lunes, 24 de agosto de 2009

Casa de Navajas por Lucero Balcázar

El sugerente Título de Granda Lamadrid, me lleva directamente a darle, ni modo compañeros, una Vuelta de Tuercas al azote poético y es así como inicia mi texto. Entonces empecemos desde el principio: El Titulo. Ahora, citaré uno de los significados de la palabra Navaja que encontré en un sitio de cocina gallega ; Y cito: La navaja es un molusco Vivaldo marino de gran tamaño, sus valvas llegan a medir hasta 20 centímetros de largo, estas tienen forma alargada y algo curva, su superficie es lisa y muestran un color amarillento con manchas rojizas, moradas o pardas. Habita en los fondos marinos, donde excava agujeros hondos y se distribuye por el mar del norte, hay una especie en Baja California Norte donde los mexicanos la conocen con el sugestivo nombre de” Mango de Cuchillo amarillo”. Los chilenos, se ven un poco menos grandilocuentes al llamarla simplemente: navajuela.

Continuando con la misma línea encontré también al Pez Navaja, que es una especie extraña de color verdoso con la zona ventral afilada como un cuchillo, que, curiosamente, su forma de mantenerse es através de una natación horizontal en caso de necesidad por la aparición de algún predador llegando a la posición vertical, cuando está al acecho de presas, de caza.

Lucero Balcázar lee su presentación. Granda sonríe.


Hummm..... qué sinónimos más cercanos a esta Casa de Navajas, dónde la sinécdoque nos lleva directamente a esta forma que usa Granda la Madrid al tomar La parte por el todo, el todo por la parte, pues leer este libro es volver a esa Casa-túnel por donde nacemos, y al volvernos mayores conocerla y sentir lo que en México llamamos cariñosos: La Muerte Chiquita.

Este tropo, la sinécdoque, es especialmente usado en sus sonetos por Petrarca, cuando su amado idealizado es descrito parte por parte.

Entonces, retomemos la voz poética y vayamos también nosotros parte por parte:
Estephani inicia el libro con el canto: SALTO DEL AGUA así y cito:


Y si uno termina por no contestar
Y si uno se queda callado (Porque ya sabes que uno siempre se queda callado)
Y busca redención cuando se va tambaleando hacia el baño
Con el estómago revuelto de amor que nadie quiere
Y convocas a una fiesta en tu nombre
y nadie asiste porque a nadie le importa
Y te sientes del carajo Y… acabo la cita…

Y me llama especialmente la atención el uso de la Y griega con la que la autora abre el poemario, pues esta conjunción copulativa es usada a modo de encabalgamiento durante todo el primer movimiento. Incluso abre también así el segundo canto llamado CUATRO CAMINOS.

En POSTAL DE COYOACAN ya es imposible soltar el poemario, pues el canto crescendo en el que nos lleva Granda, nos mantiene en vilo cuando cierra contundente al rematar; y cito:

Precipicio de hirvientes dagas
oleaje de precipicios solos
esta hija nuestra nos mira
y desde el abismo
nos extiende la mano y acaba la cita.

En BALAM Y LA TRAICIÓN DE LA BRUJA, La poeta ya se revela, pues La Bruja, La Hechicera, ya le habla de tú a tú a Balam, que también significa El hechicero o El Mago y lo confronta, es entonces así como La Casa-Vulva, le habla de igual a igual a la Navaja-Falo, cuando advierte y cito:

No te conocen
Porque sabrían cuantas veces
Tuviste que mirar tus garras
Para saber de algún modo
[siguen ahí
Sin hilos que te sujeten a una misma dirección

Y él se escapa con las tardes
En busca de otra
Porque estas bestias no descansan
Sólo llegan a desposar al amor
En su semen de viento
Y te llenan toda de horas
En que deberías de aprender
[a tejer como las de antes
“para eso son las hembras
Para eso son las alcobas”
Para esperar a las bestias
[cubiertas de sangre
De una guerra que nadie inició
Las bestias se hieren a media noche
Se van gimiendo con zorras
Y perras
Y con toda hembra buena
Que salga a bañarse al río…

En el siguiente movimiento ANTES DE LA CASA DE BALAM, la hechicera célibe se castiga así misma cuando asevera:

Ya no hay agua
Ni dagas con qué atascar las puertas
Habrá que aguantarse
Resistiendo
Controlándome
Porque la fiera casi despierta


Ah, pero la revancha, la apódosis y la prótasis que debe mantenerse en toda buena obra, viene en el canto titulado LUEGO DE LA CASA DE BALAM, dónde la mujer-fiera, luego de probar la navaja, sale del cuarto y busca, hasta encontrar…mientras esto pasa, hace lo que hacemos todas las mujeres después de una larga abstinencia ARAÑARNOS EL VIENTRE mientras sentimos culpa, inseguridades o como cita la poeta por creer, “QUE NO SE TIENEN PECHOS DE MUJER HERMOSA…”

El respetable poético.


Después de RECADO DE BALAM, Balam, que significa en la lengua Maya BOCA DE JAGUAR, viene el canto CASA DE LA BRUJA, donde las brujas en voz de la poeta,dicen:

Atraviesan las moradas Con sus pasos monstruosos de óleo dulce
Enternecen a las bestias con su aroma a polvo

En ADVERTENCIA A LA BRUJA, la hechicera ya ha perdido a su Balam, y lo peor, parece que ya, a toda bestia ocasional, ha abandonado ya, el pueblo de esa CASA DE NAVAJAS, esa Casa-Vulva, ahora sólo llena de polvo y heridas que supuran agua.

E inexorablemente en el canto 10 que lleva por nombre PARA DESPUES DE LA LUNA MENGUANTE, es dónde, se deja escuchar el réquiem o descanso de la bruja hechicera y pecadora que ya no sólo tiene la carne marchita, sino a razón de la Granda Lamadrid cuando dice:

Anda
Alimenta con tu podrida carne a
[los sedientos
Calla sus gemidos con tu lengua
Besa sus cuerpos agrietados
[ como el tuyo


Aliméntalos
Dales tu cuerpo
Muéstrales la bruja
La llama de los muertos que
[nadie llora
Hazles creer que tu carne es la fuente
El estanque del ángel caído…

Gonzalo Martré.

Los otros dos cantos con los que concluye esta su CASA DE NAVAJAS, Granda Lamadrid, no se los voy a platicar, tendrán que leerlos, si es que quieren descubrir una de las voces más poderosas nacidas en los años ochentas y que ocupa, ya, un lugar, ganado a punta de poetazos, en este Oficio de Fuego, dónde, sin falsas modestias, ni aspavientos grandilocuentes, todos los que nos llamamos poetas, tendremos que ganar día a día, paso a paso, tal y como lo viene haciendo Estephani Granda, Lamadrid.

viernes, 31 de julio de 2009

Agonía y cosmogonía en Chanona Yza

Lourdes Cabrera Ruiz



Como su nombre lo anuncia, La alforja de los desprendimientos es un poemario testimonial y confesional. El viandante lleva consigo su saco de violencia que es la vida, la suma de recuerdos, la magia verbal que los transforma y recrudece. Conforme se vuelca y se vacía a nuestros ojos, crece un cuestionamiento humanista, el que sólo pueden plantear aquellos en retiro y desgastados, al enfrentarse al dolor de cada día.
La novedad en Álvaro Chanona es que el hablante lírico de sus cuatro poemas se ha configurado como un testigo de la milicia que gesta con su armamento lingüístico la cosmogonía del Caribe; fuera de ahí, se desprende humildemente de las formas, mas no de la cárcel circular de sus huesos.
Con esta cosmogonía quiero quedarme sobre todo; valorarla, invitarles a reconocer en ella un ejercicio de códigos que hablan de la comunión de lo humano en la lucha; una cartografía original donde el hipérbaton se convierte en la fórmula precisa y las oraciones subordinadas fluyen tanto que la mar de ellas cubre lo dicho en primer plano. Las formas de vida en el paisaje se mantienen al acecho del combate con la muerte.
El oyente lírico es un Caribe que se describe violado por su propia violencia, la de su naturaleza, cadena alimenticia inexorable en donde algas, lombrices y peces aguardan su respectivo momento, lo mismo que el saraguato café acecha al vástago del jabalí.
En otro nivel semántico, el Caribe tiene vulva, caderas, vientre, pulmones, sangre, ingles, glúteos, y sus maritales secretos están en boca de rudos caimanes. Se sabe que en numerosas cosmogonías el mundo se concibe como cuerpo: la unidad del macrocosmos con el microcosmos es explícita; aunque esta analogía también conlleva implícita la idea del sacrificio. Por ello, quizá el Caribe de Chanona es mujer asediada por aquellos pájaros nocturnos que encallan en sus embarcaciones cóncavas; tal vez la droga sea uno de los signos presagiados en los códices mayas, según la versión del autor.
En el poema se propone una historia cosmogónica original porque la llegada de la civilización europea es descrita bajo el mismo corte violento que el de la propia naturaleza; este Caribe no hace distingos, reivindica el mal como un valor relacionado con la creación misma. Los nuevos dioses vienen de fuera, obligan al éxodo, y en las calles tan sólo persisten los vendedores de artesanías y el eco de algunas señales metafísicas de la clase sacerdotal que reconocen los consumidores de droga.
De manera que lo novedoso de este relato cosmogónico es que no procede a generar orden del caos, sino que presenta una especie de equilibrio, una homeostasis en combate perpetuo; y puede decirse que hay una tendencia a la entropía o al desorden, cuando determinadas acciones se plantean como amenaza. El mito en Álvaro Chanona parte de una posición realista, habla de amenazas como la industrial, y aunque no diga que la pesca a gran escala arrasa con los arrecifes o que la construcción de hoteles hace vibrar peligrosamente las cavernas submarinas, insinúa como testigo, en cambio, el proceso nada paradisiaco del combate en un lenguaje figurativo.
El segundo poema, cuyo nombre sirve de título al libro, y los otros dos que le siguen, ubican al hablante en un tono más confesional y, a juzgar por los paratextos –dedicatorias, por ejemplo– también adquieren un matiz autobiográfico. Encontramos un recuento peculiar de achaques y desgracias en una voz que anhela escupir palabras difíciles y mantener a su vez la unidad de su prodigio. El tiempo histórico del hablante no coincide con el actual del autor, quien ahora tiene 47 años, pero en este poema su personaje tenía 44, por lo que se deduce que Chanona escribió el poema en 2006, o antes, si atendemos al factor autobiográfico.
De cualquier modo, las exactas correspondencias entre lo que dice el hablante lírico y lo que haya vivido o podido pensar de sí mismo el autor, nunca existen. Ustedes, traten de expresar ahora que alguna vez necesitaron ser perdonados. Traten de expresarlo mañana, y probablemente la expresión será otra cosa. El autor habrá sentido algo, algo que no sabemos exactamente qué fue, pero su personaje lo dijo de este único modo: “en esta hora en que vuelvo sobre mis propios pasos/ acaricio el hígado de Dios, que endurecido,/ golpea la puerta de mi casa…” (: 25).
El personaje se torna confesional y saca de su alforja los recuerdos; sin embargo, habla de su lengua despuntada, como si no pudiera decirlo todo o como si mintiera. Supongo que es tan sólo para tomar impulso. Pues si alguien ha dejado de sentir dificultad para expresar su propio nacimiento –tardío y con asfixia–, su neurosis –nadando en el jugo del páncreas–, su herida en el mismo lugar de otra herida… es este personaje desprendido de sí, de Dios, que bebe caldo de algas muertas, como niño bueno bajado de su cruz.
Pero no hay que olvidar que el personaje se describe como cabeza de ejércitos y como descendiente de hebreos. Este linaje militar y religioso de qué le sirve si sentado en su herrumbre no cesa de mascullar desde las sucias comisuras de su boca. Desde ahí se queja del abandono de la juventud y de los hijos. Pero hay algo qué leer después del vaciamiento de su alforja, hay algo que detiene su marcha de verbos en ceniza: “Si pudiéramos romper un poco/la rutina/ entonces, sólo entonces/ dejaríamos de ser ese pretexto inútil/ sobre el cual no dejan de orinarse/ los poetas ebrios/ y vacíos…” (: 48).
En “Los sueños hirsutos de un navegante”, tercer poema, el personaje teniente y cirujano deja fluir el reconocimiento de lo que no ha podido ser, la rabia contenida en sus brazos, la incapacidad para escribir un buen poema. Nos dice que busca un poco de luz en la poesía inacabada de los tuertos. Como lectores, en qué nos gratifica. Pienso en este personaje y en la gran pena de sus abuelos, al encontrarlo débil y enfermo en su escritura. Triste destino para quien proviene de un pueblo de escribas y exégetas. Ha llegado tarde para los dioses, Hölderlin no le funciona. Y para sí mismo, este navegante de reumas, sombras y culpas, qué espera. A estas alturas del libro, asistimos a descuidos formales que no percibiría como un privilegio el tuerto.
¿Qué espera, entonces, mi teniente, cirujano y poeta? Eso lo sabremos al leer el último poema “Entre el erial y el río”. Entre el querer y el poder se desagarran sus últimas palabras. Les dejo a solas con ellas. Estoy agradecida por la cosmogonía caribeña, por esta confesión y sus promesas.

Texto de presentación de La alforja de los desprendimientos (ICY/Conaculta/Versodestierro, México, D.F., 2009), de Álvaro Chanona Yza, leído en la Biblioteca Central Manuel Cepeda Peraza el 24 de julio de 2009.

martes, 14 de julio de 2009

Un mimo dirigiendo una guerra en occidente

Por Yussel Dardón


Yussel Dardón durante su ponencia en la Casa del Escritor, en Puebla, con el megáfono. En primer plano, Pedro Emiliano. A la derecha Ian Soriano y Federico Vite.


Existe una visión crepuscular en torno a la mayoría de los escritores de las últimas décadas. El desencantamiento de la modernidad, la instauración en una fase posmoderna, neobarroca o hipermoderna, como algunos precisan en distinguir, ha provocado que en las expresiones artísticas exista una apuesta, en ocasiones certera, para representar al “yo” dentro de una maraña social, económica y cultural. Así, cada conjunto de interacciones del sujeto, incluso la que se ejercen a partir de un fenómeno introspectivo, comprueban el fastidio y cansancio por la contemporaneidad. ¿Será entonces este desencantamiento el numen de la creación artística, o quizá sea que la construcción del discurso artístico no es más que un rayón a la carrocería de la vida?

En Explotó todo el aroma de la sangre, Ian Soriano manifiesta su inconformidad para asumir una posición en torno al universo que habita, pues el único lugar de conocimiento es el rito y el retorno a lo que una vez fue mejor, a un pensamiento construido a partir de reflexiones que lo instauran como un elemento del universo, como lo hace patente en Mi barrio es el cosmos, segunda parte del libro y segundo canto de una poética enraizada en la no-estancia perfecta y que busca, a través del sufrimiento que es el pensar, la muerte como benefactora creacionista.

Ian Soriano ubica su poética dentro de un naturalismo poético, donde, como lo manifestaba el Marques de Sade, el hombre es sólo un espectador virulento de la magnificencia de la naturaleza, y quien en un punto debe reintegrarse a ella para obtener su salvación, pues sólo así, la experiencia saldrá avante sobre el conocimiento: “Lo humano es lo irreparable, nuestro grave error fue salir de la naturaleza, porque todo progreso será aniquilar, todo esfuerzo y construcción a favor de la humanidad serán destructivos en vano; no hay regreso ya, tendríamos que volver a nuestros repudiados orígenes.” La escritura de Ian Soriano tiende a la soledad como fuente de dolor y nostalgia, por consecuencia como fuente creativa. Soriano construye al poeta a partir de la imagen del Triste, asemejando su devenir con la construcción que Pessoa hace del escritor. “El triste pierde el coraje para ser alguien, porque es un gigante al que cualquier hormiga aplasta.”


Danza contemporánea a cargo de Leticia Velázquez.

Explotó todo el aroma de la sangre está dividido en dos apartados; la primera, No ser una brillante roca, explora el ejercicio del canto a partir de la reflexión. Aquí, el poeta asume una posición reflexiva sobre el valor experiencial de la vida. Estrofas construidas a partir de un sinfín de imágenes y metáforas que solidifican su discurso poético, Soriano edifica versos acelerados y trepidantes que asemejan el ritmo a un Lautremont o Rimbaud mediante un pensamiento fragmentado, respetando la apuesta constructiva del rumano Cioran, quien menciona de manera crítica y contemplativa “Busco lo que existe. Mí búsqueda no tiene objeto. Vayamos al Juicio Final con una flor en el ojal.” La reflexión del rumano parece confirmarse con lo que el poeta José Vicente Anaya encuentra cuando menciona que al no poder hacer florecer la flor en el poema, en referencia a Huidobro- ésta se lleva como adorno. Ian Soriano pues, toma la flor y le habla con voz nostálgica, pues sabe que obligar a que la flor florezca sería apresurar el proceso que la marchita. No ser una brillante roca es un largo canto en el que el hilo del discurso poético es la añoranza y el acto de asumir la condición indefendible del hombre con la naturaleza, muestran la voz de un poeta romántico, que avasalla el lenguaje en imágenes tratando de mostrar su verdad. “Después de todo, se trata de nombrar a las cosas para que signifiquen algo, de crear paraísos semejantes a los que muestra la vida.”


Federico Vite durante la lectura en Puebla.

En la segunda parte del libro, Mi barrio es el cosmos, el poeta escapa del spleen poético para retomar la construcción de versos y estrofas; aquí, Soriano reflexiona una vez más acerca de su pertenencia, asumiendo un espacio de significantes mágicos, donde el Universo lo avasalla, pues no hay mejor lugar para sentirse extraviado que en la nada inextinguible. “Tu monasterio es una cárcel donde todos los santos son Absurdos.” En esta segundo apartado, se construye la visión de un universo donde el equilibrio es una ilusión y una consigna que lo persigue a donde quiera que vaya, como lo dice en el verso “Mis ojos son testigos de que cada lágrima del infinito se deforma.” En este acto meramente contemplativo, Soriano recurre a la dualidad occidental Dios-Diablo como ejemplo del discurso místico-poético: “La música la trajo dios, el diablo nos trajo el silencio.”

Los enjuiciamientos que realiza Soriano en su libro van dirigidos a la construcción del hombre contemporáneo, inmiscuido en el sobre-razonar y como sabemos, todo razonamiento incluye a un raciocinio de las reservas ideáticas.
Toda publicación es digna de celebrarse, no porque este proceso sea el fin último de la creación, sino porque toda aparición trae consigo el compromiso del escritor por mantener su vigencia y rigor, explorando nuevas vertientes que vayan, de poco en poco, solidificando su labor no sólo como poeta sino como escritor, una puesta que el poeta Ian Soriano no debe eludir.

jueves, 25 de junio de 2009

Sobre "No hay letras para escribir tu epitafio"

En la mesa, Adriana Tafoya de pie, Mónica Suárez, Andrés Cisneros, Hugo López Coronel, Miguel Ángel Andrade y Víctor García Vázquez.

Por Hugo I. López Coronel

“El olvido está tan lleno de memoria que a veces no caben las remembranzas y hay que tirar rencores por la borda. En el fondo el olvido es un gran simulacro, nadie sabe ni puede aunque quiera olvidar…”
Jorge Luis Borges

Cuando el hombre dejó de escuchar lo que las cosas tenían que decirle, empezó entonces a exigirles que se plegaran al lugar que les señala su discurso de hombre. Las cosas, han dejado de tener un sentido intrínseco y se mimetizan en el delirio elocuente de la razón, que desata el proceso de los tentáculos del lenguaje, y éste lucubra la imagen del mundo, y devora, transformado en mirada, el entendimiento de lo que llamamos vida.

“¿Qué somos?” Si no hay letras para escribir tu epitafio. ¿Se puede dudar de la emancipación humana en el momento en que nos asumimos como artífices de nuestro propio discurso?, recuerda, “porque si jalas este alambre el mundo colapsará a tus pies”. Poema de la oscura parábola: el yo está en guerra. Y no es más que una ilusión que lucha por sobrevivir, la ilusión cree ser nosotros. Cree ser Yo. Ser Tú. Un fantasma enfermo emerge del Sepulcro con tres piedras, ronda al hombre, pisa la primera y envejece hasta volverse polvo, en la segunda piedra un opaco esfuerzo de la mente lo guía, lo hace maquilar ideas de bienestar, de paz, de serenidad; la razón para orientar al mundo hacia lo verdaderamente grande, hacia lo verdaderamente justo; es el ideal constante de lograr una humanidad más perfecta “porque hay dedos que blanden la carne para que la muerte nos recuerde; deambulo, sin rostro, entre signos lejos de la materia”.
En el campo del estudio literario la renovación de la crítica es funcional a un primer discurso (la obra, objeto en el cual se explora e investiga); de igual forma, se constituye y es reconocible en la medida que llega a ser en otro objeto, es decir, otro texto. Conveniente es añadir a lo anterior que su forma específica de producir conocimiento resulta de la teorización que, acerca del discurso, se hace como objeto de estudio (el meta-discurso), y ello ha aportado métodos y componentes teórico-conceptuales, resultado de los estudios retóricos sobre el lenguaje, lo que promovió que una forma discursiva se constituyera como expresión autosuficiente, excediendo el campo literario al proyectarse también hacia otras ciencias. Existe el dogma de que la ciencia es la tarea universal, el intento del hombre por explicar los fenómenos de la naturaleza, de la vida; es, se asevera, la conexión sistemática de los hechos que se expresan en leyes, y que estas leyes están elaboradas como resultado de una observación atenta de los mismos. Por esto se define la ciencia como la conexión sistemática de los hechos, que no es otra cosa que la tarea universal a la que el hombre dedica su existencia… Pero, el poeta aún pregunta por el sentido intrínseco de las cosas, pero el poeta no habla con la voz del artificio científico que escucha el hombre, porque el hombre ha olvidado lo que las cosas dicen. “¿Tan básica es la mente?” Diré que sí, porque “es tan elemental como una hoguera”. ¿Es tan débil el pensamiento que se rinde ante lo muerto?” Sí, porque la vida es tan necesaria para morirla. El Poeta, “no escribe la voz en un refugio del fuego ni lo ofrenda para un espejo”.

Las visiones del mundo, es decir, los artificios con los que materializamos todos nuestros mundos posibles, la llamada “realidad”, son posiciones de voluntad que se basan en decisiones existenciales. Esto significa que el mismo existencialismo que permea la construcción crítica no es más que otro artificio más. Y luego, “despiertos ansiosos de dudas, hambrientos de preguntas extrañas los huesos del hombre se levantaron un día y decidieron firmar su carta de muerte, escribiendo en las paredes del mundo no se dejen engañar, vivan, lo aparente del tiempo no es verdadero”… porque para el Humano, afirma Simone de Beauvoir, significa remodelar la existencia. Vivir es la voluntad de vivir. En virtud de que el discurso crítico es una manifestación que se expresa en contextos temporales e idiomáticos precisos, nuestra reflexión nos lleva a considerar la fisonomía del crítico como autor y la crítica como una práctica en la que también hay marcas personales de escritura.
Hugo López Coronel durante su ponencia.

No hay letras para escribir tu epitafio, es la sentencia mortificada que nos instala a través de su escultura lingüística en la negación del artificio humano más poderoso, la palabra escrita. Sello que titula esta publicación de Andrés Cisneros de la Cruz. En ella, como viandantes cotidianos y comunes, nos inaugura en el escenario con una mirada escrutadora e impasible, donde cada aspecto de la interacción entre las imágenes que sus artificios gráficos provocan y las realidades que puedan existir, nos conducen a intentar negociar la posibilidad de una propia realidad, en torno a la sensibilidad desde un repertorio de un mismo laberinto, también posible es llamarlo gueto, es decir, –la inevitable ferocidad inherente en la conciencia de la realidad-. En la materia de su no palabra escrita, los cuerpos poéticos cincelan Eras que se desbordan en un continuo de realidades lingüísticas, pero maniatadas a otra que quizá no será porque ahora está siendo. Su no palabra escrita, que como instrumento de interacción nos conduce por el entretejido que se esconde de la simple vista y hace emanar el Poema de “la oscura parábola, sepultado bajo tres piedras”, ofrendas para un espectro donde “el cirio despide amargo humo que murmura la palabra inmóvil”, e inmóvil “el equilibrista medita en la fractura de las ideas”. La Palabra está exiliada de la memoria porque el hombre dejó de escuchar. No hay letras para escribir tu epitafio porque “la muerte, parecida a la noche, dicta la bitácora con puños de tierra”. Y si pudiéramos las fallas a contracorriente, tal vez el final de despedida nos propondría volver a empezar bajo la sombra del poder instaurado a la izquierda de la dualidad del universo.


En términos amplios, un discurso crítico tiene como contexto ese espacio temporal “artificio desde otra mirada”, y en consecuencia, constituye una referencia significativa en un periodo preciso en la visión del artificio totalizador llamado cultura. Ayn Rand ha sostenido que “el arte es una recreación de la realidad según el criterio metafísico del artista. Entonces una obra artística no requiere ni tolera un prefacio explicativo. Es un universo auto contenido e independiente de cualquier comentario que indique al lector cómo entrar a él, percibirlo o reaccionar”. Para Óclesis la expresión “artificio” si bien podría ceñirse al predominio de la elaboración artística sobre la naturalidad, realiza un giro epistemológico para considerar que el arte no sólo funciona como artificio estético, sino como una tierra fértil para elaborar una especie de sugerencia para que, de acuerdo a la responsabilidad social como grupo cultural, la sociedad encuentre un arte propositivo, alternativo, refrescante y congruente (Óclesis, 2009).



No hay letras para escribir tu epitafio, obra poética de Andrés Cisneros de la Cruz, presentada en Casa del escritor, ciudad de Puebla, 12 de junio de 2009.

lunes, 15 de junio de 2009

Sobre Arraigo Domiciliario (Por Gerardo Oviedo)


En la foto, Gerardo Oviedo, Óscar Escoffié, y con el altavoz Ricardo Cartas.

*Texto leído durante la gira de VersodestierrO en la Ciudad de Puebla.

Cuando Estephani Granda Lamadrid me pidió por favor que presentara un libro, de inmediato pensé: ¡Qué flojera! Tantos buenos libros que debo leer y tan poco tiempo. Así que lo tomé a la ligera y arrumbé el libro en el estante que tengo para los libros obligatorios, tratando de postergar al máximo su lectura. Manteniendo la idea de que novela que no me introduce en su mundo en las primeras veinte cuartillas, lo encierro en el estante de los libros que comencé a leer y que no pude terminar, tal vez los leería en la otra vida, cuando reencarne en esponja marina y sean los únicos libros sobre la Tierra.

Acercándose la fecha fatal e impostergable de esta presentación y, debido a una pavorosa responsabilidad, ayer lo deshojé del librero y comencé a leerlo de una sola sentada.

Cual no sería mi sorpresa cuando me enfrenté a un texto escrito a la velocidad de la luz. Con furia. Poderoso y transparente. Donde el novelista no se regodea en su retórica enredándose él mismo y ahogándose. Lúdico y, con el mayor de los aciertos, extraordinariamente divertido. Dándome el primer indicio del autor: El humor es el primer síntoma de inteligencia.

Nuestra literatura proviene del primer conflicto dramático, fundacional: La tragedia. Los tópicos decimonónicos lindaban en ese entonces en la premisa del heróe atrapado a su destino fatal y del cual solamente, a través de una paradoja, logra salir victorioso: Su muerte.
Ya en el siglo veinte, desde Santa, de Federico Gamboa, pasando por Los de Abajo, de Mariano Azuela, Vámonos con Pancho Villa, de Rafael F. Muñoz, hasta La sombra del Caudillo de Martín Luis Guzmán y el Pedro Páramo, de Rulfo, nuestra épica fue la tragedia.

Luego vendría la época del melodrama, aderezada por el cine nacional de mediados del siglo pasado y su nacionalismo panegírico. En los años sesenta se desata la era de la tragicomedia hasta desembocar en la Farsa con el absurdo como telón de fondo. Véase la Onda y sus repercusiones nacionales.

La novela de Óscar Escoffié Padilla, debido a la velocidad que alcanza, y al cruce de líneas argumentales, encierra en cada uno de los personajes estos conflictos dramáticos.
Con una sintaxis impecable, claridad en el lenguaje, y personajes decadentes, se traza algo que me dio mucha risa cuando lo leí (debido a que dentro de novela lo critica en voz del narrador): Dice el narrador de una personaja: “Para ella todo era kafkiano, kafkiano, kafkiano”. Me explico: Cuando Joseph K, dentro de la novela el Proceso es acusado de algo que él no sabe, se deja llevar sin oponer resistencia, y, a pesar de que sabe que ese será su fin, se deja llevar como cordero ante el holocausto y muere. Así sucede con la voz única y principal de la novela “Arraigo domiciliario” a través de un macrocosmos de sarcasmo dentro de la perspectiva de un personaje, no Kafkiano, sino Escoffiano: El narrador sin nombre.

Balzac, Tolstoi y Dickens sostenían la teoría de que los novelistas que recién comienzan, tienen dificultades para conseguir nombres propios para sus personajes. Que toman los nombres de las personas más cercanas a ellos, y, cuando se les van acabando los conocidos, se apropian de los nombres de listados de periódicos, del cementerio o de culturas lejanas y exóticas. No sucede lo mismo en la novela que hoy se presenta, y aún cuando no existe ningún nombre propio, salvo las referencias literarias, pictóricas y musicales, el escritor decide nombrar a los personajes según su función dentro de su universo: El abuelo, los padres, los hermanos, la flaca 1, a flaca la dos, la poeta, su esposito, el cantante de norteño, el abarrotero, la casera, el guajolote, la garza y así sucesivamente, y donde el peso de cada uno de estos personajes se sotienen a partir de un hecho: el extraordinario oído del autor. A través de diálogos verosímiles, Oscar Escoffié Padilla, hurga en los contornos de personajes singulares para expandirnos su presencia. Y a pesar de que la voz narrativa tiene toda la fuerza de la ironía, de cómo ve el mundo, es tremendamente moralista.

Queriendo aparentar ser malo dentro de un mundo lleno de maldad, el narrador transita por lodazales y no se mancha. De ser degradado a la condición más baja, permanece limpio fuerza de sus opiniones sarcásticas, pues a pesar de que va hacia un precipicio creado por él mismo, se solaza en sus derrotas y en las derrotas ajenas. Y esa visión particular hace que el personaje se vuelva entrañable ante los ojos del lector. Sin florituras cursis narra anécdota tras anécdota a un ritmo vertiginoso que el lector del siglo XXI agradece.


Dentro de la novela no dejan de suceder cosas. Situaciones absurdas, ridículas, tristes, melancólicas, desmesuradamente elocuentes. Y, además, para el movimiento de la neurona, apreciaciones mundanas que llevan a la reflexión,, en especial ese apotegma que seduce: La poesía no salva a nadie, ni siquiera a ella misma. Y, sin embargo, a través de ella se salva una pesonaja: La poeta y su esposito, y tal vez una parte del narrador cuando afirma: “Un poquito de gentileza: a veces eso era todo lo que precisaba un derrotado para resistir cien batallas más.”. Y en la escritura, el narrador, que cuenta sus aventuras a diestra y siniestra sin contemplaciones, y algo maravilloso, sin autoconmiseración, como aquel spleen parisino: La melancolía como antídoto ante tanta barbarie. Porque el arraigo domiciliario no es hacia afuera, sino al interior del propio narrador, encerrado en sí mismo, sin escapatoria posible.


Cito: “¡Ah, pero la poesía, ese escándalo mayor!” que es la única forma de eximirse del mundo que rodea al narrador irresoluto, maestro, aprendiz de escritor, tímido, cobarde, cínico, buena onda, pendenciero, tallerista que no quiere tener alumnos, colaborador de un semanario, misántropo apocado, y que ni las posibilidades de amistad lo hacen levantarse, porque mira todo con escepticismo, desdén y lleno de una rabia contenida, por ejemplo, cuando es acusado de un crimen en su casa y que su abuelo ha incrementado su virulencia a través del chisme, el maestro huye de su propia casa y todas sus comodidades sin intentar averiguar qué sucede, no por interés, sino porque el personaje estaba harto de cómo era y ese es un buen pretexto para entrar en su propio abismo ambientado en el cambio de siglo.


Deja su trabajo de maestro y se refugia en opiniones como esta: “La mayoría de los alumnos eran apáticos o tontos contagiados de la moda milenarista. Hoy se sentían eternos vanguardistas por tener una computadora o manipular un juego de video.” También rehúye a un pasado como escritor, donde hoy espero que las semejanzas no coincidan, para bien de los presentes: “Todos nos sentíamos escritores. Hoy, que todavía conservo algún ejemplar del sambenito (que publicaron en aquellos años y que presentaron en una velada literaria), sé que definitivamente no lo éramos. Con razón evoco que gran parte del público se salió antes de que el asunto terminara. Éramos cuatro idiotas con aires de artistas trepados en una plataforma.” O párrafos adelante, cuando ya se encuentra viviendo en una pocilga verde, y una lisiada en silla de ruedas y su pareja lo abordan al enterarse, otra vez por chismes propagados por una prostituta llamada la flaca número uno, de que es escritor, esta pareja le propone mostrarle sus intentos poéticos a lo qué el narrador pone un reparo: “¿Cómo eludir el contenido de esas hojas estrujadas contra el pecho cual si fueran textos salvados del incendio de Alejandría, o los rollos del mar muerto siendo que hallaría (en sus poemas) sólo la clásica letanía de frases con palabras como “flores”, “alma”, “amor” o “corazón”?” Dando pie a la siguiente reflexión de Rilke: “El poeta que recién comienza, no sale de dos temas de los cuales no está aún capacitado para abordar de manera profunda: El amor y la muerte”. Y sin embargo, la poesía salva a la lisiada y, como la fantasía bíblica de los milagros, el narrador sentencia entre líneas: Poeta, levántate y anda.


Y aún cuando define a los poetas con un asombroso sarcasmo: “¡Señoras y señores, con ustedes: Los monos recitadores!”


Y abunda al leer los poemas de la lisiada fuera de su cuarto, en el pasillo con los ojos curiosos de los vecinos: “Queda claro que no era la reunión del trío en sí misma el motivo de mi pena, sino la exposición “poética” , como si deliberadamente quisiéramos ser oídos presumiendo una forma “rara” de ser, la naturaleza de las rimas y la actitud de la pareja ante el lector de voz alta y aquellas; como concederle públicamente una grave seriedad a algo que el resto consideraba estúpido y tan aburrido que, ante nuestra permanencia, dejaba de serlo para convertirse en intrigante... pensándolo bien, creo que aquello fue una reproducción en pequeña escala, de lo que en la sociedad sucede con la poesía, donde al poeta se le toma, las más de las veces, cual mono aullador.”


Y con esta crítica el narrador, irónicamente se contradice al soltar frases afortunadas como: “Sangraba de luz la noche por su blanca herida, y salpicada, el resto de su piel hizo desdoblarme en cielo.” Y poco a poco se va desmoronando hasta convertirse en el propio escritor de sus aventuras, pasando de: “Un pesimismo burlón a una misantropía agria.” Digno sucesor de José Agustín, Gustavo Sainz, Jorge Ibargüengoitia, Juan Villoro, Guillermo Samperio, Óscar de la Borbolla, Rodrigo Muñoz Avía, o Jonathan Tropper, o la extraordinara “Conjura de los necios” de John Kennedy Toole, entre otros, la novela es una hecatombe de sarcasmo, incluidos sus monólogos interiores encerrados entre paréntesis.

Celebro que la editorial Verso Destierro se arriesgue, en un momento tan difícil para las editoriales, a publicar textos de gran calidad y apueste por la literatura. Gracias Stephani por darme el libro y celebrar la aparición de esta novela y, sobre todo, gracias a la inteligencia de su autor por lo irreverente de sus personaje que me hicieron reír carcajadas, y sí no, para muestra un botón, lean la parte donde están en el velorio del “Guajolote” y le piden al personaje dar un discurso entre puros desconocidos. O, como dato intrascendente pero curioso, tal vez debido a que en el DF ya no se puede fumar como dios manda, ningún personaje fuma dentro de la novela pero si se suceden escenas escatológicas entre el ruido de la evacuación de la vecina y la furia del televisor a todo volúmen.


Cómprenla, se divertirán. Se los aseguro. Y tal vez habrá: Arraigo domiciliario dos. ¡Enhorabuena y muchas felicidades, maestro!

Gerardo Oviedo
11 de julio de 2009

miércoles, 29 de abril de 2009

Sobre Arraigo Domiciliario

de Óscar Escoffié Padilla

En la foto: Mauro Ramírez, Óscar Escoffié Padilla y Adriana Tafoya, durante la presentación de la novela en el Día Internacional del Libro, 23 de abril de 2009, en la explanada del Palacio Municipal de Ecatepec.


Por Adriana Tafoya


(Primera Versión)


Premio Nacional de Novela, dentro de los Premios Nacionales de Literatura de Ciudad Ecatepec, en homenaje a Enrique González Rojo, 2008, editada afortunadamente por una editorial independiente (Verso Destierro), en este mano a mano con Nahum Torres y Arturo Alvar del programa de Apoyo Editorial y Fomento a la Lectura.
Realmente es bueno que el municipio de Ecatepec tenga una visión incluyente al trabajar, no con imprentas, sino con proyectos independientes, aceptando la diversidad de las propuestas. Nos da mucho placer presentar, en todo este marco, Arraigo Domiciliario, del poeta y narrador Óscar Escoffié, y sobre todo el privilegio de publicar esta novela, que a decir de Eusebio Ruvalcaba, es “trágica y humorística de principio a fin, y depositaria incomplaciente del destino de los poetas”, y así, con esta primer obra dar abertura a la Colección Extraordinaria de Verso Destierro dedicada a publicar narrativa mexicana.

Entrando de lleno al tema de la novela, es un libro que valió la pena editar, por su calidad y propuesta, y sobre todo su grado de originalidad, puesto que no se van a encontrar con los dramas, las exageraciones, o las conocidas proyecciones cachondas de los escritores, que su única “propuesta” es un intento por escandalizar con sus proezas sexuales, su “pésimo” lenguaje y sus experiencias con drogas y borracheras, que a estas alturas ya no escandalizan a nadie. La novela más que de poesía, habla de un poeta sin nombre, sin dirección, donde las calles no tienen alias, ni sirven para intentar canonizar algún mal político, que por supuesto se perderá entre los tantos millones de nombres de la historia.


Crea un efecto de despersonalización total, dando la sensación de que podría tratarse de los pensamientos de cualquier escritor, poeta, y de todo ente que se relacione con él. De hecho pareciera estar realizada con los fragmentos anecdóticos de la vida de cualquier rellena-páginas promedio, primordialmente, de la clase medio-baja o más-baja. El personaje principal, el no-poeta (porque no quiere llamarse poeta) procura cumplir ese decálogo tácito, los diez mandamientos del poeta y sus mitos para regir la vida. Algunos de ellos serían: 1. No dirás ser poeta, sin habértelo ganado primero. (Cómo se lo va a ganar y con qué sospechosos medios, quién sabe) El segundo: podría ser: No darás talleres y no lucrarás con la poesía. (Otro de los clásicos mitos sobre que ser poeta significa morirse de hambre). El tres: No exigirás respeto. Permanecerás anónimo (hasta que mueras y alguien te rescate). 4. No presumirás del don de la escritura. 5. No te acercarás a la gente común. Ni abusarás de ella. Y sobre todo: 6. Deberás quejarte del mundo y de su idiotez para lograr formar esa imagen idílica de poeta. Los otros cuatro nos los podemos imaginar, o buscarlos en el cuerpo del texto escoffiano, pues seguramente los lectores encontrarán mucha tela de dónde cortar sobre estos clichés ideológicos.
Por otra parte, esta novela no sólo es queja del mundo inadaptado que rodea al escritor, sino del escritor que se niega a adaptarse, aunque sea en contra de sí mismo y esta decisión lo arrastre al grado de la indigencia, y terminé, precisamente como el nombre de esta novela, en un arraigo domiciliario, en un arraigo psicológico, que casi lo vuelva autista, negándose a necesitar algo de alguien. Por ejemplo, en ningún capítulo hay deseos afectivos, sociales, amorosos, sexuales o de trascendencia, y realmente ni siquiera económicos. Prescinde de la familia, los amigos y no tiene siquiera una mascota. De hecho el autor, Escoffié, le niega un nombre al personaje, manteniendo el transcurrir anecdótico por el anonimato; esto la diferencia de novelas actuales, pues dentro de un ambiente crítico, se despoja de casi todas las necesidades: el ambiente es cotidiano, sin olvidar la superstición y la seudo-magia que lo rodea. Siempre está presente el fanatismo, incluso el ingenio mexicano, y tiende a ser en parte una novela naturalista: muy en boga en la segunda mitad del siglo XIX, cuando Emilio Zola, padre del naturalismo, pretendía hacer de la novela una observación científica y experimental de la humanidad, hasta el extremo de que sus personajes solo se movían por impulsos fisiológicos. Con el naturalismo la literatura se puebla de borrachos, de vagabundos, prostitutas, chusma, pueblo maloliente, y por supuesto supersticioso. Tabernas, pocilgas, departamentuchos, casas de huéspedes son el escenario de las trifulcas y palizas (que en este caso sufre el poeta por una multitud que lo lincha). No hay deformación grotesca sino copia fotográfica de una triste realidad.

Escoffié hace uso del manual de usos y costumbres de la sociedad contemporánea para aliarse también con la novela costumbrista, cuando presenta conductas humanas de personajes y tipos analizados en su contexto histórico y entorno social, como puede ser, por ejemplo, el sistema escolar, donde los alumnos, por ser clientes de una escuela, tienen el poder de despedir al profesor, en este caso, otra vez, nuestro desarraigado poeta; lo cual deja ver un bajo esquema de valores en el marco social.


Por momentos hace que uno se indigne antes los actos de estos personajes que atacan a los entes alienados, o sea los poetas, pero también surge la indignación, cuando el protagonista se entrega, cuesta abajo, al veloz devenir de su vida. Por sus prejuicios, malas decisiones, su mala idea de lo que es ser buena persona, y sobre todo el puritanismo de lo que conlleva ser un escritor para él. Esto forma una excelente novela crítica, y autocrítica, donde lo que pasa es lo más natural en un país como el nuestro. Sin quererlo la novela se lee en una sentada. Es ágil, y con un humor agridulce bastante agradable que deja una malsana sensación de incertidumbre al final, produce el efecto de la duda para que el lector logre empatizar con el escritor, y preguntarse si una forma particular de pensar y de proceder en la vida, como en un tablero de ajedrez, puede llevarle al verdadero anonimato, que es desentenderse de sí mismo, dejándose llevar por el destino (de una nación), el azar (de una religión), o la sombra (de una sociedad). Esto es lo que nos enseña esta humorística, y sobre todo maliciosa, novela de Óscar Escoffié. Que recomendamos con alevosía y gusto a todos ustedes.

sábado, 7 de marzo de 2009

Pequeños apuntes para la sangre de Ian Soriano


Por Estephani Granda Lamadrid
Reseña de "Explotó todo el aroma de la sangre", opera prima de Ian Soriano.

Un hombre sale de su casa, camina, piensa “yo no necesito alegría, necesito olvido”, transborda el metro. Una señora conduce, atraviesa la ciudad, dice “por eso yo sólo he podido tocar el dolor, pues todo lo demás han sido caricias”. Alguno se ha trasladado desde una urbe, municipio o delegación lejana y confiesa “porque yo no soy un hombre, ha sido la mujer quien me lo ha hecho creer, pero no lo soy, ¡No soy un hombre!, soy un animal, una máquina”. Quizá alguien cruza la calle, éste o el otro pasillo. Alguien escucha desde las paredes, mientras hojea un libro, una revista y siente que “al final, después del derrumbe, lo único que queda del amor son los buenos deseos para el amado” Alguien pasó por casualidad, estaba cansado y decidió sentarse porque “cree haber vivido ya todo, y sin embargo, no ha encontrado nada aún”.

Si se identificó con algo de esto, seguro este libro es para usted.

*
Estamos todos aquí porque de algún modo creemos que la poesía no es inútil. Y por eso, esta tarde, les compartiré unas breves notas que surgieron después de la lectura del libro Explotó todo el aroma de la sangre, de Ian Soriano.

*
Alguien se preguntará: ¿otro libro de poesía? ¿Para qué de poesía, si ni le entiendo?
Si lo meditamos un momento, todos en este recinto, alguna vez hemos escrito algo como un poema. Es decir, que un día algo por dentro nos inquietó, y quisimos escribir con palabras bonitas, y sentíamos angustia porque no salía lo que queríamos decir. Esto es lo que nos acerca al poema: que determinado dolor en nuestro corazón, sangra también en el corazón del poeta, y que sea precisamente el poeta quien nos haga volver hacia nosotros mismos y confirmarlo.
Claro que hay poemas mayúsculos, poetas que hacen artificios lingüísticos incomprensibles que se pierden en el olvido (pero este, afortunadamente, no es el caso.) O creen que la poesía es mentir, crear algo a través de engaños. No amigos, La poesía, mediante el poema es desnudar a la mentira de todos los días. No es arriesgado decir que la poesía es el género más transparente: el poeta debe ser sincero.

*
Por otro lado, un poema aspira a la lectura: si el poema carece de la fuerza necesaria para retener entre sus páginas al actual lector, acostumbrado a las pantallas de TV y monitores computadoras, difícilmente habrá una segunda oportunidad.
Es por eso que cuando se lee un poema, debería de pasar algo. El poeta nos conmueve, nos duele su dolor, nos da tirones de huesos y sentimos, a veces, un estremecimiento. O es eso, o no pasa nada.

*
Es difícil hablar por partes de este libro que me ha resultado muy afilado. Violenta nuestra conformidad, la tranquilidad de la nada. Hace desfilar por sus páginas un sinnúmero de personajes que conocemos, y quizá seamos:
Los moribundos, los tristes, los solos, los humanos, los que exageran las pasiones: el egoísmo, los que renuncian a la vida. Hombres y mujeres deformados por su condición terrenal, frente a la supuesta omnipresencia divina, no tolera la ausencia, el desamparo.
Es la decepción en los rieles de este libro. La esperanza no se desvanece durante el trayecto, a pesar del pesimismo, se vuelve resignación:

“Mientras no floten los remos del arca humana:
sólo en mi cripta voy a fingir un orden y una mudez
a mí sólo me enmudecerán mis gritos. Espero la caída
del último fusil y la última rama”

El poeta es directo, afirma, grita, reclama. Es su dolor el que se está cantando, es el aroma de la sangre entre las páginas. Maldice. Necesita el olvido, necesita llorar y recordar lo que ha perdido, quizá lo que nunca tuvo.
Es un viaje a través de la conciencia humana, de la condición humana. Parece renunciar a la vida de ahora, exige la de antes. Qué regrese lo perdido o se pierda la memoria. Línea a línea, las palabras toman direcciones que lo mismo te obligan a detener la lectura para pensar un rato esta lluvia de verdades, o por el contrario, te apresura a terminar todo el poema para decir:

“Es la misma maldición la de los océanos que la de las horas
ambos destinados a separar”

*
Dice el poeta al inicio de la sección No ser una brillante roca

“la vida era una cirugía a corazón abierto, sin anestesia.
Una hemorragia de soledad”

Más adelante continua:

“El único temor que me causa la muerte es que se parezca a la vida,
porque lo trágico no es abandonar el mundo,
sino abandonarlo estando en él,
y en mis días más tristes,
el mundo es como la madre posesiva
que no desprecia a su hijo moribundo”

Un fragmento de la segunda parte, denominada Mi barrio es el Cosmos muestra una serie de bellas imágenes que enternecen:

“Mis ojos son testigos de que cada lágrima del infinito se deforma
y cada una es más fuerte que los esqueletos que las conmueven
¡Tantas hojas secas entre tantos corazones secos que pisamos!
¿Por qué no bajan los árboles a rezar conmigo?”

Quizá este sea el secreto que esconde Ian Soriano tras su libro: hay un ser que observa, que tiene el poder de observar, toma en serio su oficio de poeta, deja por escrito una memoria que pocos pueden perpetuar del mismo modo. Son los ciclos de la vida y de la muerte, los de la mujer y el hombre en uno mismo, es Dios y el hombre quienes se dibujan con polvo y sangre, piedras que mejor debieran nunca brillar, o negar su presencia. Asevera que la imperfección es vital en todos los seres: en los humanos, y mejor aún: que tiene un origen divino.
*
Encontramos dos secciones en este libro. La primera parte es un poema muy extenso. Incluso una lectura rápida nos puede conducir a catalogar a este texto como un ensayo, pues expone, como he mencionado anteriormente, temas que giran en torno al ser humano como especie, el yo, desde la angustia y la inconformidad frente al mundo, que pese a mencionar objetos cotidianos, desconoce. Pero percibimos fácilmente la esencia poética en versos como estos:

“Se siente bien llorar a la mitad del mes de abril, el día de una quema de flores en cada esquina durante el cumpleaños de la muerte. Se siente bien escuchar a una murga furiosa contemplar, en su armonía, a una muchedumbre más furiosa. Se siente bien caminar entre las calles donde no se ha sufrido, bajo una lluvia de junio a los dieciséis años, cuando las gotas caen en forma de esperanza: la lluvia puede hacer agazapar a las almas, tanto o más que a las cabezas. Se siente bien escuchar el fin del mundo debajo de los puentes de las autopistas, oler florerías. Se siente bien un beso en la frente”

Además, el uso de signos que son bien conocidos, elementos de fe: Dios, el Diablo: la lucha entre ellos, los ángeles huérfanos, el primer hombre en la tierra. La negación a la vida. Una especie de evolución filosófica que termina por aceptar su sentido vital, pero que no por ello renuncia a su valor del yo. Aunque yo, tal vez ya no quiera ser yo.

*
La segunda parte es un poema que fluye entre los versos y la prosa poética. Esta parte es más conmovedora que la primera, pues aparte de emplear más imágenes y metáforas, nos evoca un catálogo de sensaciones, no sólo por los elementos naturales que aparecen, sino por las precisiones. Si la primera parte es el dolor, la segunda parte es la herida abierta: no hay modo de llevarse la orfandad, el vacío. ¿Cuál es el hogar entonces, de dónde viene? ¿A quién enviamos la queja?

Es fácil crear un vínculo entre Explotó todo el aroma de la sangre y el lector, que no es otra cosa que el reconocimiento de uno mismo, dentro de las líneas que reconfiguran significados y significantes según nuestra experiencia vital. En este sentido la poesía no informa, más bien, significa, es cuestión de interpretar.
Y si al terminar de leer este libro, poema, o una línea, nuestra visión del mundo o nuestra percepción cambia, entonces, el poema ha trascendido, y nosotros con él.

“Después de todo —dice el poeta— se trata de nombrar a las cosas para que signifiquen algo,
de crear paraísos semejantes a lo que muestra la vida”

Muchas felicitaciones para Ian Soriano, por su más reciente libro.