viernes, 9 de julio de 2010

Álvaro Chanona en la Ciudad de México

Isolda Dosamantes, Álvaro Chanona, Fernando Reyes y Delia Cabrera.

Cosmogonías, apuestas

y otros desprendimientos

Por Fernando Reyes

Me gustan los libros a los que se les puede apostar , por eso acepté presentar este poemario, La alforja de los desprendimientos, de Alvaro Baltazar Chanona Yza. Desde el primer momento me sumergí en una especie de cementerio marino.

¡El mar, el mar siempre recomenzado!
¡Qué regalo después de un pensamiento
ver moroso la calma de los dioses!

son algunos de los primeros versos del poema de Paul Valery. Los muertos se hallan bien en esta tierra, dice el poeta postsimbolista en su Cementerio marino. Parafraseando al francés, apuntaría que “los vivos se hallan bien en esta tierra”, del Mayab, la tierra de Chanona Yza, es más bien un sementerio (con S) marino, donde surgen la “semillas urgentes” de la vida, allí nadan “sapos orondos y las salamandras” formando un sacbé que recorre siglos, milenios, y al mismo tiempo, el Sin Tiempo, vaya expresión paradójica. La cosmogonía que propone nuestro poeta tiene sus raíces en las cosmogonías de los libros sagrados Chilam Balam de Chumayel y del Popol Vuh, en tanto su origen maya, aunque no deja de aludir a elementos universales, modernos e incluso menciona culturas como las de Persia, Líbano, Singapur, Palestina, Kabah; ya como símbolos de choque y más aún de intención ecléctica; al menos así fue mi lectura. En esta primera parte aparecen constantemente referencias como: “mesiánica de nórdicos, esturiones del Carpio, el hito feudal”, etc. En “Del Caribe esta Cosmogonía” –la primera parte de este poemario- recorren palabra e imagen hermanados el espacio y el tiempo, anfibiamente del mar a la tierra, lombrices y estrellas polares, arenques lo mismo que albatros, siglos de cultura, de sagrado tiempo, dividido en katunes, o en días e instantes poéticos.

El trópico de Chanona es distinto al de los de Chilam, al de Carlos Pellicer, al de Antonio Mediz Bolio. El de nuestro poeta es un trópico cosmogónico pletórico de dioses: “dios de la muerte, dios de la luna, diosa del parto, dios del fuego”, mixturado con “el señor de los cielos”, “sacerdotes ancianos”, “hijos de Ixtabay”, “dioses y guerreros”. Predominantemente maya, como lo muestran tantos elementos: serpiente emplumada, ceibas, quetzales, ocelotes, cenotes, jades, salamandras, tortugas de carey, venados y otros elementos de flora y fauna únicas de la región y de belleza lingüística: “chinchorros, ciricotes, chechem, coatí, nauyaca, urubúes y alcaravanes”. En el Caribe de Chanona se encuentran y desencuentran los tiempos y los espacios, presente y pasado, el origen de todo y la eternidad, el cielo y la tierra, la selva y la quinta avenida de Playa del Carmen con sus “vendedores de artesanía y fertilizantes”, por ello una quinteta como la que sigue adquiere un cabal sentido:

Gasta tu vientre

el mal humor de las propelas

hiere tu sangre de nobles prehispánicos el acero sucio

de las pangas

y los petroleros.


Isolda Dosamantes y Fernando Reyes, durante la presentación.


Así, estos poemas rebozan en antilogias y antítesis como ”abrevadero cósmico de lombrices de tierra”, “El cadáver ahogado de la estrella polar”, o “la violenta sonrisa de sus fauces”. Aquí los cuervos son marinos (cormoranes) y las “mariposas de agua”. La colorida y constante adjetivación resalta el tema del trópico y el moderado uso de acciones verbales semeja un tiempo detenido en su eternidad, donde descansa flojo el tiempo viendo pasarse a sí mismo:

La ingrávida oquedad de los huesos de fibra de carbono

repararán en tus astilleros sin cornisas las corbetas

los ganchos de triste hierro

en que felices colgarán los aluxes las hamacas

para el descanso de las aves canoras y transparentes.

Esta primera parte se divide a su vez en diez secciones, cada una independiente, cada una de gozosa lectura. Lo mismo puedo decir del libro en en su conjunto. La segunda parte, dividida en dos, es la que le da título al libro “La alforja dedesprendimientos” idóneamente cobijada con la ilustración de Felipe Gaytán. La tercera parte –dividida en ocho- se intitula “Los sueños hirsutos de un navegante” y la última sección se llama “Entre el erial y el río”. La poesía resta en su explicación y suma en su lectura. Hasta aquí la interpretación de un lector, un apostador más. Delicioso póker de propuestas y apuestas poéticas. Mi as es la Cosmogonía caribeña. Ustedes vayan por todo. No paguen por ver, paguen por sentir y disfrutar estas palabras que hoy nos llueven desde la tierra del faisán y del venado, desde esta noche, del saraguato y del coatí.




Breve reseña crítica

Por Delia Cabrera


En la primera lectura nos impresiona el manejo del lenguaje florido, exhaustivo , que nos recuerda otros grandes escritores del trópico, un poco lejanos: Carpentier en la prosa. Saint John Perse en sus largos versos y más cercanos : un Pellicer pero inundado de amargo. Un Bañuelos en la crítica social.

En una lectura mas minuciosa llama la atención el desarrollo del libro que esta dividido en cuatro segmentos con un carácter muy propio cada uno de ellos, por lo que hablaré de ellos por separado.

PRIMER SEGMENTO: DEL CARIBE ESTA COSMOGONÍA

Álvaro Chanona Iza, empieza su libro enunciando su intención, llegar a los orígenes: Cosmogonía del Caribe es un poema de fundación, de búsqueda de identidad

Es así como con vitalidad exuberante exalta una realidad sensorial barroca muy propia de la región tropical donde nace el poeta

Con un rico vocabulario que refleja la majestuosidad de la naturaleza resalta especialmente lo mórbido de los elementos hasta llegar a una decadencia o destrucción del mismo elemento vital que esta exaltando.

Una especie de impotencia corrosiva muerde cada verso, cada palabra parece preñada de furia, que no estalla que se desliza suavemente con versos de ritmo largo que súbitamente corta con versos de una palabra muchas veces aguda.

Aquí se desarrolla una identificación del poeta con la naturaleza que va impregnar la estética de todo el actual poemario.

SEGUNDO SEGMENTO: LA ALFORJA DE LOS DESPRENDIMIENTOS

Esta serie de once poemas es un enfrentamiento consigo mismo a fin de descubrir el fondo descarnado de la debilidad humana que todos padecemos y que es a la vez la fuerza generatriz de estos poemas.

Cuarenta y cuatro años de rabias y reumas como “estallidos de fósforos mojados” en un monólogo que va sacando de “una bolsa de celofán arrugada” frágil y transparente como el hilo que va desprendiendo de su propio cuerpo, de sus vísceras, en un ritmo más severo y rápido que crece en metáforas duras cargadas de bilis para hablar de los hombres y de la sociedad que hemos fabricado “con el barro viscoso de la injusticia” y que habitamos como “migajas de luz sobre las heladas canteras” .

Estas páginas escarban la herida y duelen como “una astilla de aluminio en la carne” o como un “vertiginoso brebaje de dagas y cristales rotos”

LA TERCERA PARTE BAJO EL AUSPICIO DE ÀLVARO MUTIS Y EL GAVIERO :

LOS SUEÑOS HIRSUTOS DE UN NAVEGANTE

Este homenaje al Gaviero es un torrente que fluye intensamente, con la cadencia de las olas de los ríos de tierra adentro, con la cadencia de los salmos de los hombres que caminan sobre las aguas. con el miedo en la garganta

Son ocho poemas de un vocabulario muy cuidado y exacto, sin desmesuras, con el cuidado del grumete dando brillo a los aparejos del trabajo, pero también con ( cito yo también con exactitud) “este par de cansados brazos

para contener toda la rabia del hombre que no he podido ser

la aguardentosa voz del osado cirujano y teniente

que entre los oficiales de cubierta aparenta reír

para ser tomado en cuenta “

Sarcasmo que Álvaro quiere callar con prozac y anfetaminas para no decir más que el silencio de las cenizas.

.

Cito a Petrarca en labios de Mutis “un bel morir tutta la vita onora”

EL CUARTO SEGMENTO CON UNA CITA DE UN BORGES MAS FILÓSOFO QUE POETA

lleva como título: ENTRE EL ERIAL Y EL RÍO

Siete poemas más sobrios un tanto filosóficos, como un testimonio del naufragio, un espejo de papel que refleja cicatrices ocultas.

Me recuerda los pequeños estandartes de papel de arroz que incineran los fieles chinos en grandes braseros a las puertas de sus templos, para que el humo suba como plegarias hasta la altura de sus dioses. Como en una resurrección el poeta recobra los sentidos: un néctar amargo resbala por sus labios, “Sabe a licor de arándanos el viento” “huelo a caña pisoteada”.

Va dejando atrás una tempestad de lamentos biliares y con los puños apretados sigue golpeando el pecho inexpugnable de la vida.

Porque , -Álvaro: el corazón sigue, aunque murmure: ya no puedo, el corazón sigue, porque existen vasos comunicantes ENTRE EL ERIAL Y EL RÍO…

México, DF. a 17 de junio de 2010




Andres Cardo durante su intervención.


Camino de migajas rojas para develar

el futuro posible de los seres

(Reflexiones sobre La alforja de los desprendimientos, de Álvaro Chanona Yza)

Por Andres Cardo

Es la selva una forma de lenguaje natural para el caos; es lo que regularmente el hombre común confunde con Caos, incluso es el caos en sí, si lo vemos desde la óptica Occidental. Los árboles espirales, las caídas confusas de las plantas. Las flores que de noche hablan en una lengua secreta. Toda esta cosmogonía como una vegetación nutrida por el mar. De ahí el título de la primera parte de este segundo libro de Álvaro Chanona, Del Caribe esta cosmogonía, que nos invita a cruzar con la planta del pie sensible al dolor que otorga cada una de la astillas de esta exuberancia selvática y que parecieran atravesar esta concentración de Naturaleza como a la cabeza una bala: igual que un hombre que camina en el túnel que conduce a su mente.

Diez poemas que seguramente Álvaro recupero de algún cajón, de algún pergamino en el cual alguien trazo la figura de los dioses que hace tanto gobernaron en la tierra maya, y formaron el imperio del jade, de la piedra vegetal. Qué alquimia quiere aquí el poeta realizar para convertir el oro en turquesa. Cito: bulliciosos gajos de oro, en el fondo de un mortero de cal se revuelven. Y más adelante, caldo de tronchados espejos, en que rebosan a cada hora verdes moléculas. Cómo convertir a ese dios del sol que gobierna, a la manera de pequeños guerreros blancos, minúsculas las partículas de la sal, en Natura otra vez. Volviéndolo un árbol de agua, contesta Chanona, azul, dendroideo trozo de jungla. Pero pareciera el réptil que convierten en tiempo, una especie de fantasma, o dragón sacrificado para dar vida al invertebrado ocelote.

Es hermoso este reino que no era de nadie, Tulum, que fue construido en un párpado del mar, para que al abrir sus ojos se convirtiera en piedra. Álvaro camina por toda esta península, y recolecta frutos y hermosas aves, para reunir el ejército olvidado que habrá de enfrentar a los lúdicos ejércitos de velas y remos, y asume estas especies de flores son palabras, orquídeas de poetas corcovados y navíos que huyeron para preservar a la Tierra erigida en Ixtabay (espíritu del caos, orden natural de todas las cosas).

Cómo pueden dos soles fundirse en uno solo. No pueden, si uno funde al otro en sí mismo terminará por destruirse. Esta guerra, este tener un balance de mundos es tema difícil para los hombres, para esta tierra conquistada por el León, y donde el Ocelote se ha vuelto una sombra, una pantera que busca regresar al día. Si una revolución termina irremediablemente en Tablas, la victoria de un reino irremediablemente termina en conquista. Y esta historia que deletrea Chanona tiene que ver con las migajas de sangre que dejaron los vencidos para que descubriéramos el corazón incinerado que sembraron en la tierra como si fuese un árbol listo para brotar sólo cuando alguien depositara el agua preparada que lo devolvería a la superficie.

Cito: hiere tu sangre de nobles prehispánicos el acero sucio de las pangas y los petroleros. Hiere el tiempo mismo como un reloj de arena ansioso de sobrevivir al preñar un pozo de agua bendita con sus esporas. Vendimia, usurpación del beso selvático, ocupación de la tierra. La balada cáustica de estos invasores en éxodo es el ruido que envenena la virginidad de un paraíso tropical perdido.

La alforja de los desprendimientos, segunda parte del libro, y verso que da título al libro, son once poemas que devienen en regreso al origen, cuasi apocalíptico. Comienza con la criptografía de los imperios. La historia que tantas veces se ha reconstruido del polvo como un ejercicio de salvación para una humanidad dependiente de sus reyes. Transcribo: y creyendo que era dueño de todo, construí reinos extensos donde reían los hijos prohibidos del mar. Pero la redención del error, la búsqueda incompleta del mensaje tergiversado deriva siempre en ruina, en desolación, en la nueva caída, en el cumplimiento del destino, pues a fin de cuentas, ese mensaje, ese criptograma, ya estaba escrito, con letra primera y punto final; así la boca, el cenote del pensamiento queda, y cito, sin ninguna posibilidad para la reconciliación de los verbos difíciles, que escupen los turbados fantasmas que habitan ahora las sucias comisuras de mi boca.

En La primera piedra, segundo poema de esta sección se erige la primera parte de una nueva genealogía del polvo. El cocimiento del pan duro es parte de retorcimiento particular de una época de un discurso antiguo, y así la reafirmación se vuelve espiral, particularidad del que habla, primera piedra para arrojarla sobre el rostro desfigurado del enemigo, y cito: ya no me duele el aire que respiro, ni la mirada violenta del amigo que traiciona, solo este jazz que se repite como la ruta de un esclavo en círculos concéntricos. Apropiación del propio designio. La condena del lenguaje, la palabra como una espada precisa sembrada en el cerebro de los conquistados. Alforja que guarda los gajos inservibles de los cuales Chanona empieza a desprenderse. Página 26, aparece el poema que da título a este libro. Carga el poeta su cuerpo, su carne, materia que le otorga el pensamiento mismo, y comienza a reinventar su destino para enfrentar, como él escribe, el desasosiego de no saber si seré nada ni nadie algún día en ese cuarto oscuro que llamamos destino.

Regresa al nacimiento, a la madera de una mesa, y a la anarquía atroz, como la belleza, de una concina atestada de crudos fermentos. Y comienza la enumeración de los trazos algebraicos que se suponen habrían de dar sentido a nuestras vidas. Pero ya no, para él la sinagoga, la noria que aplasta al páncreas, los simios que aprenden a cosechar, todo eso se vuelve lenguaje del Iscariote, espalda al fuego con el estallido del fósforo mojado. Dolor de saber la verdad, de ver a los ojos al creador de tanto laberinto, y todo delante de un espejo. Y así, dice el poeta, rompen sus aristas los ácidos de fulgurantes charcos de lluvia en los que no podemos ahogar el rostro desfigurado de tantas preguntas que han de quedarse como todos nosotros sin el alivio que produce la respuesta.

Luego, en A fuego lento aparece la casa, el sitio donde los seres son objetos que no hablan. Composición general del mundo, la sociedad en un grano, la casa, la familia. En Advenimiento, la perfección de este engranaje deja como legado el ocio, pero cómo duelen los clavos de la libertad, escribe el poeta, cómo duele la muerte, amarrada irremisiblemente a nuestro cordón umbilical. Así para contrastar este pesado augurio, Chanona escribe a la piedra brillante, a la nube, al mármol que muda continuamente los murales del cielo. A ella, que saber domar cada una de las palabras que están sobre la mesa. Se limpia de todo el camino, en Itinerario nos dice, nada tengo ahora que no sea este oficio desenfrenadamente terco y solitario que es traducir el alfabeto invertido de la noche. Se obstina ya no descifrar el criptograma, sino en entender su para qué, encontrar el sentido desesperado de la historia y de los seres que fueron molidos para escribirla. Apunta agusanado y boca arriba el cadáver macilento de Dios sobre el que no dejan de pugnar su insigne soberbia los ejércitos negros de gibados e inútiles rabinos. Sí, con las palabras, como cuchillos, Chanona se arranca estos tumores, y se queda sin las pertenencias del mundo aparente y asegura: nada tengo que despertar pueda la avaricia insaciable de los otros. En Una lección dolorosa, los simios, los primates, los humanos aparecen de nueva cuenta, con las piedras en los riñones, o la barba remojándose en el espejo, con el semen seco, la genealogía total de tantas épocas destruidas a través de los nervios de la genética enferma, ya que vuelve irremediablemente, a los nuevos hijos, aún sanos, en inválidos que usa muletas para poder andar. Pero sólo la sublevación de estos será la respuesta a la violencia de lo inmutable, y para poder acertar así el primero de muchos golpes, escribe Chanona en La mirada del fauno, hay que asumirnos parte de la misma deficiencia: cito, No está en nosotros cambiar el curso inexcusable del destino, tampoco en ese Dios enano enfermo de rabia y de ceguera que nos conmina a buscarlo en la inagotable oscuridad en la que reina. Es turbia la verdad, los poetas que marchan a un lado de este dios enano, por eso si pudiéramos romper un poco la rutina, entonces, sólo entonces, dejaríamos de ser ese pretexto inútil sobre el cual no dejan de orinarse los poetas ebrios y vacíos.

Crisálida, es el poema que cierra con broche de seda esta sección. Donde como lo dice el nombre mismo es el umbral de las transformaciones. Arriesga, dice, déjate destruir, no te resistas al paso del mundo natural sobre tu mente y tu cuerpo, ríndete, no te darán la espalda las noches de junio y sus embarcaciones, sumérgete en ti como en un capullo pensante, la brújula del destino siempre señala donde habrá de supurar su cansada enervación: la herida del mundo, el regreso, al vuelta al nacimiento, sí, morimos y nacemos, igual que los primeros navegantes, pero no somos los primeros navegantes, llevamos en nosotros todas sus derrotas, todas la vetas del árbol infinito de sus muertes, y llevamos también la enseñanza necesaria para no repetir su ruta. Eres crisálida, vives en un capullo, nacerás: ten cuidado con lo que sueñas, porque, cito, los sueños son pan caliente para las vísceras hambrientas de la vida. Nunca lo olvides, Eunice. Nunca lo olviden lectores, cuiden lo que sueñan, porque los sueños gobiernan los ejércitos cambiantes de la arena.


Álvaro firmando libros después de la presentación.



lunes, 14 de junio de 2010

La joya de la juventud eterna o de cómo Peter se volvió pirata


Por Andres Cardo
sobre Bajos Fondos, de Sergio García Díaz

Para hablar de Sergio García Díaz, es obligatorio hablar de Ciudad Nezahualcóyotl, lugar donde las cosas se distinguen entre sí aullando. Pero también, ciudad que como dos enormes tabiques (o tortugas, o leones, aunque en este caso podríamos decir, dos enormes coyotes) carga su nombre: extraña poética hubiese sido para el poeta Nezahualcóyotl esta ciudad, con su canto a la breve estancia, a los hombre-flor, pero no hubiesen cambiado mucho estos versos: “Nadie en jade, nadie en oro se convertirá: en la tierra quedará guardado, todos iremos allá de igual modo. Nadie quedará, conjuntamente habrá que perecer. Nosotros iremos así a su casa”. Así hubiese cantado sobre esa tierra prometida el poeta, sólo para ella, para esta ciudad mujer, ciudad amada a fuerza de ser peinada por la suela de estos coyotes en su cabellera de calles. La buscaron un día, le pidieron hospedaje un día, con el hambre de los recién nacidos, o con la desesperación del que está cansado de tanto vagar, sin encontrar esquina. Llegaron y le dijeron que les hiciera a ellos también un chachito en su vientre árido. Que los apretujara en esa camada viva a fuerza de sed, y a la cual amamantaría con gotas de su sol, con el líquido ambarino de su orina. Por eso cuando estos coyotes beben de la oscuridad de una cerveza, aúllan. Son aulladores profesionales, rapsodas, piratas que construyeron su propio caballo para engañar e infiltrarse en los portones del Eco y darle cuerpo de cal a esta ciudad y llevarla a otros traspatios.

Bajos fondos, es la forma propia que Sergio utiliza para bajar al infierno. Descender como lo hacen sólo los que tienen el valor de volver a tocar, no el fuego, sino el agua, rica en minerales duros como la tierra; a beber, y luego ahogarse sólo para poder volver al clan que espera noticias de este viaje. Pero en nombre de quién hablará Eolo. Sergio se quita el atuendo de anónimo para portar su nuevo nombre (quema las ropas, ofrenda de ceniza) y opta por trazar en los ejes circulares del barrio un triángulo, dibujar en la vorágine de Legión, satánico en el fondo, un perro. Se convierte en ese maldito círculo en llamas, coyote que se avienta al mar todas las noches sólo para dejarnos en paz. Después de todo sabe que pronto tendrá que volver a estar en el lecho de su madre, la misma de todos. Eso lo escuchó en una canción de loto, del trébol que dijo: “meditadlo, señores, águilas y tigres, aunque fuerais de jade, aunque allá iréis, al lugar de los descarnados… tendremos que desaparecer, nadie habrá de quedar”. ¿Tendrá que negar Sergio esas palabras de Nezahualcóyotl como hizo Pedro con Jesús?, ¿y luego erigir en la palabra de piedra una nación de cuadrúpedos, de rectángulos con cola y llanto? (p.14)
Él entiende la tradición, sabe es pura persistencia, no inteligencia y sabiduría, como escribe sobre el Yoyito, congal que se mantiene en activo “hasta el fin de los tiempos”, o en este otro poema, Las Fridas: “es un reto, gana el que tiene más habilidad, y no siempre el que escribe poesía”. Etc. Sergio sabe de lo que habla, y sabe que aquí los piratas lo único que quieren es oro líquido, pirita de agua y tierra que conquistar sólo para volverla cal, unificación con la muerte. Este es un libro Rimbaudbante, donde el poeta ansía poder ver como lo hace el reptil, con un tercer ojo almático, a la Descartes, con el ojo que permite ver debajo del agua, como los peces. Es un extraño ser este que se nos presenta, una especie de alebrije conformado por diversos animales. Conforme he ido leyendo el libro la imagen total se fue conformando. La mezcla es más o menos así: un poco de coyotes, otro tanto de perro, un cerdo pelón, alas de pichón, ojos de pez, un colibrí hecho de pura lengua,
Esta es la historia de los desarraigados, y las notas para que una vez conquistada su tierra, se dediquen a cultivar posibles frutos. Así lo dictan los personajes, que saben del error de clases, de que los de abajo no tienen manos para cargar naranjas, o que les tocó vivir bajo el peso de un país extranjero y poderoso. Por tanto hay que buscar filosofía más afín a esta realidad, buscar menos naranjas, más lluvia, menos oro, más verdad, buscar en ese útero que también cobijó a Lao, sabiduría, conciencia de la condición extraña que nos hace humanos. Sergio García Díaz trae cargando en los hombros a la mujer, como si fuese un alma en pena. Cuánto ama, cuánto desea Sergio tener un pedacito de tierra donde clavar el asta de su bandera blanca. Aquí todo es estado de guerra, ¿contra qué?, contra el círculo vacío donde transitan los deformes payasos de la vida, y la metáfora del río de Heráclito, que aparece en el vaso roto, herido, agrietado, por donde fluye el agua (que ya no has de beber) en el rostro donde es una calle llena de agua (río como las arrugas), en el Siroco que fluye dentro del cuerpo. Teme esa vida fluyente, teme al infinito. Y aunque la Naturaleza es una mosca enorme de cientos de miles de ojos, infinitos círculos, deja a los insectos que cumplan su destino, su irremediable camino hacia la luz que terminará por tostarlos.

Engordan los fantasmas, la mosca crece, zumba, lo quiere despertar de ese sueño circular, él lo dice, la escucha decirle, “abre los ojos”, pero la confunde con la muerte y cae (sube quizá) otra vez en el espiral al trono del sueño. Purgatorio donde vuelve a beber del dorado embriagante, del Orange que le da su abuelo, dentro del sueño, desde la ventana. El cantinero es un párroco que se roba las monedas que Caronte pone en los ojos de los vivos que atraviesan el río de la vida. Recordemos que la Nada es un inventó de un hombre que comprendió de pronto Todo (su interior desbaratado). Pero no es el caso, los humanos sólo alcanzan a ver la punta de sus dedos, y si la vida son los infinitos ojos, todo depende del cristal de la lágrima con qué se mire.

Sergio ya no quema las vestiduras. Ahora, después de entrar en el sol, pareciera quiere volver al mar, sentir la mano de Ella en su cabeza, invistiéndolo no con el nombre de alguna dinastía, sino con la pura certeza de estar vivo y saber quién es cada vez que se vuelve agua. Después de todo Neza no puede ser la misma ciudad que haya construido nadie en ninguna otra época, no debe ser la misma ciudad que nació para volverse sólo piedra o fierro. Puede ser quizá la ciudad que por primera vez aprenda a morir a todos los días y al mismo tiempo amanezca nueva, y así hasta el final de los tiempos no necesite de ningún templo, ni alguna estatúa paro perdurar, esa es la historia que está en manos de los poetas; ¿habrá Sergio de negar las palabras de Nazahualcóyot para volver la palabra piedra o preferirá volverla ósculo vegetal, flor de pétalos, infinita forma que renace una y otra vez en sí misma, pero diferente?

Y aunque el monstruo use máscara para reconocerse, y no soporte la muerte, debe mantenerse vivo, despojarse de esa muerte ficticia que carga en capa o bastón, y decidirse de una vez por todas a caminar con la oscuridad natural del pensamiento. Sergio nos hace recordar entonces, que como una jauría, una parvada o banco de peces, somos muchos, tanto como incontables, somos tantos, pero al final de día, somos uno, dormido, atrapado en sus sueños, listos para volver al otro día a embonar en la música de cada uno de los sonidos de los otros: somos trizas, Sigmund Freud, me dijo el taxista ayer cuando volvía a casa, somos trizas, me dijo y después volvió al denso río, al mismo, que Heráclito hace tantos siglos describió.

viernes, 7 de mayo de 2010

Desde la ciudad de Los Ángeles (Puebla)

Ricardo Cartas durante la disertación.


40 Barcos de Guerra

Por Ricardo Cartas

Antes de iniciar esta presentación quiero leerles un telegrama del TAZ (Temporary Autonomous Zone), una especie de manifesto-telegrama escrito por Hakim Bey cuyo nombre real es Meter Lamborn Wilson:

Concentrarse con un estado inestable de esperanza. Punto. En la edad del encierro, no pensar y el exterior como un lugar, sino como un momento. Punto. Nunca más agotarse en contra del capitalismo. Punto. Preferir lo tangente, los atajos, los banquetes entre amigos. Punto. Intentar abolir el poder. Punto. Valiendo madres. Punto. Gozar de los enclaves y con los enclaves. Punto. Considerar la gracia de los pequeños gestos cotidianos como acto de resistencia. Punto. La liberación es una palabra vana. Punto. La TAZ es un terreno baldío, una noche. Punto. Un bolso de mujer entreabierto. Punto. Dos amantes que susurran y se besan. Punto. Los dedos del relojero sobre un reloj de bolsillo en un cine de barrio. Punto. Saber que todo lo que el estado y el mercadeo no han marchitado todavía, terminarán por marchitarlo. Punto. En el intersticio, la TAZ es posible. Punto. La creación no se repite, es una TAZ. Se repite, es una TAZ. Se repite la producción. Qué fastidio. La TAZ es un lapso que no tiene más referentes que sí mismo. Orgasmo no mercantil, intercambio no mercantil, música no mercantil e imágenes no mercantiles. Punto. Gratuidad del boca a boca, mano a mano, cadenas en los tobillos y zona franca descarada de la coyuntura entre dos huesos. Punto. La TAZ es una respiración, un maravilloso telegrama.1

Las antologías literarias actúan en favor de la discriminación, desde el ojo de los que se sienten con la calidad moral de escoger quién es el que posee el valor poético para aparecer en determinada selección. Los que no aparecen no existen, vivirán al margen de la generación, del grupo, de la mafia, del coto, del libro, de la historia. No son nada. De ahí nace la ya casi natural controversia inmediata después de la publicación. Contienda entre los que sí aparecen contra los que no, diálogo-bombardeo que por lo menos, en México, ya se ha hecho tradicional. Ejemplos hay muchísimos, desde el ómnibus de poesía mexicana, hasta más recientes. Pero lo que se hace realmente no es una antología, sino una selección de autores que bajo criterios de estética en el mejor de los casos, del amo antologador se hace libro, y por qué no, darle entrada a uno que otro cuate, nunca falta.

Y nacen los cánones, nacen las mafias, nacen las generaciones, nacen los grupos, la forma de repartirse las becas, el ninguneo, la “dirección” que debe llevar la poesía en el país. Y el método dio buenos resultados, magníficas muestras de nuestra poesía. Sin embargo, los tiempos y las condiciones de la geografía poética cambian, de tal modo que 40 barcos no puede limitarse a una antología de poesía mexicana: Rusia, España, EU, Ciudad Neza, Ecatepec, Argentina, Marruecos, Venezuela, Tepito, Guadalajara, Oaxaca, Monterrey, Chile, Puebla, Sinaloa, Veracruz, Chicago, Coahuila, Tlaxcala, Michoacán, Cuernavaca, Hidalgo, Andalucía, Monterrey, Texas, Yucatán, Guerrero, Villahermosa, Nicaragua, etc., es increíble la manera en cómo el ámbito poético y la producción ha girado y enriquecido la práctica poética (que se ejerce en el territorio nacional).


Martínez Garcilazo entre el público escucha.

Con la incorporación de las prácticas de lo autogestivo, de lo alternativo, la poesía se ha convertido además de una actividad artística (la de más alta espiritualidad) también en una forma de resistencia, en una actividad cotidiana que hace frente a las múltiples formas de poder. La voz poética que vive en las marginalidades se redimensiona, adquiere un valor extraordinario que resuena en las mentes lúcidas de los lectores (también poetas). Resistir poéticamente, es una forma de vida llena de nobleza, de honestidad, de valentía civil, valores que prácticamente están en extinción.

La aparición de 40 barcos de guerra es un acontecimiento; su naturaleza es un parte aguas en la literatura mexicana, una forma de reinventar la convivencia entre la hermandad de poetas. La imagen del amo antologador desaparece, desaparece el dedo inquisidor que señala y restringe. Con esta acción el poder omnipresente se diluye, se reparte entre todos los editores de cada uno de los barcos.

Me encanta la idea que muchos poetas se puedan unir en una guerra poética contra lo establecido, que recurran al vejo slogan punk: hazlo tú mismo, y que peleen por difundir su forma de ver el mundo, de pelear por un lector que es cómplice de la resistencia, lector que se arriesga a leer otros mundos, poéticas que jamás serán leídas en Letras Libres. Son poéticas que no pueden ser plasmadas en el papel de la corrupción, de la verdadera decadencia, de la solemnidad acartonada. 40 barcos es un espacio real para la vida poética.

Como lector, puedo señalar que con esta antología se reinventa la geografía poética de México, se convierte en LA OTRA voz poética del país de la poesía, de aquellos que como bandera tienen el existir en la poesía, y con la poesía acompañan a los muertos de la guerra cotidiana, como es el caso de Leticia Luna que escribe el poema Ríos de Sangre.

La lectura de esta antología es un riesgo, debo confesarlo, no es un libro de gozo sino de reto, no por las más de 600 páginas que la conforman, tampoco por la cantidad de temas que a muchos críticos ortodoxos infartaría: Soledad (Francis Mestries, Claudio J. Capristo), Ecología (Raúl Tapia), Existencialismo (Cuitláhuac Sánchez Reyes), Héroes (Carlos Wilheleme), Poesía (Lucero Balcázar), Viajes (Arturo Alvar), Tertulias (Karina Falcón: ¡Qué decadencia del mundo ustedes continúan con sus poemas!) Underground (Israel Soberanes, Mario Guzmán, Óscar Escoffié: sólo veo el amor en forma de banquetas), Marineros (Marisol Salmones), Escritura (Alejandra Peart Cuevas), Erotismo (Jonatan Gamboa), Brevedad (Juan Manuel Dávila Tejada), Mujer (Emma Villa Arana), Selváticos (Eduardo Cerecedo), Popular (Ramiro Pablo Velasco), Poética Chiapas (María Elena Jiménez Guillén), el humor de los poblanos (Miguel Ángel Andrade, Miguel Maldonado y la extraordinaria Gabriela Puente), Futbol (Muciño Sosa), Ironía Lingüística (Isidoro Eliut), Liturgia (María Elena Rodríguez), Antiescritores (Jorge Posada), Chilangada (José Luis de Gante), Pop (Benjamín Orozco), Malditos (Víctor M Muñoz), Chicleros (Ricardo Martínez), Pornógrafos (Óscar David López: 495), Oscuridad (Andrés Cisneros de la Cruz), muchos temas que bien podrían englobarse en uno solo: la honestidad. Pero es un reto leer esta antología sobre todo por cada uno de los poetas que plasman la dificultad y éxtasis de la vida en la diversidad de los márgenes, de su lucha diaria consciente o inconsciente contra las múltiples formas de poder. Basta con leer lo desgarrador de la poética de Leopoldo Ayala, en torno, no sólo a Atenco, sino a toda la infame guerra contra la humanidad que se ejerce desde los escritorios, o el denso canto interior que se colma en los versos de Eduardo Oláiz, o el diálogo cósmico de Gabriela Borunda, o lo desgarrador de María Rivera Valdez (ambas poetas de Chihuahua, uno de los estados más violentos de la República), o la decantación lírica de Sara Bringas, la crudeza de M Muñoz, o la rebelión in situ de Pedro Emiliano o Hugo Garduño, la transgresión simbólica de Adriana Tafoya, entre un amplio canto general que va de la violencia discursiva hasta la hondura intelectual.

40 Barcos de Guerra exige un lector con mucho valor. No es un libro para cobardes, es para aquellos que son capaces de hundirse en la oscuridad, en el humor más ácido, en la verdad poética, en lo horroroso de lo disímbolo: lectores que se arriesgan a sentir tanto como los poetas, como los editores, como los que pueden Sentir. Y la flota va creciendo y acercándose (lentamente) como aquella nave de los locos que arremetía sin dirección, simplemente existiendo, mirando las realidades, convirtiendo su vida en poesía.