo para que desconosca que Nadie lo quizo, y lo tatuó con el soplo de su exitencia.
Un hombre de caza, listo para devorar al distraído que sale a correr por la manñana. Devorarlo de un sólo golpe, y guardarlo en su bolsa de cuero, para que acompañe a su testículo huérfano. Igual que un tumor. Quizá el mismo que produce esas terribles migrañas al slair la estrella luciferina. Ese tumor que la Modernidad no sabe dictaminar como enfermedad, o como cura. "Quién me emascula con el caliz roto? ¿Quién me pone al fuego las navajas / y las templa dentro de mi escroto?", pregunta el poeta, y él mismo que dice: "repto todo lo que tenga que reptar / por la espesura de los miasmas / hata el umbral. Solo. Siempre Solo".
En cierto sentido, la poética de Carpinteyro, más allá de rifarse un round con la epistemología, es decir, aventarse la bronca de pensar si realmente todo lo que conoce permanece en sí mismo, o si todo lo que conoce es sólo la emulación de lo que le rodea, es un luchador que guarda su mejor batalla en la intensión, en la voluntad de ponerse a prueba; de dudar de sí, y aunque, con cierta arrogancia asume que controlarse a sí es controlar a los demás, deja la puerta abierta para que el viento de la duda razonable le reordene la ideas. A la duda material, y cito: "Creo que partimos de intuir los propios ciclos en que se fragmenta el ciclo mayor: el de la carne. Los ciclos menores corresponden a la mente y las recámaras de la memoria donde organizamos los enseres del pasado, esas pocas experiencias de entre muchas, esos raros arañazos que nos flagelan más allá de la epidermis, esas heridas son las huellas de experiencia, ortodoxa profesora de tan dura mano que fustiga la lección de la supervivencia".
Sobrevivir puede ser un deseo peligroso, como cualquier deseo. Más en un país donde la supervivencia, la disputa por una morona, incluso, es un verdadero campo de batalla que se arma holográficamente en cada esquina, en cada Oxxo; en el aula, en la calle, en el camión y por principio, en la mesa de la casa.
Neurálgica, producto del tumor de la poesía, sea benigno, sea maligno, es un conjunto de poemas que cumple con la redondez del odio. Y que de algún modo guarda una extraña conexión con su geografía, pues tiene ese halo homicida que también plasma su coetáneo de espacio, Víctor Garía Vázquez, que aunque no es poblano, sí radica en Puebla desdee hace un tiempo, y con el cual coincide en la declinación intensional de estos versos: "La poesía es lo que supura del catéter en el pecho de un infante con leucemia; Líquido amarillo rebosante de significado y agonía. / Hay que decir que la poesía destruye relaciones amorosas y enemista a hijos con sus padres / y a los padres con los padres de sus padres. Una noche se levantan escopeta en mano para no dejar niño ni anciano con cabeza. Perpetrada la matanza toman una servilleta y sentados en un mantel cuadriculado en la cocina la poesía les recompensa con un par de versos malogrados".
Festejo honestamente, que Daniel Carpinteyro no tenga problema alguno con tomar el cuerno de chivo y disparar a quien sea necesario, en estas épocas de guerra, en donde la poesía es un arma violenta y peligrosa. Necesaria sobre todo. Y me gustaría compartir con él, a manera de reflexión (no sin antes darle la bienvenida al intrincado camino de los aspirantes a poeta) igual que una pregunta  estos versos de Norma Bazúa: "El poeta sale del campo para dejar solo al hombre regresivo en su abatimiento / dolerse / desgarrarse / automorder / golpear el muro de su propia oscuridad y convertirse en espumarajo convulsivo / morir a empellones hasta purificarse en la última gota que cae / Impotente, (el poeta) es sólo un puñado de musculos sobre la tierra".